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Arquitectura

La Ricarda, la casa de Antoni Bonet donde el arte aprendió a vivir bajo los pinos

Frente al mar de El Prat, Antoni Bonet construyó una casa de bóvedas, patios y luz donde la familia Gomis convirtió la arquitectura moderna en refugio para el arte, la música y la libertad.

Bajo un bosque de pinos frente al mar de El Prat, el techo de La Ricarda avanza en una sucesión de bóvedas bajas, casi musicales. La luz entra tamizada por celosías de colores, el jardín se cuela en los salones y la casa parece extenderse sin principio ni final, como si Antoni Bonet no la hubiera construido sobre el paisaje, sino dentro de él.

También conocida como Casa Gomis, La Ricarda de Antoni Bonet es una de las obras fundamentales de la arquitectura moderna española. Fue construida entre 1953 y 1963 para el ingeniero y músico Ricardo Gomis y su esposa, Inés Bertrand, y terminó convirtiéndose en algo más que una vivienda familiar: un refugio para el arte, la música y la libertad durante los años cerrados del franquismo.

Una casa proyectada desde la distancia

Cuando recibió el encargo, Antoni Bonet Castellana vivía entre Argentina y Uruguay. Había trabajado en París con Le Corbusier, colaborado con Josep Lluís Sert y Josep Torres Clavé y participado en la construcción del Pabellón de la República para la Exposición Internacional de 1937. En plena Guerra Civil se trasladó a Buenos Aires, donde fundó el Grupo Austral y desarrolló una arquitectura moderna atenta al clima, el paisaje y las formas de habitar.

La distancia convirtió el proyecto de Casa Gomis en una conversación sostenida mediante cartas, planos y fotografías. Arquitecto y propietarios discutieron durante años las necesidades de la familia, los materiales, los muebles e incluso el modo en que debía entrar la luz. Esa correspondencia explica la precisión de la casa, pero también su falta de rigidez: no parece nacida de un gesto autoritario, sino de un largo entendimiento.

Bonet encontró la clave en una cubierta modular formada por bóvedas rebajadas. Cada una define un ámbito doméstico sin encerrarlo por completo. Bajo ellas se suceden el salón, el comedor, los dormitorios y las zonas de servicio, enlazados por patios y corredores que diluyen la frontera entre interior y jardín. Terminó el proyecto en 1949, aunque no terminaría de construirse hasta iniciada la década de los 60.

Un bosque convertido en arquitectura

La Ricarda no se coloca frente al paisaje: se mezcla con él. La vivienda se extiende horizontalmente entre los troncos, evitando la monumentalidad y conservando el carácter del pinar. Las bóvedas parecen repetir el movimiento de las copas; los patios introducen fragmentos de cielo en el interior, y las superficies de vidrio hacen que la vegetación acompañe cada recorrido.

El sistema modular permite que la casa crezca como una pequeña comunidad de habitaciones. No existe una fachada principal concebida para ser contemplada desde lejos. Hay, en cambio, secuencias de sombra, cerámica, madera, cristal y vegetación. La arquitectura se descubre caminando.

Las celosías cerámicas, diseñadas en distintos colores y tramas, filtran el sol mediterráneo y proyectan dibujos cambiantes sobre los suelos. Son protección climática, pero también ornamento y ritmo. En La Ricarda, la modernidad no renuncia a la emoción material: la encuentra en la repetición, en la textura y en la luz.

Ricardo Gomis, el Club 49 y la vanguardia catalana

La historia de Casa Gomis no puede separarse de quienes la habitaron. Ricardo Gomis fue ingeniero, músico y uno de los impulsores del Club 49, el grupo creado en Barcelona para abrir un espacio a la experimentación artística durante la posguerra. La casa se convirtió así en lugar de encuentro para compositores, arquitectos, pintores, poetas y cineastas.

Bajo sus bóvedas se escuchó música contemporánea, se organizaron representaciones y se mantuvieron conversaciones que no encontraban acomodo en la cultura oficial. Joan Miró, John Cage, Merce Cunningham, Antoni Tàpies o Joan Prats forman parte del universo creativo relacionado con aquellos encuentros. La vanguardia no aparecía como algo solemne o separado de la vida: convivía con las comidas, los niños, el jardín y el sonido del mar.

Esa es quizá la verdadera singularidad de La Ricarda de Antoni Bonet. La casa no fue únicamente el escenario de una generación creativa. Su propia arquitectura favorecía otra forma de relacionarse: abierta, flexible, sin habitaciones ceremoniales ni jerarquías excesivas.

El futuro público de Casa Gomis

En enero de 2025, el Ministerio de Cultura compró La Ricarda directamente a la familia Gomis-Bertrand por 7,2 millones de euros, una operación destinada a blindar definitivamente esta pieza esencial del racionalismo frente a cualquier transformación irreversible del vecino aeropuerto de El Prat. La inversión pública ha seguido creciendo: una partida extraordinaria de 1,3 millones de euros financiará actuaciones urgentes en el arbolado y la consolidación de la torre de agua, elevando el desembolso total por encima de los 9,2 millones.

El futuro de la casa, sin embargo, continúa abierto. Aunque inicialmente se anunció que el Museu Nacional d’Art de Catalunya asumiría su programación y sus visitas, el museo finalmente no gestionará el inmueble, que permanece de forma provisional bajo la administración de la Generalitat mientras se redefine un modelo capaz de convertirlo en centro cultural y medioambiental dedicado a la relación entre arte, naturaleza y emergencia climática.

Su valor no reside únicamente en haber sobrevivido con buena parte de sus espacios, muebles y materiales originales. También conserva una idea todavía vigente: que una vivienda puede ser refugio sin aislarse, y moderna sin resultar fría. Bajo aquellos techos ondulados, Antoni Bonet no construyó solo una obra maestra. Dio forma a un lugar donde vivir, escuchar y reunirse eran partes de una misma arquitectura.

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