Hay quienes son buenos en los juegos de mesa, y quienes no tanto. Los fundadores de Diir, David Meana, Ignacio Navarro, Iñigo Palazón y Ricardo Fernández, claramente pertenecen al primer grupo. Nunca me he enfrentado a ellos alrededor de un tablero y con fichas en mano para comprobarlo, pero no hace ninguna falta. Porque después de ver la casa que han rediseñado en Madrid, queda claro que lo suyo es la estrategia llevada al plano arquitectónico. Y ahí, no hay quien les gane.
Diir diluye los límites entre mobiliario y arquitectura.
El tablero de juego: 550 metros cuadrados a rehabilitar. Las reglas: un matrimonio con cuatro hijos y un deseo claro de apertura. Pero no solo de ventanas, puertas o tabiques. Hablamos de abrir los usos, de conectar espacios sin caer en compartimentaciones innecesarias, de reducir pasillos, de crear secuencias visuales que diluyen los límites y permiten que los espacios respiren. Una casa que se adapta, que se mueve, que crece o se recoge según las necesidades de quienes la habitan. “Este campo de experimentación solo es posible cuando tienes la rienda suelta que te da un cliente con ganas de arriesgar”, explican desde el estudio. Y vaya si la aprovecharon.
Moviendo las fichas
Los espacios no se organizan por jerarquía, sino por el orden natural entre ellas. La planta baja es el epicentro: cocina y salón se funden en un solo ambiente donde sucede la vida. “Ese espacio que conecta cocina, comedor y salón se abre por completo al jardín gracias a unos ventanales de madera que disuelven la frontera entre dentro y fuera”, explican. Todo se respira, todo fluye.
Ese acero vibrado de la encimera vuelva a la cocina de Cubro irresistible.
En la planta intermedia se encuentra la zona privada del matrimonio y de las hijas. Y coronando la vivienda, en lo más alto, está el territorio de los niños. Los más afortunados, sin duda: ellos recorren de arriba abajo la espectacular escalera de acero que atraviesa la casa como una espina dorsal metálica. Indiscutiblemente, la joya del proyecto. “Es una de nuestras piezas favoritas por su complejidad y el impacto que genera al entrar”, confiesan.
La maravillosa escalera de acero es la pieza favorita de los arquitectos.
Esencia isleña
Pero la escalera no es la única seña de identidad en esta casa. Un zócalo de ladrillo recorre la casa entera como un hilo conductor que le da textura, carácter y alma arquitectónica. Y los colores: esos tonos ocres que, combinados con roble y travertino, te transportan al Mediterráneo. Más precisamente, a las Baleares. Allí viaja la mente del Estudio Diir cada vez que imagina estos oasis urbanos tan calmados. “Es una paleta que siempre vinculamos a las islas”, dicen.
El acero de la escalera, el ladrillo que surge y resurge en cada superficie, los colores del verano: todo va dibujando una casa que se vive desde la arquitectura, sin necesidad de ornamentos añadidos. Porque si algo distingue a Diir es su capacidad de crear espacios que ya lo tienen todo. Armarios, bancos, sofás o camas están integrados con la misma intención que muros o puertas. Nada es accesorio, todo es esencial. Y luego, serán los habitantes quienes le den su voz, su historia, su modo de habitar. Porque eso es lo que consiguen: un lienzo en blanco, sí, pero listo para ser vivido.