Hay casas en las que una entra y sabe casi de inmediato que a quien allí habita le gusta pasar tiempo en ella. Las imágenes mentales aparecen con claridad: las tardes de domingo en el sofá leyendo un libro, el trajín de cada mañana al preparar el desayuno en la cocina, los preparativos para una cena con amigos, las noches al fresco en la terraza. Son casas agradables, que renuncian a las pretensiones a favor de la comodidad, pero a la vez esconden una cierta sensibilidad producto de una idea bien formada de lo que significa para ellos un hogar.
La casa que hoy nos ocupa, situada en un edificio de principios del siglo pasado en el barrio del Farró de Barcelona, es una de esas. Era una casa familiar heredada construida en la década de 1900 que pedía adaptarse a su vida hoy. Una reforma en los años 70 la había dejado excesivamente compartimentada y la tónica doméstica de esa época ya no servía. Fue entonces cuando el también barcelonés Hiha Studio entró en la ecuación con un proyecto basado en la escucha, en el respeto y en la calidez.


Devolvieron a la casa su pasado
Acordaron que, para que la vivienda de 105 metros cuadrados –más 50 de terraza– respirase, era necesario abrir la zona de día. Derribaron hasta quedarse con un salón-comedor abierto a esa terraza y conectado con una cocina –de esto hablaremos más adelante–. La desnudez que borraba las huellas de aquella reforma anterior les descubrió otras más antiguas y genuinas. Poco a poco fueron apareciendo elementos constructivos originales de 1900: las vigas de madera, la bóveda catalana. Decidieron, claro, recuperarlos.
Estos elementos, nos cuenta Bernat Ardèvol, fundador del estudio, recuperaban por un lado esa memoria arquitectónica. Por otro, aportaban textura, profundidad y calidez a la caja blanca de las paredes, y servían como base para el nuevo lenguaje matérico. Así, la madera de las antiguas vigas se extiende al parquet de roble que reviste el suelo de toda la casa –excepto en los baños, de baldosa cerámica– y también a la cocina, en un panelado también de roble que se combina con el porcelánico en la encimera. El ladrillo de la bóveda ofrece un contraste que aparece también en un reflejo del presente con el tono naranja con el que lacan el armario del dormitorio. Acentos bien escogidos y enraizados en una paleta cromática que llevaba ahí cien años.


Y ahora es una casa más ligera
Además de devolverle su historia, la reforma de Hiha Studio consiguió que la luz entrase desde la terraza y circulase, libre, por el resto de la casa a través de espacios amplios, fluidos y bien relacionados. Lo que no implica necesariamente abiertos al completo. Y aquí es donde entra la cocina. Y nos encanta. Porque este proyecto refleja una tendencia que cada vez vemos más: la cocina que quiere volver a esconderse, a ser estancia en sí misma, que ya se ha cansado de ser una parte más del salón.


Aunque la propuesta inicial sugería que fuesen uno, los dueños se mostraron reacios, querían darle cierta privacidad, querían separación. Aprovecharon que estructuralmente había un pilar y colocaron un su lugar un mueble alto que integra los electrodomésticos y sirve de barrera visual. Para no cerrarla del todo, dejaron abierta la esquina y colocaron en ella una mesa auxiliar, una especie de barra multiusos.


Piezas con carácter: el del diseño y el de una vida
Antes de comenzar la reforma, mientras visitaban el piso, se encontraron en una de aquellas muchas habitaciones que había unas sillas Reno, esas que Francisco Correa y Miguel Milá diseñaron en los 60 para el restaurante que les daba nombre y que se han convertido en un icono del diseño catalán. Ese encuentro fortuito marcó la línea del resto del mobiliario.
He aquí otra pista de que nos encontramos ante una casa muy vivida: lo que le da carácter son los objetos del día a día y aquellos que reflejan las pasiones e intereses de los dueños. Los libros, los cuadros, los jarrones. Esa librería por si sola bastaría para sentir cualquier casa un hogar. La reforma aligera la estructura para dejar más espacio a la vida y la vida, claro, se abre paso. Lo hace a través de una casa con personalidad donde parece un peligro invitar a amigos a casa: corres el riesgo de que no se vayan nunca.

