Se dice que la gran ciudad es el paraíso de las oportunidades, el lugar donde todo es posible. Y, sin embargo, hay algo que jamás ocurrirá entre semáforos y hormigón: ser despertado por el canto de un gallo. Ese privilegio pertenece, por derecho propio, a la calma del campo, a la autenticidad de un paisaje intacto, al recuerdo de los veranos en el pueblo. Así son los amaneceres en el interior de Ibiza, cuenta Ana Martín Pelaz: con el quiquiriquí rompiendo el silencio, los huertos perlados de escarcha y el horizonte dibujado por olivos. Estos elementos han sido los ingredientes principales de su nuevo proyecto por aquí: “La idea era que cada rincón se viviera como una prolongación del entorno, que todo respirara al compás de la naturaleza”, explica la fundadora de Estudio Martín Pelaz.
En busca de su alma original
La casa tenía luces y sombras. Lo bueno es que su estructura estaba intacta, sin necesidad de transformaciones. “Era un espacio diáfano, con ambientes muy bien definidos”, recuerda la creadora. El desafío, en cambio, estaba en la paleta cromática. Las paredes se vestían de verdes y rojos intensos, muy lejos de ese espíritu campestre que Ana buscaba revivir, y además, terminaban por eclipsar la auténtica personalidad de la arquitectura. Por tanto, desde el primer momento, Ana tuvo claro un objetivo irrenunciable: rescatar esa esencia original sin dejar que se perdiera ni un ápice en el camino.
Así que fuera rojos, fuera amarillos, y dentro calma, tradición y honestidad. De la estructura original se quedaron los suelos y la cocina, elementos con tanto carácter que debían quedarse sin discusión. A ese esqueleto se sumaron muebles de obra que prolongan la estética de siempre, y tanto la iluminación como el textil terminan por fundirlo todo en puro sosiego y armonía. El resto lo ponen la ponen la brisa mediterránea, el sonido de las hojas y el canto de los pájaros que rodean este paraíso, como las golondrinas, que dan nombre a la vivienda.
La cocina conserva aún el alma del pasado: es el único espacio que permaneció casi intacto tras la reforma.
Esencia rural, sí, pero con brillo internacional
El salón es el corazón de la casa, el espacio que pedía un gesto más atrevido. Allí, las vigas de madera y el cañizo suavizan y ocultan las originales de hormigón y bovedilla vista, transformando el techo en un guiño a aquellos antiguos salones de recibimiento en los grandes palacios donde se desplegaban las mejores joyas y atributos de la familia. Aunque para joyas, la lámpara de techo del salón, las icónicas Wishbone Chair de Carl Hansen en el comedor, o el taburete de Linde Freya Tangelder en el salón. Porque aquí, aunque la esencia rural sea el mantra, también hay lugar para dejarse tentar por algunas delicias del mejor diseño internacional, piezas capaces de marcar un pulso emocional dentro de la sobriedad campestre.
La cocina, como adelantábamos, apenas necesitó retoques. Porque ninguna cocina moderna, ni la más futurista isla con encimera de cristal y luz integrada, podrá superar la belleza, el encanto, y el alma de una cocina de toda la vida. Es decir, de esta cocina. Con su azulejo original y esas puertas de madera, sigue oliendo a hogar y a recetas de siempre. Bastaron unas baldas nuevas y un ligero oscurecido en la madera para subrayar su carácter y realzar lo que ya estaba allí.
En el dormitorio, junto a la cama, lámpara de Rue Vintage 74.
Y frente a ella, una butaca vintage.
Las escaleras que dan acceso al dormitorio.
Y luego está el porche, el rincón favorito de Ana: un mirador abierto al paisaje, al olor del campo y a esa frontera difusa entre interior y exterior que define la esencia de la casa. Es ahí donde el proyecto se siente más auténtico, donde todo respira al ritmo del entorno. Y todo gracias al canto de unos gallos que han insistido a Ana en recordar que cada gesto, cada espacio, debía permanecer conectado con la naturaleza que lo rodea.
La piscina, con su forma curva, se convierte en el rincón más irresistible durante el verano.
Dos butacas de Ferm Living disfrutan de la piscina.
Mesa y sillas de Aquitania y una cerámica de María Sejas Balda en el porche.