“La casa está en Valle San Nicolás, un masterplan residencial en el que trabajamos hace un par de años en Valle de Bravo, un pueblo muy bonito a hora y media de Ciudad de México, donde mucha gente tiene casas de fin de semana. Es conocido sobre todo por tener un lago muy grande y un frondoso bosque de pinos en las montañas, algo que me gusta porque es un gran contraste con el caos de la ciudad. Aquí puedes estar verdaderamente rodeado de naturaleza. A lo largo de la orilla del lago muchos pasan el tiempo haciendo deportes acuáticos y otras actividades. La casa Rancho del Bosque está ubicada más arriba, en la zona montañosa. Ese masterplan trataba justamente de tener una intervención ligera, de minimizar la cantidad de área construida para que el propio paisaje siguiera siendo el elemento definitorio. Con su programa y necesidades específicas, puso a prueba esos lineamientos y fue un reto muy interesante. Llegué a entender el sitio de una manera nueva, lo que llevó a una respuesta constructiva muy particular”. Está hablando Fernando Sordo Madaleno, la tercera generación al frente del estudio de arquitectura mexicano Sordo Madaleno, fundado por su abuelo Juan en 1937, con un legado profundamente arraigado en el país pero al mismo tiempo una presencia internacional en crecimiento.
En este proyecto, un encargo privado que levantaron desde cero, la idea era, como ha explicado Fernando, intensificar la experiencia del lugar, dejar que el paisaje definiera la casa. “La topografía natural, el cielo y la presa abajo son hermosos, y quisimos entrelazar esas condiciones con la casa, así que diseñamos una serie de pabellones habitables repartidos en el terreno. De esa forma, toda la circulación sucede al aire libre. No caminas por un pasillo cerrado, caminas por la montaña. El paisaje es, en definitiva, el elemento principal del proyecto. Todo se trata de cómo la arquitectura lo enmarca o se vuelve parte de él. Como estudio, no buscamos perseguir una estética particular que amarre todo, sino que es el sitio y el propio proyecto los que dictan cómo se va a ver”, continúa.
El paisaje es el elemento central del proyecto.
Una casa repartida en cinco pabellones de hormigón
La vivienda abarca unos 735 m², divididos en cuatro módulos con dormitorios, un módulo principal más grande que concentra todas las áreas comunes y otro alargado de servicio. Los pabellones se fusionan entre la vegetación, rompiendo la monotonía del conjunto y creando un ambiente de privacidad. Todos se orientan hacia una pendiente pronunciada, ofreciendo amplias vistas al valle. Cada uno de ellos ha sido cuidadosamente ubicado para preservar los altos pinos que envuelven la arquitectura del rancho. Los de dos plantas con dormitorios, a los que se accede por pasarelas elevadas, se adaptan a la topografía y pendiente del terreno. Y sus balcones suspendidos de la primera planta enmarcan las vistas de la arboleda circundante, al igual que la sala de estar principal con su terraza al aire libre. “Esto difumina eficazmente la distinción entre los espacios interiores y exteriores, integrando la vivienda armoniosamente en el paisaje forestal”, dice el arquitecto. Por último, existe un pabellón de servicio alargado que, al igual que los otros cinco, se organiza a lo largo de un único eje longitudinal, una estructura similar a un muro que se extiende contra la montaña. Las formas curvas, sencillas y minimalistas de las fachadas posteriores de los módulos que dan a la montaña aluden a este tipo de estructura defensiva, idónea para su ubicación en plena naturaleza.
Un componente clave del diseño es la circulación exterior, concebida como un paseo por el bosque, con senderos que conectan los pabellones entre sí y con el edificio principal. Estos senderos no solo fomentan una conexión íntima con la naturaleza, sino que también evocan el concepto de vida en un patio al aire libre. Otro elemento importante son los materiales y la paleta cromática. Decidieron utilizar principalmente piedra local y hormigón pigmentado, para lo que tomaron una muestra de la tierra de la zona y trataron de igualar lo más posible el tono del concreto con ella. Esta sutil pigmentación armoniza con el color del suelo circundante, lo que contribuye a una mayor inmersión de las estructuras en su entorno.
La circulación entre los pabellones está pensada como un paseo por el bosque.
Los límites entre interior y exterior apenas existen.
Decidieron usar piedra local y hormigón pigmentado para armonizar con el entorno.
Casi como dormir en la montaña.
Bosque, muro y arte
Aunque sobre el mobiliario e interiorismo no tomaron ninguna decisión, sí que trabajaron con el cliente para elegir algunas de las piezas de arte principales. “Por ejemplo, en la entrada hay una escultura increíble del artista mexicano Emilio García Plascencia, que de inmediato te impacta al entrar. Para nosotros, ese momento es muy especial, esa tensión entre el bosque, el muro y el arte”.
Abarcando casi un siglo de trayectoria, con importantes proyectos fuera y dentro de México, desde edificios culturales hasta centros comerciales, escuelas o instalaciones deportivas, la filosofía de diseño del estudio se mantiene firme en la continuidad y en la convicción de que la arquitectura nunca se crea de forma aislada. Surge a través de lo que la precede: el lugar, la política y la memoria, así como a través de gestos, rituales y formas de ser heredadas que perduran mediante generaciones. En Sordo Madaleno, esta herencia se convierte en una fuente de impulso hacia adelante: una forma de nostalgia que alimenta una arquitectura que se adapta, nutre y es profundamente propia de su tiempo y para las personas a las que sirve.
“La principal intención del proyecto era crear una tensión entre naturaleza y arquitectura, permitiendo que esta dinámica definiera la experiencia espacial de los habitantes. Por ello, la casa se divide en pabellones modulares, lo que convierte la experiencia en una inmersión en la naturaleza circundante, en lugar de simplemente estar en una casa en medio de la naturaleza”, concluye el arquitecto sobre Rancho del Bosque.
En la entrada, te recibe una escultura del artista mexicano Emilio García Plascencia.
La sala de estar, con el patio al aire libre, enmarca el paisaje.