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Interiorismo

Este apartamento en Sagunto mezcla luz, materia y piezas recuperadas

En el centro histórico de Sagunto, una vivienda ensaya una forma de habitar el tiempo. Sergio Bonaque Estudio desplaza la mirada de la apariencia hacia la materia, la luz y aquello que permanece. Una arquitectura de intimidad y estratos.

El salón de un apartamento en Sagunto, luminoso y en tonos beige.
Los antiguos espacios dejan paso a una secuencia nueva donde las proporciones, los ejes visuales y las relaciones entre llenos y vacíos permiten que la luz alcance rincones antes ensombrecidos.

Hay casas que se construyen sumando capas y otras quitando. Esta pertenece a la segunda clase. Sergio Bonaque Estudio ha transformado un apartamento fragmentado en un refugio doméstico para un propietario que reparte su vida entre España y Francia. Un lugar de retorno pensado para leer, descansar y recuperar una cadencia propia. La intervención no persigue una imagen concluyente, sino una atmósfera capaz de acompañar el paso de los días.

La planta original, oscura y compartimentada, retenía la luz y desdibujaba las relaciones entre las estancias. Había ocultado durante décadas las posibilidades del apartamento, pero también había conservado sus estratos. El proyecto partía así de una tensión delicada: abrir la vivienda sin borrar aquello que la hacía irrepetible.

Encontraron un antiguo capitel en un anticuario local y decidieron integrarlo en la mesa del salón.
En un rincón del salón-comedor bañado por la luz, butaca y taburete de la colección de Vincent Van Duysen para Zara Home.

No todo lo valioso necesita ser expuesto

Una manera de entender el papel de lo que ya existe atraviesa todo el proyecto: no todo lo valioso necesita ser expuesto. Algunos elementos antiguos tienen una presencia silenciosa que continúa perteneciendo a la casa. Su invisibilidad no supone una desaparición, sino otra forma de pertenencia.

La nueva distribución se construye desde la continuidad. Los antiguos espacios dejan paso a una secuencia nueva donde las proporciones, los ejes visuales y las relaciones entre llenos y vacíos permiten que la luz alcance rincones antes ensombrecidos. Nada parece reclamar protagonismo. La arquitectura se mantiene en un segundo plano para que la vida, y no la forma, termine de completar el proyecto.

La cocina y el mobiliario a medida, diseñados por el estudio y realizados por carpinteros locales, se integran en una arquitectura sin gestos superfluos.
Sobre la isla con mesa integrada, lámpara colgante Veta de Oven Editions con Pablo Bolumar.

Algo parecido sucede con un capitel encontrado en un anticuario local. Lejos de exponerse, se ha integrado en una mesa de centro diseñada por el estudio. El fragmento deja de comportarse como pieza arqueológica para incorporarse al paisaje cotidiano. Historia, oficio y contemporaneidad conviven sin necesidad de subrayarse.

La atmósfera nace de una paleta contenida y profundamente sensorial: cal, arcilla, piedra natural, madera y lino.
El dormitorio principal.

El tiempo convertido en materia

La atmósfera nace de una paleta contenida y profundamente sensorial: cal, arcilla, piedra natural, madera y lino. Más que revestir, sus pequeñas irregularidades y su capacidad para recibir la luz hacen que la percepción de la casa cambie lentamente a lo largo del día. “Para mí era importante que los materiales no solo se vieran, sino que apeteciera tocarlos y sentir su textura, su temperatura e incluso sus pequeñas imperfecciones”, cuenta el arquitecto.

Los oficios prolongan esa voluntad. La cocina y el mobiliario a medida, diseñados por el estudio y realizados por carpinteros locales, se integran en una arquitectura sin gestos superfluos. La iluminación queda incorporada a los muros mediantes piezas de cal y arcilla, mientras cerámicas de anticuario, objetos recuperados y piezas contemporáneas introducen otras capas de tiempo.

Una mesa de escritorio en un rincón del dormitorio. Sobre ella, lámpara de cerámica de Zara Home.
Uno de los baños, oculto tras un panelado de madera.

Más que una casa para contemplar es una casa para permanecer. El proyecto encuentra su intensidad en aquello que no permanece fijo: la luz que se desplaza, las superficies que envejecen, el silencio que envuelve la continuidad espacial. “Esa luz, junto con el silencio, hace que de alguna manera la arquitectura ralentice el ritmo”.

La vivienda no intenta competir con la memoria que la rodea. La incorpora, la escucha, deja que aflore, a veces incluso allí donde no puede verse. Así, la casa convierte el tiempo en materia. Algo que se percibe lentamente, entre la luz, el silencio y la vida cotidiana doméstica.

Cerámicas de anticuario, objetos recuperados y piezas contemporáneas introducen otras capas de tiempo.
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