Poul Kjaerholm moldeaba el acero con alma de ebanista. Se formó en ese oficio en la Escuela de Artes y Artesanías de Copenhague pero, mientras todos sus contemporáneos escogían la madera para crear la estética escandinava que marcaría el futuro del diseño, él escogió el acero.
Lo trabajó con delicadeza, exploró sus posibilidades, lo combinó con mimbre, cuero, mármol, vidrio; también con madera. «Prefiero expresar el carácter de los materiales que mi propio carácter», decía. Simplificaba y dejaba cada detalle a la vista. Del acero le interesaba, además de su potencial constructivo, la manera en que refleja la luz. Sus piezas destilan esa visión artística, pero también una muy doméstica: casi todas las diseñó para su casa (y eso ya nos da muchas pistas).

Una casa para una vida, unas piezas para esa casa
Al norte de Copenhague, Poul y su mujer, la arquitecta Hanne Kjærholm, diseñaron su casa. Como todos sus diseños, es tan personal como universal. En un giro dramático de la norma en aquella época, ella se encargó de la arquitectura y él del interior. El resultado es un ejemplo exquisito de arquitectura modernista y a la vez un reflejo de sus sensibilidades.
En las formas y materiales, la casa es de inspiración japonesa. Dentro tiene lo mejor del diseño escandinavo. Está construida sobre un eje este-oeste para aprovechar al máximo la exposición al sol y las vistas. Los materiales han envejecido con elegancia. La carpintería que forra paredes y puertas se mantiene sin tratar, con un aspecto robusto y sólido a pesar de que el sol la ha oscurecido con el paso de los años.


El suelo está cubierto con una moqueta de algas marinas tejida en dos tonos formando un damero y su calidez contrasta con la austeridad de las piezas de Poul. El corazón de la casa es la sala común, un amplio espacio que combina el comedor y el salón y que ocupa todo el ancho del edificio. Conecta la casa con el mar a través de grandes ventanales panorámicos y una terraza de madera en el exterior.
La construyeron en 1962 y apenas ha cambiado. Thomas, su hijo, vive en ella y conserva su legado. «Si nos fijamos en la época en la que diseñó la mayoría de sus obras, fue cuando mis padres habían encontrado el terreno en la costa de Rungsted para nuestra casa familiar», cuenta.


Los diseños que llevaron a Poul Kjaerholm a la fama
Este año, en 2026, se cumplen setenta del nacimiento de la butaca PK22 y de la mesa PK61. Para celebrarlo, Fritz Hansen —quien produce hoy sus piezas— ha lanzado una relectura de ambas. La primera lo llevó a la fama. En apenas unos meses tras su lanzamiento, ya comenzó a cosechar éxitos de la talla del Grand Prix de la Trienal de Milán. Ahora se presenta con un nuevo tapizado en cuero creado junto al fabricante danés Sørensen. La mesa aparece con un sobre de granito apomazado.

Hay una pieza que resume bien su filosofía –y que Fritz Hansen acaba de reintroducir en el mercado—: el biombo PK111. En la casa familiar, el biombo separa las zonas de estar y comedor. Su altura, de 140 centímetros, respondía al deseo de Kjaerholm de crear una sensación de intimidad cuando uno estaba sentado a la mesa, sin impedir la percepción completa del espacio al ponerse de pie. La veta longitudinal del pino de Oregón refuerza su verticalidad. Como en otros de sus diseños, se inspiró en los biombos japoneses y orientales y convirtió ese concepto en un diseño modular, reducido a una carpintería sencilla y ejecutada con absoluta precisión. Según su hijo Thomas, que creció en la casa familiar, «era un diseño concebido para un lugar específico, pero con una vocación universal».


Su trabajo llega a Madrid
Ahora su trabajo se reúne en una muestra organizada por Fritz Hansen que se podrá visitar en el showroom de Naharro en Madrid hasta diciembre de 2026.
Además de en esta muestra, podemos encontrar sus piezas en las colecciones permanentes del MoMA de Nueva York, el V&A de Londres o el Louisiana Museum of Modern Art de Copenhague. No solo en el museo, también en la casa. No es raro verlas integradas con diseño contemporáneo en proyectos de maestros del interiorismo como Axel Vervoord, Vincent Van Duysen o Joseph Dirand. He aquí un signo de buen diseño: el estatus de icono, la domesticidad que permanece.


