Los restauradores de pintura dicen que uno de los momentos más delicados de su trabajo llega cuando empiezan a retirar el barniz envejecido que cubre una obra. Es un proceso lento, solo apto para manos expertas y mentes cargadas de paciencia. Poco a poco aparecen colores que llevaban décadas ocultos, detalles que nadie recordaba y una profundidad que siempre estuvo ahí, aunque había dejado de verse.
Llevándolo a nuestro terreno, algunos proyectos de arquitectura e interiorismo funcionan exactamente igual. El último trabajo de De la Villa Studio en Madrid, por ejemplo, no parte de una vivienda vacía ni de un lienzo en blanco. Parte de un edificio con cuatro siglos de historia, múltiples transformaciones y demasiadas decisiones acumuladas unas sobre otras. Un loft de 241 metros cuadrados ubicado en el antiguo convento de las Recogidas de Santa María Magdalena de la Penitencia, fundado en 1623 en el actual barrio de Chueca, donde el mayor reto fue recuperar todo lo que llevaba demasiado tiempo escondido.


Un edificio que había dejado de entenderse
La historia del inmueble explica también parte de la intervención. Tras el incendio que afectó al conjunto conventual, la iglesia fue reconstruida por Ricardo García Guereta en 1897 y el convento por Jesús Carrasco en 1916. Décadas después, una parte del antiguo claustro se transformó en viviendas tipo loft, respetando el extraordinario volumen original de las antiguas dependencias.
Sin embargo, las sucesivas reformas interiores habían ido desdibujando esa condición. Tabiques levantados hasta la cubierta, compartimentaciones innecesarias y nuevas habitaciones habían terminado fragmentando una nave cuya principal virtud era precisamente la continuidad.
La primera decisión del estudio fue como una operación de limpieza. Recuperar la lectura completa del espacio. Dejar que el ladrillo original volviera a aparecer. Mantener visibles las antiguas vigas de madera —hoy ya ornamentales— y las cerchas metálicas que sostienen la cubierta a dos aguas, cuya cumbrera alcanza los seis metros de altura.
La vivienda ha dejado entonces de percibirse como una suma de habitaciones y vuelve a comportarse como un único gran volumen. También la secuencia de acceso participa de esa misma estrategia. La entrada se comprime de manera deliberada mediante una altura más contenida. Apenas unos pasos después, el espacio se abre de golpe hacia el gran salón, la cocina y el comedor, organizados sin divisiones físicas. La amplitud no nace únicamente de la doble altura; nace del contraste entre ambos momentos.


Materiales que dialogan con cuatro siglos de historia
Hemos caído en la tentación de describir este proyecto a partir de sus materiales por lo bien que funcionan. El travertino apomazado, el nogal americano, el acero envejecido o el estuco aparecen constantemente durante el recorrido. Pero ninguno sobresale sobre el otro, como dicta la vida monacal.
El elemento más reconocible es un gran muro curvo revestido en travertino que asciende a doble altura e integra la chimenea. La piedra se colocó pieza a pieza reforzando la horizontalidad de las veta. El mismo material reaparece en el arranque de la escalera, en los taburetes diseñados específicamente para la vivienda y en el lavabo de la suite principal.


El nogal americano, por su parte, cose con mano suave toda la intervención. Está presente en los pavimentos colocados a junta perdida, en la cocina, los panelados, las carpinterías y buena parte del mobiliario fijo. La continuidad de la madera es un hilo conductor que nos sigue contando la historia del espacio.
Hay otra decisión especialmente significativa: sustituir la pintura por estuco en buena parte de las paredes. Así, el estudio ha conseguido mantener la vibración de las superficies, sus pequeñas irregularidades y una sensación muy característica que la pintura suele uniformar.
La escalera es otro de los hits hacia los que se nos van los ojos. El primer tramo, ejecutado en travertino, da paso a una estructura de nogal americano acompañada por una barandilla de acero envejecido cuya geometría recuerda discretamente algunos dibujos del Movimiento Moderno.


Una colección que ya contaba la historia de la casa
Los propietarios utilizan el loft como segunda residencia y como lugar de reunión para familiares y amigos. Pero también llegaban con otra historia entre manos: una colección de mobiliario vintage construida durante años de viajes y búsquedas.
De la Villa Studio decidió convertir estas piezas en uno de los puntos de partida del proyecto. La mesa Grand Compass diseñada por Jean Prouvé en 1953 ocupa el comedor acompañada por las sillas Standard editadas por Vitra. Muy cerca aparecen unas butacas originales de Charles y Ray Eames que pertenecieron a la abuela del propietario y un enigmático mueble bar de Vittorio Dassi de los años cincuenta.

A su alrededor aparecen piezas contemporáneas y numerosos elementos diseñados específicamente para el proyecto: la alacena del comedor, la lámpara suspendida, la base de la cama o los taburetes de travertino. Todo convive con una selección de piezas de arte exquisita y multidisciplinar, desde la fotografía a la escultura.
En la planta superior, una pasarela conecta el despacho con la suite principal, concebida como dos grandes volúmenes de nogal americano que nunca llegan a tocar la cubierta. Esa distancia permite que la mirada siga recorriendo la nave completa de un extremo a otro, recordando constantemente el verdadero patrimonio del edificio.
Juan Esteve, Alberto Espejo y Miguel Otero, fundadores del estudio, deben haber sentido lo que sienten los restauradores del Prado cuando terminan orgullosos una buena restauración: aquella en el que deja de notarse la intervención y vuelve a percibirse la obra. Este loft merece una buena exposición.




