Dicen que diseñar para uno mismo es más difícil que hacerlo para otro. Pero Oscar Niemeyer parecía crecerse cuando la presión apretaba. En 1953 levantó para su familia una casa al sur de Río de Janeiro, en la carretera de Das Canoas. Aquel camino terminó por dar nombre a la obra: la Casa das Canoas. También su forma, adaptada al desnivel y a la naturaleza del lugar, y le otorgó, además, un lugar privilegiado en la historia. Muchos la consideran la gran obra maestra residencial de Niemeyer, la síntesis más libre y personal del modernismo que floreció a ambos lados del Atlántico. No es para menos.
La casa se posa sobre una ladera abrupta, entre selva tropical y vistas al mar. Parece más un pabellón suspendido que una vivienda convencional. Todo nace de una cubierta ondulante, sostenida por finos pilares metálicos. Niemeyer la agrandó para crear sombra y, sobre todo, para liberar el interior de cortinas. Quería una casa transparente. Que la vegetación se acerca hasta tocar la casa. La fachada se convirtió así en un gran plano de vidrio, un guiño evidente a la Casa Farnsworth de Ludwig Mies van der Rohe. Pero ahí termina el parecido. Donde Mies impone la geometría, Niemeyer deja entrar la curva, el paisaje y la naturaleza. Esa libertad es, precisamente, lo que hace de Das Canoas algo más que una casa moderna. La convierte en una casa moderna brasileña.
Selva adentro
Casa das Canoas se vive en dos plantas. Arriba están el salón, el comedor y la cocina, reunidos en el gran pabellón de vidrio abierto a la selva y al mar. Abajo, casi escondidos en la ladera, se refugian los dormitorios. Entre ambos niveles aparece una roca enorme que entra literalmente en la vivienda y acompaña la escalera hasta la piscina. Aquí la arquitectura se adapta a la naturaleza, la montaña atraviesa la arquitectura, y el paisajismo de Roberto Burle Marx pasa de telón de fondo a entrar dentro de la vivienda.
La curva como manifiesto
Ahí estaba la verdadera relevancia de esta obra. Niemeyer no quería domesticar el lugar, sino dejar que el lugar moldeara la casa. Cuando Walter Gropius visitó Das Canoas le dijo que era hermosa, sí, pero “no reproducible”. Niemeyer montó en cólera. “Gropius no entendió nada”, escribió más tarde en sus memorias. Precisamente, de eso se trataba. De crear una casa irrepetible, como la difícil porción de tierra en la que se ubica, nacida de esa montaña concreta, de esas curvas y de esa vegetación, no de un sistema exportable. Y sin alterar el terreno.
La familia Niemeyer vivió poco tiempo en Das Canoas. Un desprendimiento de roca en el salón asustó a la familia, justo cuando el arquitecto pasaba largas temporadas entregado a la construcción de Brasilia. Pero la casa ya había entrado en la historia. Hoy pertenece a la Fundación Oscar Niemeyer y puede visitarse, aunque actualmente se encuentra en restauración. Lo sé porque fui hasta allí y me encontré la puerta cerrada. Supongo que incluso las obras maestras necesitan, de vez en cuando, quedarse a solas con la montaña.