Hay una nueva especie colonizando las periferias españolas. No ruge ni vuela, pero ocupa metros, crece rápido y se reproduce por mitosis. Desde Vigo hasta Almería, pasando por Zaragoza, Málaga o Vitoria, el paisaje urbano reciente está lleno de un mismo patrón del que seguro ya te has dado cuenta: franjas blancas y negras, volúmenes en zigzag, balcones uniformados. Son los llamados bloques cebra, una tipología arquitectónica tan omnipresente que ya tiene su propio perfil denuncia de Instagram —@bloque_cebra— y su propio mapa de avistamientos, el “safari cebra”.
“El bloque cebra es un tipo de edificación reconocible hoy en cualquier rincón de España, desde el Pirineo hasta las Islas Canarias, por su estética repetitiva de franjas blancas y negras”, explican desde el colectivo. Pero su verdadera identidad no está en las rayas: “Más allá de su apariencia, el bloque cebra es, ante todo, un producto inmobiliario nacido de un sistema que solo valora la eficiencia y la reducción de costes, sacrificando con ello cualquier discurso arquitectónico.”
La estética de la no-elección
La ironía de esta fauna urbana es que se disfraza de vanguardia. “La cebra representa la no-elección: una especie de franquicia de edificios precocinados que se aplica por igual a cualquier clima, contexto o ciudad.” Su aspecto uniforme parece ordenado, limpio, contemporáneo; su discurso, en cambio, está vacío. “Es el resultado de lo que denominamos pasotismo urbano.”
El paralelismo con el desarrollismo de los años sesenta es inevitable. Pero los autores del proyecto matizan: “Sí y no. La cebra, al igual que los bloques de ladrillo de la época, pasará a la historia como un tipo de edificación representativa de los años 2020, aunque por motivos muy distintos». Mientras aquellos bloques respondían a una necesidad social y se levantaban con materiales locales, hoy las cebras son “un fenómeno mucho más transversal que afecta tanto a viviendas de protección oficial como a apartamentos de alto standing.”
La cebra no distingue clase ni código postal. Y aunque se presenta como un gesto moderno, “los bloques cebra se presentan falsamente como vanguardistas, modernos y aspiracionales: un maquillaje, un ‘want to be’ que funciona como maniobra comercial dirigida a distintos nichos de mercado, pero que carece de autenticidad y permanencia”.
El caso Bilbao y el trauma colectivo
Para uno de los miembros del colectivo, la historia tiene un punto de partida simbólico en el norte. “En mi caso fue sin duda con la operación Garellano en Bilbao”, recuerda. “El diseño ganador quedó en manos del estudio londinense de Richard Rogers, pero el ayuntamiento lo ‘adaptó’ a las normativas locales.” El resultado: “Una simplificación absoluta, una banalización del trabajo propuesto y una muestra clara de que el diseño no fue entendido ni tomado en serio.” Hoy, dicen, “el resultado es traumático y distópico: bloques y torres cebra, una al lado de la otra, que han redefinido el skyline de la ciudad.”
Pero el ejemplo de Bilbao no es un accidente. Es un modelo replicado con precisión matemática por promotores y ayuntamientos en busca de un lenguaje “moderno” y barato. Un modelo que sustituye el proyecto arquitectónico por el render genérico, la reflexión urbana por la fachada de composite.
Cebras con pedigrí y el “cebrómetro”
“Este verano introdujimos el término ‘cebrómetro’, una herramienta para medir el grado de cebrismo o, por el contrario, la presencia de arquitectura que logra sobrevivir dentro del sistema cebra”, explican. Porque sí, hay cebras con mejores intenciones. Algunas intentan dialogar con su entorno, otras experimentan con materiales. Pero la conclusión es clara: “Incluso un bloque cebra bien diseñado sigue siendo cebra y, por tanto, forma parte de este problema transversal, donde la figura del arquitecto y el papel de la arquitectura no se reconocen como elementos fundamentales.”
La fauna urbana del siglo XXI
Otra de las claves de esta estética es su envoltorio aspiracional. Piscinas infinitas, gimnasios privados, zonas comunes con césped artificial: “Creemos que el problema no reside tanto en la falta de calidad arquitectónica como en la ausencia de calidad en el entorno. La cebra es una operación puramente comercial que incorpora ‘assets’ diseñados para hacer el producto más atractivo para el comprador, sin atender necesariamente al bienestar de sus habitantes.”
Es decir, se construyen decorados. “Lo que señalamos es el paralelismo entre la falta de cuidado del entorno y estos servicios que miran hacia dentro, hacia lo comercializable, lo que vende y lo que pertenece. La verdadera cuestión es que un espacio pueda nutrirse de la comunidad y del paisaje que lo rodea, y no solo de la capacidad de generar beneficios o acumular comodidades que venden bien en un catálogo.”
El espejismo del progreso
El fenómeno cebra nos afecta a todos, sin importar si somos expertos en la materia o si tenemos una formación determinada en arquitectura, diseño o urbanismo. “Somos conscientes de que para los profesionales se trata de una mirada distinta. El arquitecto ha sido formado y educado en su disciplina, pero ciertos principios son intrínsecos a nuestra naturaleza: proporciones, escala humana, texturas… elementos que van más allá de la instrucción profesional.”
Sin embargo, lo que antes resultaba extraño ahora se percibe como deseable. “El sistema cebra domina gran parte de la oferta de vivienda nueva. Se ha normalizado hasta convertirse en un estándar, y la sociedad lo percibe como algo seguro, probado y confiable, reforzando su hegemonía sin cuestionamiento”, apuntan.
Si las cebras fueran una tribu urbana, su retrato sería inquietante: “Una comunidad de apariencias y sonrisas falsas, un mundo de plástico donde se consume comida fast food al ritmo de la telebasura, más pendiente de la forma que del fondo.” Y sobre todo, “un estilo de vida maquillado, vallado y cuidadosamente aislado de lo que sucede más allá de sus límites, convencido de que el resto de las sociedades han quedado anticuadas, mientras ignora la fragilidad de sus propios cimientos.”
Una advertencia para el futuro
El problema, dicen, no son las rayas: es lo que esconden. “El principal peligro de la cebra es su normalización. La creencia impuesta de que cualquier otra propuesta o sistema es algo inasumible o caprichoso,” denuncian. Y recuerdan algo que conviene no olvidar: “La construcción produce un efecto no limitado a sus usuarios inmediatos, sino extendido a su entorno, a sus vecinos y a generaciones futuras. Ese efecto convierte a la arquitectura en un acto cargado de responsabilidad.”
En su mapa de “safaris”, @bloque_cebra ha registrado más de mil ejemplares en toda España. Un catálogo de cómo hemos decidido construir en el siglo XXI: rápido, rentable y rayado.
La última pregunta, lanzada desde su propio manifiesto, suena casi a súplica: “En este marco donde la arquitectura queda relegada a un papel marginal, ¿qué podemos esperar del futuro de nuestras ciudades? Tras un siglo XX marcado por claroscuros, ¿qué lecciones hemos extraído sobre la manera en que concebimos, planificamos y construimos nuestros barrios?”
Las cebras seguirán pastando en nuestras ciudades, y cada nuevo bloque será un síntoma más de una enfermedad urbana: la de construir sin propósito. Volver a ver la arquitectura como un acto cultural será lo único que nos salve de no vivir en una selva.
