Un objeto diseñado con intención tiene poco de inanimado: en él queda impresa el alma, la personalidad, la historia de quien lo ha creado, el contexto que habitó al diseñar. Es lo que sucede con las piezas del diseñador y arquitecto Jorge Zalszupin (1922-2020). De origen polaco, llegó a Brasil en 1950 huyendo de una Europa gris y asolada por la guerra. São Paulo lo acogió con los brazos abiertos y él le devolvió el abrazo: con sus muebles y casas contribuyó a escribir la historia del diseño del país. Ahora su trabajo vuelve a sus orígenes, a Varsovia, con la exposición Warsaw – São Paulo – Warsaw, organizada por la Fundación Visteria en colaboración con la editora de diseño ETEL. Es la mayor retrospectiva de su trabajo hasta la fecha, y también la primera vez que éste se muestra en Europa.
Lissa Carmona, fundadora de ETEL Design –cuyo objetivo es promover el diseño brasilero del último siglo– y comisaria de la exposición junto a la arquitecta polaca Maria Murawsky, conoció a Zalszupin en 1998. A través de sus recuerdos, atisbamos destellos de su personalidad, esos que reconocemos después al observar una de sus mesas, al deslizar la mano por una de sus sillas. «Desde nuestro primer encuentro fue elegante, conciso. Usaba las palabras justas». Pero la parquedad no implicaba una ausencia de emoción: «Le brillaban los ojos cuando nos contaba cómo nuestros acabados, nuestra protección de la calidad, se parecían a la forma en que él hacía las cosas en el pasado». Así fue como, después de 20 años sin producir una pieza de mobiliario –la crisis derivada de la dictadura en Brasil llevó a Zalszupin a dedicarse solo a la arquitectura–, sus diseños volvieron a cobrar vida de la mano de esta editora. La historia de un nuevo comienzo que llega hasta hoy, hasta la recreación de su mundo en la Villa Gawronski, un palacio neobarroco en Varsovia y el escenario ideal –marcado por la pátina del tiempo y su belleza– para albergarlo.
Un aperitivo de la exposición nos espera en el piso de abajo de la villa, con la mesita Pétalas y la butaca Presidencial. © Pion Studio.
Una de las salas de la exposición, con una selección de sus sillas. En la verde que vemos en primer plano, la Ouro Preto, se observa la influencia de Lina Bo Bardi en las esferas de madera. © Pion Studio.
La exposición incluye bocetos y planos; muchos de ellos, de piezas que todavía no se han editado. © Pion Studio.
Una esencia concentrada en sus primeros diseños
Al subir las escaleras marmoladas con pasamanos de madera y forja, una se encuentra con la primera pieza de la exposición: un carrito de té, la JZ Tea Trolley, uno de sus dos diseños fundacionales y el único de todos ellos que nos remite a sus raíces polacas –está inspirada en unos carritos de bebé con grandes ruedas que estaban de moda en los años 30 en el país–, según nos cuenta Maria Murawsky. Ella era todavía estudiante de Arquitectura en Poznan cuando se encontró con esta pieza. «Me quedé maravillada por la mezcla de formas geométricas y el trato de la madera. Descubrí que él era el autor, y que tenía raíces polacas, y no entendí por qué hasta entonces no había escuchado su nombre. Me puse en contacto con ETEL y así entraron los diseños de Jorge Zalszupin en mi vida», relata.
La JZ Tea Trolley es una de esa piezas invitan a pasear la vista poco a poco sobre ellas, a detenerla en cada detalle, en cada hueco de la bandeja –el de la cajita de té, el de la porcelana–, en cada curva y cada veta de la madera. «Aprendió el oficio de ebanista de los artesanos de Brasil, muchos de ellos procedentes también de Europa. La artesanía de la época era exquisita», apunta Lissa. ¿De qué hablamos cuando hablamos de convivir con la belleza? Pues de objetos como éste.
