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Interiorismo

La receta para una vida más pausada no la tiene un coach, la tiene esta casa en Sitges

SO Arquitectura ha reformado una vivienda de los 90 en Sitges para convertirla en una casa luminosa que mira al jardín y cuya estructura se dibuja siguiendo las rutinas y hobbies de sus dueños.

Para vivir la vida que queremos vivir es necesario el escenario adecuado. La luz que entra por la ventana, la cortina que la tamiza, la curva que envuelve, la madera que acoge, el textil que arropa. Una puede proponerse cada domingo parar, poner los cinco sentidos, pero una casa diseñada con intención y mimó hará la mayor parte del trabajo: los despertará, invitará a acariciar, a mirar, a escuchar, a oler. La casa que hoy nos ocupa, una vivienda de 200 m2 construida en los 90 en Sitges, en la costa de Barcelona, es de esas en las que, al entrar, el piloto automático automáticamente se desactiva. Cuando el equipo de SO Arquitectura recibió el encargo de reformarla, se encontraron limitaciones estructurales y espacios algo agarrotados, y de inmediato supieron cuál era su misión: llenarla de luz en todas las estancias y cambiar el ritmo de la distribución, dotarlo de ligereza. Tenían para ello un gran aliado, un precioso jardín que se propusieron enmarcar desde todas las estancias, estableciendo un diálogo pausado entre naturaleza y refugio. 

Cuando la casa se construyó en la última década del siglo pasado, el turismo sufría un boom en la zona y se pensó más como una casa de verano. Pero sus actuales dueños, una familia con un hijo, tenían un vínculo emocional muy fuerte con la zona y querían vivir en ella, que su hijo, que la familia, creciese con ella. El proyecto de SO Arquitectura consigue eso: la desestacionaliza, la convierte en una casa para el día a día. 

El lateral del salón, con un sofá de obra y tapizado en lino, y la curva que guía hacia él.




La chimenea de gas articula la casa. Junto a ella, un espacio para hacer yoga.


Detalle de la zona de yoga.

Las rutinas familiares dibujan la distribución 

Para conseguirlo, tocaba reestablecer prioridades. Al plantearse el nuevo trazado de la distribución, pensaron: ¿qué reúne a la familia? ¿Qué articula su día a día? Y, a partir de esta retícula emocional, dibujaron la arquitectónica. En el corazón de la casa, una chimenea de gas distribuye el resto de estancias de la zona de día: el salón, el comedor y la cocina. Su forma curva invita a deslizarse entre ellas. Junto a ella, una zona para hacer yoga. «Es una actividad central en su vida, y por eso le dimos el protagonismo que merecía, convirtiendo el área en el centro también de la casa. Simplemente con un gesto en el techo, con una sencilla moldura, enmarcas esa zona a la que acudir para estar presente, para conectar con tu ser», cuentan desde el estudio a MANERA. 

A ambos lados de la zona central están los dormitorios. El principal, el de los padres, ya formaba parte de la casa original. La habitación que ahora ocupa dormitorio infantil era antaño un garaje, pero el estudio la ha unificado con el resto de la casa y resuelto el mayor desafío, que en ella también entrase la luz, con dos lucernarios. Ahora es un rincón de la casa pensado para ir adaptándose a las necesidades del niño –y sus futuros hermanos– a medida que crezcan y necesiten, por ejemplo, una zona de juegos o un rincón de estudio.

La nueva distribución consigue una casa ligera, transitable.




La cocina, con isla en mármol Taj Mahal que mira al jardín.


El comedor.

Una oda matérica al Mediterráneo

Otro deseo de los dueños era vivir en una casa que estuviese bien enraizada en su contexto, el Mediterráneo. Que se enlazase a su tradición a través de materiales locales, que tuviesen sentido, respondiesen bien al clima, envejeciesen bien, fardando de pátina. Así, escogieron el estuco de cal para revestir las paredes, Mortex en los baños y en suelos, tarima de madera natural en los dormitorios, roble natural en la carpintería y, por último, la joya de la corona: la piedra Taj Mahal en la isla de la cocina y en los lavabos. De esta piedra, de sus tonos beige y verdosos, surge también la paleta cromática de la vivienda, con esa paleta neutra que contrasta de manera muy sutil, muy engamada, con la calidez de la madera. 

Las piezas de mobiliario son pocas, pero muy bien escogidas. Una selección que «refleja el deseo de no llenar todo de objetos, sino que los que hay tengan un valor, cuenten una historia y reflejen el gusto de la familia», detallan. Mucho mobiliario de obra –otro guiño al Mediterráneo–, mucho tapizado de lino y objetos que ahí, en medio de ese envoltorio de serenidad, adquieren una personalidad rotunda, como la mesa de madera del comedor o la bañera exenta desde la que contemplar el jardín. Porque esa es otra: todo aquí está pensado para vivir mirando al jardín. No solo se ve desde la bañera; también desde el comedor, desde el sofá. En la cocina, la isla se ha colocado en un lugar que podría no parecer el más adecuado de primeras, el más funcional, pero es el único que permite cocinar dejando que la vista se pierda de vez en cuando entre flores, ramas y pajarillos. 

«La casa transmite calma y, a la vez, la personalidad de sus habitantes y su relación con el contexto, con el Mediterráneo. Queríamos neutralidad en los espacios, y coherencia, pero también calidez», relatan. La filosofía de SO Arquitectura está encapsulada en su declaración de intenciones: crear espacios para un ritmo de vida más pausado. Este proyecto le viene al dedillo. «¿Para qué es la arquitectura?», se preguntan. «Para generar esos momentos», concluyen. El escenario perfecto.

El dormitorio de los padres. Textiles naturales que invitan al descanso.




Una bañera desde la que contemplar.


La ducha, de Mortex, suave y envolvente.


Una casa diseñada en torno a los hobbies de sus habitantes.

El dormitorio infantil, en el que se abrieron dos lucernarios para que entrase la luz.


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