Por qué no trasladar la esencia de una casa de vacaciones al hogar del día a día? ¿Por qué no diseñar tu habitación para que sea como la de ese hotel al que siempre querrías volver? ¿Por qué dejar lo bueno para las pequeñas dosis, cuando puedes tenerlo siempre? Casa Alegría es la respuesta a estas preguntas retóricas. Ana Hernández, fundadora del estudio HER Arquitectura, llevaba años viviendo y trabajando en Ibiza. De vuelta a su Valencia natal, ha trasladado la esencia de la isla y de sus proyectos en ella a esta casa, la de Juanan, un chico valenciano que se pasa la vida viajando y buscaba un lugar donde recalar en la ciudad.
Un casa hecha para recibir y compartir
Una casa de 1910 en La Roqueta, conocido como el barrio chino, justo detrás de la plaza de toros. Con sus techos altos, su escalera con barandilla de forja, sus vigas de madera con revoltones cerámicos –estos últimos, tapados en una reforma posterior–. También con aquellos elementos de las casas de antaño que no nos vuelven tan locos: la cocina, en una estancia separada; las habitaciones, lúgubres, sin ventanas. Nada que no tuviese remedio a base de creatividad y trabajo. El equipo de HER creó un espacio diáfano con la cocina como centro y le otorgó todo el protagonismo colocando una isla de granito con aire escultural. «A pesar del poco tiempo que pasa en ella, esta casa siempre está llena de gente, y este espacio representa la reunión, los amigos; aquí se sirven unos vermuts deliciosos», cuenta Ana a MANERA.
La isla de granito es el corazón de la casa. «Representa la reunión, los amigos; aquí se sirven unos vermuts deliciosos», cuenta Ana.
Cocina, salón y comedor, unidos en un espacio diáfano y luminoso. Las sillas y taburetes son recuperadas del negocio que tenía el padre de Juanan.
MINIMALISMO SALPICADO DE TOQUES POÉTICOS
El arco es también un elemento central del interiorismo. Uno en el recibidor –estancia que, contra la tendencia actual, han conservado– y otro en la entrada del dormitorio, «visten la vivienda y crean juegos de luces y sombras». Por ellos, la luz natural se cuela desde las ventanas que dan al exterior, la del espacio de día, las de la habitación y la del baño en suite del dormitorio. Hablemos de este baño, pues es una muestra de esa filosofía detrás del proyecto: está hecho para elevar un día cualquiera. El lavabo, otra pieza de arte en el mismo granito que la isla. La bañera y la ducha, también en piedra natural.
«El cliente es muy minimalista. Quería todo muy nada, ultra nada. Monocolor. Con los muebles súper sencillos», explica Ana. De ahí que todo se envolviese en la neutralidad que da el pavimento continuo, «de una pintura sintética, Epoxi, muy resistente, que escogimos como alternativa al microcemento, porque no era ideal para este tipo de construcción», detalla. En esta neutralidad, la chimenea destaca en el salón, y también lo hacen las piezas escogidas con minucia y desde la emoción: el cuadro azul sobre la misma, de la artista Carla Cascales; las sillas y taburetes recuperados del negocio del padre de Juanan; las tinajas del pasillo, donde sus abuelos guardaban el aceite. Las telas de lino, que cubren la mesa y el sofá como un elemento poético. Una manta de lana natural que trajo de Marruecos y ahora cubre su cama. Los libros, también tesoros encontrados en viajes, salpicados ahora por la casa, dando toques de color.
En el dormitorio se han conservado las vigas de madera con revoltones cerámicos, que le dan un toque rústico especial. La manta que cubre la cama es un recuerdo de un viaje a Marruecos.
Y, de nuevo, siguiendo el hilo, esta misma piedra da otro toque singular en un escalón que separa el baño del dormitorio.
Casa Alegría es personal, es única, es acogedora. Es divertida, por supuesto, haciendo honor a su nombre. «Tiene luz, es dinámica. Invita a la fiesta, a la reunión alrededor de esa barra, a preparar vermuts y compartir», concluye. Poco más podemos pedirle a un lugar donde recalar. Cada proyecto tiene sus circunstancias, pero Ana busca conseguir un efecto común en todos ellos: «Que cuando alguien entre en la casa piense ‘uf, qué bien se está aquí’». Sin ninguna duda podemos afirmarlo: misión cumplida.
