Hay lugares que fueron, antes que un lugar, una historia. La de la Dehesa de Don Pedro, un hotel boutique en Monesterio, en la provincia de Badajoz, fue primero la historia de una familia. La de Pedro, su mujer y sus hijos, Cristina y Pedro, ahora regentes de este negocio. Al atravesar la verja de hierro forjado y el camino entre encinas que conduce a la casa, atraviesas también un velo invisible. Uno en el que se han quedado atrapadas las preocupaciones, las cargas rutinarias. Caminas ya con una ligereza envidiable para tu yo de hace unas horas, o unos minutos. Solo escuchas el piar de los pájaros, el faenar del campo, el agua de la fuente.
Estás en un antiguo cortijo que Pedro compró, con su casa noble, su granero y su pajar. Tras la reforma, en la que estuvieron inmersos cuatro años, ha quedado distribuido en torno a un gran patio central. A la izquierda y al frente, las 16 habitaciones. A la derecha, el restaurante y los salones comunes. Quizás tu habitación sea un antiguo horno de pan, o quizás en ella vivía el ganado. Sea cuál sea, todas son romantizables. También hay un spa, un gimnasio y una piscina. Aquí has venido a cuidarte.
La Dehesa de Don Pedro está llena de mini rincones al aire libre desde los que admirar las hectáreas de naturaleza circundante.
El interiorismo es obra de Las 2 Mercedes, cuyo gabinete de las maravillas nunca decepciona, tampoco en esta ocasión. Cuentan a MANERA cómo trabajaron junto a Albalá y Cordero, estudio de arquitectura, para que el hotel respirase la tradición de las fincas de la zona. Han traído la estética de cortijo del siglo XIX al presente a través de piezas de diseño contemporáneo como las mesitas de noche de Pepe Andreu, los flexos de Tizio o las lámparas de barrio elaboradas por Nia Cerámica. Para conseguir el contraste y rendir homenaje a la época, se enfrascaron en subastas en busca de antigüedades, piezas especiales que ahora visten las estancias. Cada habitación es de su padre y de su madre y eso nos encanta. Al entrar –y esto es uno de los hilos conductores entre todas ellas– una preciosa y suavísima manta de Ezcaray en tonos vivos capta la vista. Rompe con la base neutra de la estancia, con el halo de armonía que conforman la alfombra, el sofá, la butaca y la cama en beige. También lo hacen un cabecero tapizado en rojo agranatado y un armario a rayas de este mismo rojo y blancas de un estilo rústico y a la vez muy sofisticado. El color es clave, las tonalidades vivas y los contrastes, y también lo son los tejidos, todos naturales, lino, lana y algodón, que tapizan muchos de los muebles, la mayoría de ellos de Güell Lamadrid.
Después de asentarnos, deshacer la maleta, poner el cepillo de dientes en su vaso, el libro en la mesilla, en fin, esos detalles que convierten una habitación de hotel en un hogar, es la hora de disfrutar de una comida campestre en la terraza, con vistas a la inmensidad de la dehesa. El paisajismo del hotel es obra de Rocío Sainz de Rozas y se integra a la perfección con el paisaje circundante. Es más, lo eleva.
En todas las habitaciones, una preciosa manta de Ezcaray da la bienvenida.
El trabajo de Las 2 Mercedes a la hora de encontrar antigüedades y colocarlas en los sitios perfectos ha sido impoluto. ¿Quién no querría sentarse a escribir cartas en este escritorio?
Cada cabecero está tapizado con sus tonos y estampados, dando a cada habitación una personalidad única.
Una habitación con vistas.
La grifería de cobre de los baños es otro detalle que rescata la estética original de cortijo decimonónico.
TURISMO COLABORATIVO
Además de respetar el entorno natural que le rodea, en el hotel todo funciona también desde el respeto y la colaboración con los vecinos de la región. Por eso, tiene una red de actividades ofrecidas por negocios locales para que la experiencia se estire y enriquezca todo lo que uno quiera. Mi favorita, sin ninguna duda, fue la observación estelar. Extremadura tiene uno de los cielos más privilegiados del mundo, limpio y casi siempre despejado, y fuimos testigo de ello. Víctor y Carolina, al mando de Carta Estelar Tentudía, trajeron su telescopio y nos llevaron durante una hora y media de viaje por el universo. Además de esta actividad, también hay rutas en booggie, paseos a caballo, una visita al Almaicín de la Plata, regentado por una ganadera y su hija y, simplemente, rutas por la finca en la que está el hotel, 550 hectáreas propiedad de la familia por las que caminar y caminar.
Una de las salas comunes, donde el sofá, tapizado de manera exquisita, adquiere todo el protagonismo.
La chimenea de obra ante la que pasarse horas y horas leyendo.
Quizás, libros que podemos coger de esta magnífica librería de ratán, hallazgo de anticuario de Las 2 Mercedes.
LLERENA, UNA PARADA IMPRESCINDIBLE
Por si todavía no os había dado excusas suficientes, hospedarse en esta maravilla de hotel es la excusa perfecta para conocer Llerena, un pueblo próximo que es una caja de sorpresas. Mi parte favorita, el convento de Santa Clara, fundado en 1580. Su claustro es un ejemplo exquisito de arquitectura mudéjar y ya ni hablemos de su iglesia. Qué cantidad de tesoros aquí. Los frescos son de Pacheco, maestro de la pintura barroca, que se trajo a toda su escuela a Llerena para que la ayudasen a pintarlo. Una escuela a la que pertenecían, así por poner dos ejemplos, Velázquez y Zurbarán. Os podéis hacer una idea de los frescos, pero toda idea se quedará corta, tenéis que verlos. El retablo es de Martínez Montañes, un genio de la madera. Y así todo.
Es un pueblo para pasearlo, parando también en su biblioteca municipal, un edificio en el que, según entras, te invade un bienestar inevitable, y en una tienda de cacaos ‘Bean to Bar’ llamada Moro, donde Moro en persona te lo contará todo sobre este grano y sus propiedades, y donde venden uno de los chocolates más ricos que he probado en mi vida, con sal y pimienta. Imprescindibles también sus higos bañados en cacao.
De vuelta en el hotel, comemos para despedirnos. Tras la comida, como en toda sobremesa que se precie, Cristina saca el álbum de fotos. En él se ve todo el proceso, el viaje que han recorrido hasta convertir el hotel en lo que es hoy. Postales del padre, la madre, los hermanos, hijos y sobrinos. Todos ellos entre ruinas del cortijo, primero. De esa finca que compró su padre. Entre vigas y pilares después y, finalmente, cuatro años después, felices frente a la fachada de la recién estrenada Dehesa de Don Pedro. «A los clientes le encanta ver este álbum», nos cuenta. Andamos ávidos de historia, de lugares con alma que las cuenten, de lugares como este.
Una mesa al aire libre en la que disfrutar de las comidas campestres.
Las Mesas, el restaurante donde recuperan y actualizan recetas tradicionales extremeñas con producto local.
La recepción del hotel, una declaración de intenciones. Exceso con gusto.
Otro de los salones comunes, donde el diseño contemporáneo baila con la estética tradicional del cortijo.
