En un óleo que el holandés Pieter de Hooch pintó en 1661, una madre (lo sabemos por el título, Le Devoir d’une mère) sentada en una silla consuela a la que, suponemos, es su hija. La habitación está forrada en madera y el suelo es de barro. Al fondo se ve un mueble extraño. Dentro de lo que parece una alacena hay una cama. Así escrito suena raro, como a pesadilla de crisis de la vivienda, pero a la vista es un rincón mullido y acogedor, una forma inteligente de usar el espacio. Es como un escondite y tiene un nombre: es una lit-clos (cama cerrada), un mueble medieval típico de la bretaña francesa que se popularizó en otras regiones de Europa.

Cuando el estudio barcelonés MH.AP recibió el encargo de reformar un piso de los años 50 en el barrio de Sants, tomó esa lit-clos como fuente de inspiración y también aquellas cabañas con mantas que todos hemos construido en la infancia. La nueva habitante de este apartamento es bailarina, y su casa debía moverse como ella: abierta, flexible, sensible al cuerpo y al espacio.
Una lit-clos moderna en un espacio abierto
Querían conseguir una zona de día lo más amplia posible, pero sin construir ningún nuevo tabique. De la necesidad de adaptarse al presupuesto vino, como suele ocurrir, el ingenio. Se sacrificó el dormitorio que daba al exterior, cediendo su superficie al espacio social de la casa, al que se abre la cocina. Es en esta zona donde aparece la cama, no en una habitación, sino como mueble: una pieza que forma parte del espacio, pero puede también cerrarse sobre sí misma y acoger a quien la habita. Una lit-clos en lenguaje moderno.


«Siempre nos ha interesado esa forma de habitar cuando el programa lo permite: difuminar las fronteras entre espacios. Es cierto que el mueble hace de frontera, pero participa también del espacio», explica Andy Penuela, cofundador del estudio junto a Marina Huguet, a MANERA.
La noción de mueble como parte de la arquitectura se lleva aquí a su máximo exponente gracias al diseño de MH.AP y a la labor del constructor, Triflex, y la carpintería, Eusebia, con los que trabajaron. Eso les da la libertad para jugar con los límites. Entre mueble y estancia en el caso de la cama y, en la cocina, cuyos módulos se prolongan hacia el recibidor a través de la antigua puerta de acceso que queda inhabilitada pero se mantiene como testigo del pasado. Ahora la casa se percibe como un espacio continuo por el que la luz circula con libertad.


Levantar capas y revelar la memoria
La reforma también recupera aquello que el tiempo había ocultado. La volta catalana original vuelve a aparecer al retirar el falso techo y la geometría del arco estructural original se convierte en el punto de partida para construir el volumen que hoy alberga las estanterías del salón y la cocina. Ese arco está contenido en un muro central que, en un principio, supuso un reto para conseguir ese espacio fluido que buscaban. En lugar de verlo como tal, decidieron, además de dibujar con él el espacio, darle protagonismo a través del color: tiñeron el microcemento de un tono más oscuro que el resto de las paredes para darle presencia. El mobiliario de DM crudo barnizado aporta calidez.
Es esta una casa donde reinan la luz, el espacio y el movimiento, igual que en la vida de la bailarina. Una casa hecha a medida para una vida y un presupuesto a base de buenos referentes y grandes dosis de ingenio.



