Publicidad
Interiorismo

En esta casa de huéspedes en Marbella la vida transcurre como en una foto de Slim Aarons

Casa Dora, diseñada por el estudio Woodward & Co, recupera el espíritu de los 70, la época dorada de la Costa del Sol, a través de los azulejos verdes, la austeridad elegante mediterránea y una distribución pensada para vivir descalza y al aire libre. 

En el salón, un sofá de obra al estilo mediterráneo y una tira de azulejos originales de los 70, diseño de Sádex Ibérica.

Una residencia de verano no se diseña con las mismas necesidades en mente que una casa pensada para la rutina. No ha de ser práctica en ese sentido. No ha de adaptarse, de recogernos, de hacernos sentir a salvo. Su misión es que soñemos, que cambiemos de verdad de aires, que nos traslademos por unos días a otro universo. A poder ser, a uno que haya fotografiado Slim Aarons. Uno en el que los días sean lentos y las noches, eternas. En el que la máxima aspiración sea el letargo, el libro sobre la tumbona, la elección del aperitivo. En el que nos rodee la elegancia relajada. 

Esta casa de huéspedes en Marbella cumple con esa premisa: es el escenario que buscamos. Su nombre es Casa Dora, en honor a la fotógrafa y artista Dora Maar, y el estudio Woodward & Co, fundado en 2024 por Marta y Carlota Woodward, cuando recibió el encargo de reformarla, decidió devolverle el resplandor de la época dorada de la Costa del Sol, de aquellos años 70, cuando era el epicentro del verano internacional, el lugar de refugio para artistas, actrices, aristócratas. Allí donde el objetivo de Slim Aarons capturaba una siesta en la hamaca junto a la piscina de Villa Carrpeplos, una cena al aire libre en el Marbella Club. Allí donde retrataba la espuma de la vida. 

Aquí, en concreto, situaríamos el retrato. La fachada es de mortero de cal, en consonancia con el resto de casas de la urbanización, ubicada en Puerto Banús.

Una casa para vivir el verano

Es una casa pensada para dejar los zapatos en la maleta y no volver a pensar en ellos. Los suelos de barro piden el contacto con el pie descalzo, piden ese resto de arena que trae consigo desde la playa. Una reforma integral en la planta baja la ha convertido en un espacio donde se vive en un vaivén entre el interior y el exterior. “No es una casa muy grande. Son 160m2 en dos alturas. Para hacerla más grande, teníamos que abrirla”, explican Marta y Carlota.

La cocina está conectada con el exterior y separada del salón por un paso de donde salen las escaleras. Los azulejos verdes de Maora Ceramic aportan continuidad visual y acento de color.

La cocina-comedor, con una isla central que es el corazón de la vida social, se abre a la piscina. “Dudamos si te apetecería más estar junto a la piscina en la cocina o el salón, pero la cocina es más viva: vas a por agua, a picar algo, te haces el aperitivo…”, cuentan. En esa misma planta, el salón también se abre a un patio que da a un porche. Cocina y salón son volúmenes independientes, conectados por un paso. En la primera planta, se adaptaron  a la distribución existente y dibujaron tres dormitorios, que se unen a un cuarto en la planta baja, cada uno con su propio baño.

El azulejo verde llega hasta el umbral del salón.
Salón que se abre a un porche.

La vida junto a la piscina 

Todo proyecto tiene su parte estrella y en este caso, es sin duda la pool house. Una estructura de geometrías puras y rotundas, pero relajadas por el aire mediterráneo que aporta el mortero de cal que la reviste y por el banco de obra, austero y a la vez elegante. “Buscábamos llevar la arquitectura clásica a un lenguaje contemporáneo”, añaden. Ya fuera de la sombra, tres tumbonas descansan junto a la piscina.

El regreso a la Marbella de los 70

“Cuando vimos la casa por primera vez, nos llamaron la atención los alféizares, que eran de un azulejo verde muy típico de la región. Decidimos ensalzarlos. Junto a Maora Ceramic, una empresa valenciana, los rehicimos y los llevamos a la piscina, la cocina y el baño”, detallan. Ese mismo espíritu sigue presente en una tira de azulejos originales de los años 70, elaborados por Sádex Ibérica, que encontraron en un anticuario.

El hilo conductor matérico aparece, de nuevo, en el baño.

También buscaron piezas de esa época: el mejor ejemplo es la butaca Emmanuelle, esa rompepistas del diseño en los 70 que descansa ahora en una esquina del salón. Aunque su verdadero nombre es Peacok, se la conoce más por su pseudónimo cinematográfico. Igual que Rebeca de Hitchcock dio nombre en España a ese tipo de chaqueta, sucedió lo mismo con esta silla de ratán de origen polinesio que salía en la película dirigida por el francés Just Jaeckin.

La butaca Emmanuelle.

El ratán lo encontramos de nuevo en unos pequeños taburetes en el salón, en los muebles de exterior, en el cabecero… Aporta un toque relajado en contraste con las maderas oscuras. 

“Nos gusta empezar un proyecto estudiando la zona, leyendo el espíritu del lugar”, concluyen las hermanas. Y aquí la lectura está clara: el resplandor de una era dorada vuelve; podemos viajar a ella cada vez que nos hospedemos en Casa Dora. Ya está bien apuntado en nuestra libreta de destinos pendientes.

Publicidad

Resumen de privacidad

Nuestra web utiliza cookies propias y de terceros para gestionar el portal, recabar información sobre la utilización del mismo y mejorar nuestros servicios. Puedes hacer clic en ACEPTAR para permitir el uso de cookies o ver la configuración de las cookies para ver información detallada y seleccionar qué tipo de cookies deseas aceptar o rechazar.