A la parroquia de Lores, una de las siete que conforman el municipio de Meaño en el valle de O Salnés, se acude a comprobar que en Galicia no todo es el mar. En esta región de Pontevedra, la mirada recorre hectáreas de viñedos de Albariño, bosques de pinos, laderas suaves. Entre tanto verde, aparece el contraste: el granito de las casas y los hórreos y los cruceiros; el granito que define al paisaje gallego en su versión más romántica.
Aquí aguarda, discreta, ajena al trajín de la costa, Villa Lores, una casa de huéspedes que Natalie Barreira y Víctor Leis Rober, dueños y anfitriones, han construido en lo que era antaño una casona solariega del siglo XIX. Entrar en ella no se siente como llegar a un hotel. La verja se abre y un camino guía entre árboles frutales, hortensias y arbustos perennes hacia la escalinata principal. Al cruzar la puerta de estilo art déco –producto de una reforma a principios del XX– no existe siquiera una recepción como tal. No es necesario, realmente. Tan solo hay siete habitaciones. Natalie y Víctor te reciben con alegría en informalidad, te preguntan qué tal el viaje, te dan la llave de la habitación, te presentan al resto del personal, se aseguran de que todo esté en orden, a tu gusto. “Siempre nos ha encantado tener a gente en casa y hacer de anfitriones. Acoger a gente diferente y mezclar. Conectar a todo el mundo. Hacerles sentir bien en nuestro lugar. Eso lo hemos trasladado al hotel”, cuentan a MANERA.



Un diseño que mezcla y abraza lo inesperado
Cuando emprendieron la rehabilitación de la casona, supieron que conseguir esa atmósfera tenía en el diseño a su mejor aliado. Y fue entonces cuando llamaron a Côte Atelier. “Natalie quería que los huéspedes pudieran descansar, bajar el ritmo, pero sin perder una cierta esencia cosmopolita. Más que un retiro en la naturaleza, lo planteamos como un lugar creativo de inspiración europea que despierta la curiosidad, donde la desconexión surge de sentirse en un espacio inesperado”, nos cuentan desde el estudio. Y esta es una de las cuestiones principales: Villa Lores no quiere que sientas que estás en tu casa; quiere que sientas que estás en una casa mucho mejor, en una casa en la que puedes ser un poco otra persona, otra versión más despreocupada, más sensible, más despierta.
Esa identidad se consigue a través de la mezcla y comienza por evitar el borrón y cuenta nueva, por preservar elementos que hablan de la arquitectura idiosincrática y que cuentan la historia del lugar. La puerta de entrada, el pavimento de baldosas de cemento, la escalera de madera. El carácter de lo que siempre ha estado ahí y que ahora convive en perfecta sintonía con piezas de arte y diseño contemporáneas y otras de anticuario igual que lo hacen los materiales orgánicos –piedra, madera, mármol y linos– con los lacados y el acero inoxidable.


Acentos de color y rincones que buscan el encuentro
Se consigue también al perder el miedo al color. Está la habitación verde, la rosa, la azul. Todas ellas con distintos tonos engamados que se revelan en los textiles, en las paredes, en las butacas, en las lámparas, los cabeceros. Combinado con el monocromo, está el acento por contraste: el caldero y el azul índigo, el rosa y el burdeos. Las zonas comunes están llenas de rincones que invitan al encuentro. Sofás mullidos y llenos de cojines. Una biblioteca con novelas y libros de fotografía y diseño. Un tocadiscos con vinilos que cualquiera puede usar a su antojo.


En la cocina y el comedor se concentra la atmósfera de Villa Lores y la intención de quienes la han creado y diseñado. Una pared de piedra vista y un ventanal que enmarca el jardín y, más allá, los viñedos, te recuerdan dónde estás. Una gran mesa comunal de madera y otras salpicadas a su alrededor, cuadradas y verde pino, leen el paisaje con mirada contemporánea. Los taburetes de inox y las sillas de estilo Space Age completan ese diálogo. A través de unos pequeños huecos se ve la cocina. Y aquí parece que entramos en el corazón de una casa en la campiña inglesa. Una donde el té siempre está listo para servirse, donde se cocinan platos reconfortantes y nunca importa añadir un cubierto más. Un detalle hace todo: la pared está recubierta de baldosas que antaño cubrían el suelo original. Aquí cada mañana se disfruta de un desayuno y también ofrecen un brunch creado por el chef Adrián Felipez.


Un jardín que conecta la casa con su paisaje
El jardín, una creación de la paisajista Ruth Gundín, se descubre por capas, adentrándose poco a poco en un atmósfera que sirve de transición entre la casa y su territorio: los árboles frutales y los abedules, las especies ornamentales y las de floración –las gardenias, las hortensias, las salvias, las gauras, las heucheras– conviven con gramíneas y herbáceas perennes que evocan los prados gallegos.
“Las especies de floración y los cambios estacionales harán que el jardín sea diferente a lo largo del año, mientras que árboles, arbustos y trepadoras irán integrándose progresivamente con la arquitectura y el paisaje rural de frutales y viñedos que lo rodea”, explica. Ruth recupera así el paisaje rural gallego leyéndolo desde el presente y reforzando la relación entre Villa Lores y el paisaje del valle en el que se asienta.

Un día perfecto en Villa Lores
Después de una cena en la Taberna Lagüiña lieu-dit –un templo del vino–, ya de vuelta al hotel, pensarás: ¿por qué no acabar la noche junto a la piscina, con el sonido de los grillos de fondo? ¿por qué no sellar el día de la mejor manera? Y lo más probable es que te encuentres allí a otros huéspedes charlando al calor de una hoguera, compartiendo una botella de vino. Vendrán de los sitios más inesperados. De California, en busca de regiones famosas por su cultura vitivinícola. De cualquier sitio de Galicia, porque saben que esta comunidad autónoma no te la acabas, que tiene rincones como éste en los lugares más inesperados. Y así sabrás que aquello que Natalie y Víctor querían que sucediese en Villa Lores no se ha quedado en un proyecto. Se ha hecho realidad.


