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Arquitectura

La historia de la arquitectura moderna en España se empezó a escribir en la Casa de Campo

Una nueva exposición en el Museo ICO muestra la arquitectura de las Ferias del Campo, celebradas en la Casa de Campo entre 1950 y 1975, y reivindica el valor patrimonial de estos edificios a través de los que una generación de arquitectos de la posguerra se atrevió a soñar con la modernidad.

La historia de la arquitectura suele avanzar a un ritmo constante, a paso lento y seguro, pero de repente se cuela alguna acrobacia que otra, un efecto trampolín que provoca el salto, el nuevo capítulo. El Palacio de Cristal en la Exposición Universal de Londres en 1851, que trajo a Hyde Park –y al mundo entero después– el vidrio y el acero y al que debemos la existencia del concepto skyline. El pabellón de Alemania para la Exposición Internacional de Barcelona de 1929, con el que Mies van der Rohe introdujo la arquitectura moderna. Hay algo en lo efímero que invita a la audacia, a romper la norma. Quizás sea porque la supervisión es menor. O porque sentimos que un fallo pesará menos. Pero suele suceder lo contrario: que la falta de miedo trae un acierto que deja su huella en esa historia. 

En Madrid también tenemos una historia de acrobacias y efectos trampolín. La historia de un lugar donde la arquitectura supo sortear las limitaciones del régimen franquista y abrir la mirada a la modernidad. El Museo ICO se propone ahora contar esa historia en una nueva exposición –abierta hasta el 11 de enero– comisariada por el arquitecto y profesor José de Coca Leicher y titulada Las ferias del campo. Paisajes y arquitecturas modernas en la Casa de Campo. Una muestra que reivindica el valor patrimonial de los pabellones de las Ferias del Campo, que se celebraron entre 1950 y 1975 en el recinto ferial de Casa de Campo. 115 pabellones, de los cuales 61 todavía se conservan. El museo reúne la documentación, imágenes, maquetas, revistas de la época. Los sitúa en contexto, da fe de su mérito arquitectónico; nos da ganas de coger la línea 11, bajarnos en Lago y visitar todos los que siguen en pie.


El Pabellón Internacional, con su cubierta de finísimas láminas de hormigón. © Luis Asín.

Vista del recinto ferial en la actualidad. © Luis Asín.


La historia de la Feria del Campo

Para entender el origen de este evento que los madrileños esperaban con ilusión cada dos o tres años –llegaron a celebrarse diez ediciones en los 25 años que duró el proyecto–, hay que remontarse algunas décadas atrás, a 1922, cuando la Casa de Campo era todavía propiedad de la Corona y el rey Alfonso XII decidió celebrar en ella las Ferias de Ganaderos. En 1950, cuando era ya propiedad del Ayuntamiento –llevaba siéndolo desde 1931, con la República–, se decidió que acogería un evento nuevo que uniría por fin al campo y la ciudad: la Feria del Campo. Una herramienta para curar heridas de la Guerra Civil, para modernizar el campo y, por qué no decirlo, una buenísima propaganda para el régimen.

Le encargaron el proyecto al arquitecto Jaime Ruiz, quien propuso contar también con su colega Francisco Cabrera. Desde entonces, se convirtieron en el dúo detrás de un fenómeno que fue mucho más allá de su objetivo inicial. «A lo largo de sus veinticinco años, la Feria del Campo fue mucho más que una exposición agropecuaria: fue un escaparate ideológico, una escenografía mutable donde la arquitectura servía a intereses diversos y en ocasiones contradictorios», explican Ana Esteban Maluena y Alberto Ruiz Colmenar en uno de los textos del catálogo de la exposición. 


Zoco expositivo de la primera Feria del Campo (1950). Una mezcla entre arquitectura moderna y guiño a la casa popular. Elaborada con materiales y sistemas tradicionales.

El trazado del proyecto de Ruiz y Carrera se hizo sobre el de las antiguas Ferias de Ganaderos. Es la línea roja que se ve en la imagen.


Un laboratorio de arquitecturas 

Los pabellones de las Ferias del Campo se convirtieron en un laboratorio de arquitectura no solo para Ruiz y Cabrero, también para otros, entonces jóvenes profesionales, como Miguel Fisac, Alejandro de la Sota, José Antonio Corrales o Ramón Vázquez Molezún. Habían escuchado los ecos de la modernidad en Europa y quisieron hacerlos sonar en los pabellones de la Casa de Campo. «Los arquitectos entendieron que era allí donde poner en práctica lo ignoto, lo adivinado, lo anhelado», explica el arquitecto y profesor Alberto Grijalba Bengoetxea en otro texto del catálogo. 