La siguiente pieza que encontramos en el recorrido es una butaca que diseñó el mismo año que el carrito, en 1959, cuando fundó L’Atelier, su estudio de diseño. La llamó Dinamarquesa y en ella están ya presentes un lenguaje y unos valores, las inclinaciones y pequeñas obsesiones, que se repetirán a lo largo de su trayectoria. El dominio de la inmensa variedad de maderas brasileñas, en este caso la de palisandro. El diseño escandinavo como fuente de inspiración –de ahí su nombre–, pero también en las columnas de Niemeyer en la ciudad de Brasilia, proyecto en el que Zalszupin colaboró. Era su pieza favorita y también la de sus hijas, que volaron a Varsovia para ayudar a presentar el trabajo de su padre: «Es en la Dinamarquesa donde más se refleja lo importante que era el cuerpo y la ergonomía para mi padre. Refleja sus valores; la búsqueda de comodidad, la minuciosidad en los acabados», cuentan, ante un público a punto de descubrir de primera mano estas piezas. «Había que verlo diseñando: se sentaba, medía, arreglaba un detalle, se volvía a sentar». Lissa Carmona coincide en esta percepción: «Jorge entendía a la perfección la relación entre el cuerpo humano y el diseño. Se nota en el gesto automático al sentarte en una de sus sillas. Te sientas cómoda, y a la vez recta y elegante. Están hechas para tocarlas, por eso tienen esas curvas, esas formas sensuales», añade.
La JZ Tea Trolley. © Rui Texeira.
En la exposición de Varsovia, al fondo, un espacio de honor reservado para la Dimarquesa y sus bocetos. © Piu Studio.
La Dinamarquesa, elaborada con madera de palisandro.
LA MADERA, LA CALIDEZ, LA CURVA
Estos códigos impresos ya en sus primeras piezas siguen presentes a medida que avanzamos por las diferentes salas de la exposición, pensadas a medio camino entre hogar y baúl de los recuerdos. Hay salas que recrean espacios. Un comedor, un salón, un despacho, la propia casa de Zalszupin. Otras nos muestran su cara más personal, con retratos familiares, ilustraciones, una entrevista de Jorge en vídeo. «Queríamos embarcarnos en un viaje completo por su universo. Mostrar sus proyectos arquitectónicos y de diseño, y también presentarlo desde su lado más privado, en su casa, con su familia. Queríamos mostrar su rostro, sus expresiones, escuchar su voz…», detalla Maria Murawsky.
Poco a poco, la vista y el tacto van reconociendo este lenguaje y van apareciendo nuevas influencias escondidas en pequeños detalles, como en las esferas de madera que rematan la estructura de algunas sillas, un homenaje velado a Lina Bo Bardi. «Sus piezas son muy arquitectónicas en cuanto a la línea y la forma. Esa era su principal inspiración, además del arte. Luchaba con sus manos. Modelaba sus casas, todo el proyecto, con arcilla. También era un gran aficionado a la música», cuenta Lissa. Se observa en ellas una interpretación muy personal, muy local, del modernismo. En las maderas, en las formas orgánicas, en las curvas suaves. «Zalszupin supo añadir un toque brasileño al mobiliario. Las piezas son acogedoras, cálidas. Mientras que el modernismo más europeo se centraba principalmente en la sencillez, y la exhibición del material, él lo hizo más especial añadiéndole un toque de identidad local», añade Murawsky.
@ Piu Studio.
Lizza Carmona y Maria Murawasky, comisarias de la exposición. © Piu Studio.
Retrato de Jorge Zalszupin. © Cortesía de Casa Zalszupin.
ETEL ha convertido su casa en Brasil en un museo. En la imagen, uno de los salones, una muestra extraordinaria de su dominio de la madera con la mesa Pétalas, el sofá y la butaca de la serie Cubo, la Dinamarquesa (dcha.) y la silla Adriana (izda.). © Rui Texeira.
Brasil: un hogar, una inspiración
El modernismo brasileño fue un movimiento cimentado por la inmigración. Zalszupin no era el único que recaló aquí huyendo de la guerra. En Sao Paulo convivió con Lina Bo Bardi, con Joaquim Tenreiro. Al llegar, su primer trabajo fue en el estudio del arquitecto Lucjan Korngold, también polaco. «Cuando Jorge u otros como Lina llegaron, se integraron al grupo; no se sentían marginados. Eran amigos de Niemeyer, de Sergio Rodrigues… colaboraban en proyectos. Brasil era un refugio seguro. Estaban haciendo historia, formando parte de la historia junto a los brasileños», concluye Lissa.