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Interiorismo

Volvemos al hotel Torralbenc: Así ha cambiado 10 años después de su apertura

En la Cala en Porter de Menorca, el hotel Torralbenc nos recibe con el mismo abrazo que hace un década y con alguna que otra novedad: ha incorporado un Xavier Mascaró al jardín, conseguido dos llaves Michelin y estrenado un pasaporte para cruzar la isla entera.

Hay una escena en Amarcord en la que el pueblo entero sale a la calle para presenciar algo que tarda mucho en suceder. La espera se convierte en el verdadero acontecimiento, porque el tiempo que transcurre sin que pase nada es, paradójicamente, todo lo que ocurre. Menorca tiene algo de la cadencia de Fellini. Los aviones aterrizan en un aeropuerto pequeño, los coches circulan sin prisa y la isla se revela a cuentagotas.

La carretera de Mahón a Cala en Porter atraviesa campos de un verde grisáceo donde los almendros crecen con el tronco retorcido por la tramontana, como si llevaran décadas intentando darse la vuelta. Un conjunto de edificaciones bajas, agrupadas para protegerse del viento, anuncia la llegada a Torralbenc. Nada sobresale ni compite con el horizonte azul que se adivina al fondo.

La familia Urtasun, propietaria de la bodega riojana Remírez de Ganuza, escogió este pedazo de Alaior con la idea de devolver la actividad a un lugar que llevaba treinta años abandonado. El arquitecto Antoni Esteva entendió perfectamente la instrucción de no alterar lo esencial: se conservaron muros, las antiguas eras, la casa del payés, las chimeneas de pan o parte del suelo primigenio.

Edificaciones encaladas con chimeneas de pan conservadas.
Entrada a una habitación bajo muro de marés.

Construir con lo que hay cerca

El marés es la piedra caliza que ha determinado el carácter constructivo de Menorca durante milenios, y aquí es lo primero que se ve y lo último que se olvida. Formada por la acumulación de organismos marinos a lo largo de millones de años, se extrae de las pedreres, las canteras subterráneas que salpican la isla. Es blanda y porosa cuando se arranca; es el contacto con el aire el que la endurece. Cambia de color con la luz: blanca a mediodía, casi rosada al atardecer. Pero lo que la hace singular es su calculada imperfección: cada bloque difiere ligeramente del siguiente, y esa irregularidad es precisamente lo que da textura al paisaje menorquín y esa apariencia de que todo se construyó a ojo.

Muchos de los talayots que salpican los campos cercanos están hechos del mismo material que las fachadas del hotel, y en ocasiones extraídos de la misma cantera. Los muros regulan la temperatura con una eficiencia que ningún sistema mecánico ha conseguido mejorar: absorben el calor durante el día y lo liberan lentamente por la noche. No es baladí en una isla donde el aire acondicionado debería ser la última opción y no la primera.

El vallado que rodea parte de las edificaciones es de madera de ullastre, el olivo silvestre mediterráneo que crece desde hace milenios en estas costas. Los menorquines lo han empleado siempre como cercado natural de sus fincas, y en Torralbenc cumple la misma función que cumplía hace siglos: separar sin cerrar y marcar límites sin interrumpir la vista.

El interiorismo, del estudio Esteva i Esteva, trabaja con una paleta blanca y tierra que no intenta imponer ningún carácter sino revelar el que la finca ya tenía. Las ventanas son el recurso formal más deliberado de la propuesta: anchas, orientadas a los jardines y al viñedo, funcionan como marcos que integran el exterior en cada estancia. El techo de cañizo sobre vigas de madera en las zonas comunes recuerda las construcciones rurales de la isla, y las sillas de cuero curtido junto a la mesa de roble tienen esa cualidad de los muebles que han sido seleccionados con mucho mimo. Son interiores que recuerdan a ciertos espacios toscanos que fotografiaba François Halard: la belleza como resultado de la acumulación lenta.

Interior con techo de cañizo y ramo silvestre.
Escalones encalados con juego de luces filtradas.

Un hombre que carga una piedra

La relación de Torralbenc con el arte viene de lejos. A lo largo de los años, ha acogido instalaciones temporales propuestas por la ya extinta Sala Marlborough, y esa relación ha dejado un poso que va más allá de la decoración de exteriores. Las Meninas de Manolo Valdés, en bronce patinado y escala monumental, están situadas para ser encontradas al doblar un camino o al volver de un paseo, el busto con corona vegetal, también de Valdés, preside un nicho de piedra bajo una bóveda de marés en la antigua capilla de la finca. El Anxo de Francisco Leiro, un hombre que carga un bloque de piedra sobre los hombros, pertenece a la serie de Los Cargadores y tiene algo entre imagen medieval y símbolo contemporáneo. Un hombre que carga piedra en una finca de piedra. La redundancia perfecta.

Una incorporación reciente es el caballo de Xavier Mascaró, una pieza de bronce y varillas de acero que ocupa el jardín con esa presencia entre frágil y rotunda que caracteriza al escultor madrileño. Mascaró, cuya obra se ha visto en el Matadero de Madrid, en la catedral de Salisbury y en espacios públicos de Oriente Medio, trabaja con la tensión entre la solidez del volumen y la transparencia de la estructura. 