Para salvar la escasez de presupuesto en la España de posguerra, utilizaron grandes dosis de creatividad y se sirvieron de lo que tenían a mano. Así, era una arquitectura de ideas futuristas construida con sistemas y materiales tradicionales.  A medida que avanzaban las ediciones de la feria, se observaron avances. Al ladrillo se unieron el hormigón y el vidrio. Se pasó de las bóvedas tabicadas a las láminas de hormigón. El pabellón del Ministerio de Agricultura (1950), proyectado por Carlos Arniches Moltó, donde ya vemos su característica cubierta ondulada de hormigón. Un tipo de cubierta con láminas finísimas que alcanzó su mayor exponente en el Pabellón Internacional (1953), de Cabrero y Ruiz, que va un paso más allá porque aquí el cerramiento no llega hasta la cubierta y la luz se filtra entre las ondas e ilumina el interior. El famoso Pabellón de los Hexágonos, de Corrales y Molezún, que trasladaron en 1959 del pabellón de España en la Exposición Universal de Bruselas. El pabellón del Ministerio de Vivienda (1959) y el Pabellón de Cristal (1963), donde aparece el hierro y, con él, las grandes losas de vidrio y las carpinterías de aluminio. La arquitectura moderna entraba por fin en Madrid y dejaba su huella. Mirando estos edificios, se observa el desarrollo de la arquitectura española durante la segunda mitad del siglo XX.


El Pabellón de los Hexágonos en el año de su construcción.


Maqueta del Pabellón Internacional en la exposición del ICO. Han puesto un espejo para que se pueda apreciar cómo la luz incide en la cubierta. © Julio César González. 

Maqueta del Pabellón de los Hexágonos y, en la pared, una imagen del mismo en la actualidad. © Julio César González. 


La arquitectura, el arte y el paisaje

Las Ferias del Campo fueron también un ejemplo de adaptación de la arquitectura al paisaje y de su integración con el arte. Como dijo el mismo Jaime de Ruiz: «Los arquitectos entendieron que el material fundamental era el aire de la primavera de Madrid». Los pabellones se adaptaban a la topografía y se colocaban en lugares estratégicos para captar las vistas. Un buen ejemplo de ello es la torre del restaurante, un mirador privilegiado desde la sierra hasta San Francisco el Grande.

Murales primorosos decoraban estos edificios. Los pintores Carlos Pascual y Antonio Lago plasmaron escenas del campo y la siega en la plaza circular. La torre del pabellón del vino fue decorada con un relieve policromado del escultor José Luis Romany. El salón de actos del pabellón del Instituto Nacional de Industria se decoró con un artesonado de José María de Labra. El Mural de Vivienda, un ejercicio maravilloso de cerámica y pintura a manos de Amadeo Gabino y Manuel Suárez, embellecía el pabellón de la Obra Sindical del Hogar y se ha conseguido conservar y restaurar.

El Pabellón de Pontevedra (1956), obra de los hermanos de la Sota –Alejandro, arquitecto y Jesús, artista– es un ejemplo de integración entre arquitectura y arte.




La torre del restaurante y su mirador. 


Uno de los murales de la plaza central.

El futuro del recinto

En los 61 pabellones que se conservan no solo está escrito el pasado; también podría estarlo el futuro. En 2006 se aprobó el Plan Especial Feria del Campo para su conservación y restauración. Muchos de los pabellones se han restaurado, muchos están protegidos. Lo que se quiere hacer ahora es buscar un concepto que le dé un propósito. Un nuevo uso. Que este recinto vuelva a ser parte de la vida cultural madrileña. Un IFEMA, pero al aire libre y con buena arquitectura. ¿Os imagináis? De momento, es un paseo muy agradable y perfecto para el otoño. Ya tenéis plan para este fin de semana: ir a ver la exposición y, al salir, línea 11 y a disfrutar.

La sala de la exposición se ha pintado de los colores que representan las Ferias del Campo: el azul del cielo, el verde de los pinos, el naranja de los ladrillos y el rojo de Cabrera.




Dibujo del Palacio de la Agricultura. «Para entender la arquitectura hay que dibujarla», afirma el comisario, José de Coca Leicher.


Retrato del comisario, cuya tesis doctoral fue el origen de esta exposición.

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