Lo interesante de la nueva edición de Lisbon by Design no es solo el crecimiento físico dentro del Gomes Freire, sino la sensación de que la escena del diseño coleccionable y la artesanía contemporánea en Portugal ha dejado de depender de un impulso externo para empezar a funcionar sola. Como una rueda que, después de cinco años, por fin gira sin que nadie tenga que empujarla. En los salones del palacete Gomes Freire ya no aparecen únicamente individualidades dispersas, sino un ecosistema creativo que se reconoce entre sí: nombres familiares, estudios consolidados que regresan, jóvenes que se unen para presentar exposiciones colectivas, reediciones de clásicos portugueses y colaboraciones que nacieron en ediciones anteriores, justamente aquí.
Eso es lo bonito de una feria cuando funciona de verdad: no inventa una escena, le da voz. Actúa como altavoz de un tejido creativo que ya existía, aunque a veces trabajara puerta con puerta sin llegar a concoerse. Un ceramista a una calle de un bordador. Un diseñador extranjero produciendo íntegramente en Portugal. Porque en Lisboa, bajo el adoquín, hay artesanía. Y quizá ahí esté el verdadero éxito de Lisbon by Design: haber conseguido que todos esos tornos, telares y lijas dispersas empiecen a leerse como una misma conversación. Claro que ayuda que aquí se venda casi todo. Pero más allá de eso, lo que permanece es una identidad cada vez más definida, ese ADN tan particular del diseño portugués que mezcla oficio, conexión con lo natural y una escala profundamente humana.

De todas las ideas que sobrevuelan esta quinta edición, estas son las cinco lecciones que mejor explican por qué esta feria sigue creciendo y por qué se ha convertido en una de las plataformas más interesantes del diseño contemporáneo a nivel internacional.
Que la inspiración, casi siempre, está esperando en la naturaleza
Portugal lleva siglos mirando al paisaje para entender cómo crear. De ahí nacen los motivos del bordado de Arraiolos, los dibujos de la cerámica del Alentejo o incluso la icónica gallina portuguesa. Y también, de alguna manera, la propuesta más sólida de esta edición, la de Alan Louis. Fue mudarse a una zona rural a las afueras de Lisboa y cambiarle por completo el imaginario. El verde que veía por la ventana empezó a aparecer en sus cuadros; los palacios de la Toscana con los que soñaba terminaron convertidos en muebles de inspiración art decó; y las formas florales acabaron trasladadas a relieves cerámicos de inspiración art nouveau. De ese cruce entre paisaje, mano y fantasía nace la colección que presenta este año en el Palacete Gomes Freire.

Que a Portugal, en legado y pasado, no le gana nadie
El gran valor de Lisboa no está solo en su escena creativa actual, sino en todo lo que lleva siglos acumulando detrás. El joven estudio Macheia, por ejemplo, trabaja con fibras naturales y rescata técnicas casi desaparecidas del legado artesanal portugués para convertirlas en objetos de deseo contemporáneos que cuelgan en la escalinata central.
Pero el patrimonio portugués no vive solo en el saber hacer: también en los nombres que diseñaron la modernidad del país. Esta edición recupera parte de ese imaginario con reediciones de maestros de la Portugal moderna, desde el atelier de Daciano da Costa con la reedición de la silla Osaka que António Garcia diseñó para la Expo de 1970, hasta Kukas, histórica firma portuguesa, que presenta una colección homenaje a su fundadora recientemente fallecida.


Que si algo tiene la artesanía frente al diseño, es la magia del accidente
Hay cosas, como la serendipia de la experimentación, a las que la precisión de un corte láser nunca podrá llegar. Diogo Amaro vuelve a la feria revisitando técnicas decorativas del siglo XVIII como la marquetería, el tallado o el ebonizado, un proceso para teñir la madera de negro que descubrió, casi por sorpresa, que reaccionaba de forma distinta según cada tipo de madera. Y precisamente ahí, en esa falta de control absoluto, aparece la belleza irregular de sus taburetes. Lo mismo sucede en la colaboración entre Henriette Arcelin, Mathilde Gallien y Fantasque, que han unido sus universos de fantasía botánica interviniendo las piezas unas sobre otras: cerámica, marquetería y textil dialogando sin un resultado completamente previsto. Una deja algo a medias para que la otra continúe. Y así, conectando desde lo orgánico, lo intuitivo y la fantasía, terminan llegando a lugares imposibles de planificar.

Que no hay nada más bello que un material al natural
El argentino Eduardo Orúe Barceló lo demuestra en piezas donde las formas caprichosas y los colores intensos nacen directamente del diálogo entre madera y mármol, sin ningún artificio. También Fuschini, cuya directora creativa, Rosana Sousa, insiste en que cada mueble cuenta la historia del material del que nace: mesas hechas con restos de mármol, sillas que todavía conservan el olor de la madera, o el mueble de acero diseñado por Fala Atelier. Incluso Thilburg, que el año pasado presentó una colección completamente en negro, este año decide dejarlo todo al desnudo y trabajar desde el color natural de cada material. En la pura honestidad.


Que una escena no eclosiona hasta que la gente empieza a trabajar junta
Y quizá esa sea la verdadera lección de esta edición. Porque si algo se siente recorriendo el palacio es que el diseño portugués ha dejado de funcionar como una suma de individualidades aisladas. Nunca había habido tantos creadores exponiendo juntos. Nunca tantas colaboraciones. Incluso hay una exposición colectiva en el jardín. Y muahcas nacen directamente de relaciones construidas aquí dentro. “Este año venían dos o tres creadores diciendo que querían exponer juntos, y a veces era gente que se conoció aquí, exponiendo por separado, o atendiendo a Lisbon by Design”, cuenta Julie de Halleux, fundadora de la feria. “Yo no he tenido que hacer nada para unirlos”. Y eso es exactamente lo que hace una feria cuando funciona. Conectar. Obligar a salir unos segundos del taller, compartir procesos, intercambiar ideas y reconocerse dentro de un mismo tejido creativo. Lisboa puede estar orgullosa. Porque la rueda, definitivamente, ya gira sola.