Antes de dibujar la casa, José Antonio Coderch tuvo que aprender a mirar. Eustaquio Ugalde, ingeniero y amigo del arquitecto, acostumbraba a pasear por una parcela escarpada de Caldes d’Estrac, detenerse entre los pinos y contemplar desde allí tres paisajes distintos: la costa de Barcelona, el puerto de Arenys y las montañas del interior. Quería vivir exactamente en aquel punto. No delante de las vistas, sino dentro de ellas.
Construida en 1952 por Coderch junto a Manuel Valls, la Casa Ugalde no impone una geometría previa sobre la montaña. La planta se abre, se gira y se quiebra para conservar los árboles existentes, adaptarse a una pendiente pronunciada y dirigir la mirada hacia fragmentos concretos del horizonte. Su forma, tan libre que parece espontánea, responde en realidad a un preciso sistema de ángulos, recorridos y visuales.
Casa Ugalde: una planta dibujada desde las vistas
Coderch explicó con claridad el origen del proyecto: “Ha sido una casa cuya distribución se hizo partiendo de un punto fijo y marcando con este punto como centro los ángulos de las vistas que se pretendían conseguir y las transparencias correspondientes”.
Los muros dejaron de ser simples elementos de cierre para convertirse en instrumentos ópticos: unas veces encuadran el mar, otras ocultan el paisaje o prolongan el interior hacia terrazas y porches. La arquitectura organiza así una secuencia de apariciones, más próxima a un montaje cinematográfico que a una vivienda racionalista ortodoxa.
Desde el camino de entrada, un largo muro blanco acompaña el ascenso y niega deliberadamente las vistas. Cerca de la puerta, otros planos ciegos estrechan el paso. Solo después de atravesar el vestíbulo, la luz reaparece y el Mediterráneo entra en la casa a través de varias aperturas. Coderch retrasa el paisaje para intensificar su descubrimiento.


Los pinos que Coderch decidió no mover
La vivienda se apoya sobre una serie de muros de contención que siguen las curvas de nivel y forman plataformas escalonadas. En la principal se sitúan el salón, el comedor, el vestíbulo y la terraza con piscina. Sobre ella, algunos volúmenes avanzan en voladizo y generan porches profundos, lugares intermedios donde la sombra permite habitar el exterior.
La planta baja adopta aproximadamente una forma de L y reúne las estancias comunes, los servicios y el pabellón de invitados. Los dormitorios se elevan sobre este basamento. Entre ambos niveles aparece una entreplanta suspendida, ligera, visible desde el salón y sostenida por finos montantes que funcionan también como barandilla. Más que separar plantas, esta pieza enlaza alturas y multiplica las relaciones visuales interiores.
Coderch y Valls conservaron los pinos como parte del proyecto. Algunos aparecen enmarcados por ventanas, otros atraviesan terrazas o determinan el trazado de los muros.


Una modernidad arraigada al lugar
La geometría irregular de la Casa Ugalde se aleja de la claridad ortogonal del primer racionalismo. Sin embargo, sus espacios están rigurosamente organizados. La libertad formal no es un gesto expresionista, sino la consecuencia de atender a la topografía, el clima, las vistas y la vida doméstica.
En sus muros encalados, la piedra, la rasilla de las cubiertas y las zonas de sombra se reconoce una modernidad mediterránea que incorpora materiales y soluciones locales. Coderch perteneció a una generación de arquitectos que empezó a cuestionar la universalidad más rígida del Movimiento Moderno. Frente a una arquitectura indiferente al contexto, defendió una obra vinculada a la memoria, el paisaje y la manera concreta de vivir.
Esa voluntad de construir una modernidad mediterránea ligada al clima y al paisaje aparece también en La Ricarda de Antoni Bonet, donde la arquitectura aprendió a vivir bajo los pinos, o en un proyecto más contemporáneo como Casa Levene de Eduardo Arroyo en El Escorial, cuya forma la decidió el bosque.
Incluso los espacios de servicio participan de esa atención. Ocultos junto al muro de contención, reciben luz desde un patio orientado al norte, donde los rayos solares se reflejan sobre la piedra pintada de blanco. No hay zonas residuales: cada estancia encuentra una relación propia con la luz y el terreno.

Una casa imperfecta y extraordinaria
La Casa Ugalde anticipó muchas de las ideas que definirían la obra posterior de Coderch: la fragmentación de los volúmenes, las circulaciones oblicuas, la transición entre interior y exterior y una domesticidad construida mediante sombras, umbrales y perspectivas cruzadas.
El propio arquitecto nunca la consideró impecable. “Es un proyecto muy especial que, si tuviéramos que repetir, lo haríamos siguiendo el mismo procedimiento, tratando, sin embargo, de conseguir un poco más de orden. Afortunadamente, tanto el matrimonio para el que se hizo la casa como los actuales propietarios están contentos con ella. Yo viví allí con mi familia un verano y resultó muy agradable, a pesar de sus indudables defectos”.
Quizá su valor reside precisamente en esa falta de orden aparente. En lugar de corregir la montaña, Coderch aceptó sus irregularidades. Y convirtió una casa blanca sobre el Mediterráneo en una lección todavía vigente: el paisaje se escucha, se encuadra y, cuando es necesario, se deja intacto.