El vino que nadie esperaba

Menorca nunca fue tierra de vino. El suelo, duro e ingrato, no invitaba a la viticultura. La familia Urtasun lo intentó de todos modos. Cesáreo Palomino llegó a la isla con experiencia sobrada y la disposición de olvidarse de casi todo lo aprendido. El suelo menorquín no se comporta como ningún otro en el que hubiera trabajado, y tuvo que empezar a entenderlo desde cero.

Hoy son dieciséis hectáreas con diez variedades plantadas entre 2003 y 2016. La primera cosecha llegó en 2016, trece años después de las primeras cepas. El Pinot Noir y el Sauvignon Blanc son exclusivos de Torralbenc. Vinos de finca en el sentido más riguroso del término: nacidos en el mismo suelo donde se beben. Palomino preside hoy la Asociación de Productores de Vino de Menorca, lo cual da una idea de cómo un proyecto que empezó siendo privado ha acabado impulsando algo más amplio.

El suelo cambia cada pocos metros: tierra roja, piedra suelta, tramos de roca viva donde hay que mirar dónde pisas hasta que el mar aparece de golpe, sin aviso, como un corte limpio en la roca. A media mañana pasamos junto a un talayot que nadie ha señalizado, una construcción del segundo milenio antes de Cristo entre las zarzas, sin cartel ni valla. 

Viñedos de la finca con muros de pared seca al fondo.
Detalle del abrevadero reconvertido en surtidor

Del huerto y el gallinero a la mesa

El restaurante trabaja a ritmo propio bajo la varita mágica de Monica Olosutean, la entregada maître y sumiller. Mónica lleva años en la finca, conoce cada botella y cada productor de la isla, y esa clase de conocimiento sostenido en el tiempo se nota en el cariño y el buen hacer. 

Luis Loza dirige la cocina con el asesoramiento de Gorka Txapartegi, estrella Michelin, pero lo que define la mesa de Torralbenc es la parrilla de hierro, antigua y de uso tradicional, la única de este tipo en Menorca. Carnes y pescados cocinados con carbón natural, sin más tecnología que el fuego y la atención. La langosta en tres tiempos reinterpreta la receta típica de la isla. El arroz cremoso con gambón rojo menorquín llega en una vajilla que merece atención aparte: piezas de Clara Vila, ceramista que continúa la estela de Blanca Madruga en Mahón, con esa peculiaridad orgánica de la arcilla menorquina. El aceite de oliva procede de los propios olivos de la finca. Los huevos, del gallinero. El huerto, del huerto. Todo está demasiado cerca de su origen como para necesitar explicación.

Una de las habitaciones.
Casita del spa con ventanal contemporáneo.

El agua, la piedra, el camino

La piscina de agua salada está orientada al sur, sin nada entre el borde y la línea del Mediterráneo. El agua salada tiene una densidad distinta a la clorada: el cuerpo flota con menos esfuerzo y la piel no se reseca. A primera hora de la mañana, antes de que llegue nadie, la superficie está tan quieta que refleja el olivo centenario que hay junto al borde. En uno de los muros, un antiguo abrevadero de la finca se ha reconvertido en surtidor: un recipiente de cobre lleno de piedras de marés del que cae un hilo de agua sobre la superficie. La finca recicla sus propias piezas.

El área de bienestar, en manos de la habilidosa Rocío, trabaja con Natura Bissé y esta temporada incorpora tratamientos en exclusiva de Labo Organic. Pero si hay una propuesta que define el espíritu del lugar es el Camí de Cavalls, el sendero litoral de ciento ochenta y cinco kilómetros que rodea la isla entera. Lo recorrían a caballo los vigilantes de la costa en época medieval, cuando Menorca era frontera entre mundos. Hoy es el GR 223, clasificado como Patrimonio Europeo de Senderismo. En 2025, Torralbenc formalizó una propuesta que existía ya como posibilidad natural: recorrerlo en diez etapas y diez días, a pie o a caballo, con guía privado. El equipo te deja al inicio del tramo y te recoge al final. En cada punto, un sello en un pasaporte de cartón que se queda guardado en la finca hasta que lo completas. Es difícil imaginar un programa de fidelización menos digital y más convincente.

Olivo centenario reflejado en la piscina de agua salada al atardecer.
Jardín de rocas, olivos y flores silvestres entre los edificios.

Lo que permanece

La finca ha acumulado capas durante siglos. El marés que los campesinos apilaban para cercar los campos. El horno de pan que alimentó generaciones. Los abrevaderos donde bebió el ganado. Los muros que resistieron la tramontana. Después llegaron los Urtasun, Esteva, Vila, Palomino, Loza, Valdés, Leiro. Cada uno aportó algo a lo existente. 

Torralbenc responde a una serie de decisiones correctas, tomadas con el tiempo que cada una requería. La directora del hotel, María, lleva años construyendo un equipo con nombre y con historia propia dentro de la finca. La conversación que empieza en el desayuno puede continuar por la tarde porque hay interés genuino. El equipo es excelente, Marc Molina en sala o la joven y excelente coctelera Elisa García.

Cuando cae la tarde y el sol da de lado sobre el marés, la piedra cambia de color. Es el mismo fenómeno que ocurre en los muros de las iglesias de Alaior, en los caminos que dividen los campos, en los talayots que siguen en pie a pocos kilómetros de aquí. A esa hora, las tórtolas se posan sobre las tejas y el campo se queda en silencio, y si uno presta atención puede oír cómo la piedra suelta el calor del día. Despacio.

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