Todo suele comenzar con una demolición cuando hablamos de reformas. Pero las mejores comienzan de otra manera: con un hallazgo. En este ático situado en el barrio madrileño de Salesas, el momento decisivo llegó cuando aparecieron, bajo capas de pavimentos posteriores, unos dados hidráulicos de colores que llevaban más de un siglo esperando. No eran un simple vestigio. Acabaron convirtiéndose en el argumento principal de toda la intervención.
La vivienda ocupa la última planta de un edificio de 1914, precisamente el año en que estalló la Primera Guerra Mundial. Una coincidencia cronológica que Emilio Sánchez Quesada, arquitecto e interiorista fundador de Emmepolis Novecento, ha utilizado como una referencia narrativa. El inmueble pertenece a esa arquitectura madrileña inmediatamente anterior al art decó, con un clasicismo contenido, proporciones elegantes e influencias francesas interpretadas desde una notable sobriedad.
Esta vez, sin embargo, el cliente era él mismo. “Descubrí este piso a través de una inmobiliaria y me enamoré de él prácticamente al instante; lo compré nada más salir por la puerta”, explica. Más que el potencial de una reforma, lo que le atrapó fue “su luz, sus proporciones y el estado suspendido en el tiempo en el que permanecía desde hacía décadas”.
La vivienda estaba profundamente deteriorada, pero conservaba algo mucho más difícil de recuperar que un pavimento o una carpintería: la atmósfera. Sánchez Quesada lo vio claro: el proyecto no debía consistir en reconstruir un estilo, sino en proteger esa sensación. “Más que diseñar una vivienda desde cero, sentí que se trataba de escuchar lo que la casa todavía conservaba y acompañarla hacia una nueva etapa sin perder su memoria ni su identidad original”, nos cuenta.


Cuando el proyecto ya estaba escondido bajo el suelo
El mosaico hidráulico original cambió por completo el rumbo de la reforma. Más propio del Levante español que de un edificio burgués madrileño de principios del siglo XX, aportaba una intensidad cromática inesperada.
La nueva paleta reduce los amarillos y rojizos presentes en el mosaico para quedarse con una gama de verdes minerales, blancos y grises suaves que se repite de manera sutil por toda la vivienda. Ese mismo dibujo reaparece reinterpretado en el damero de la terraza, estableciendo una continuidad visual que hace desaparecer el límite entre interior y exterior.

La recuperación del patrimonio doméstico fue llevada al extremo. Se restauraron las puertas originales y se recolocaron allí donde la nueva distribución las necesitaba; se conservaron las carpinterías de madera con sus vidrios emplomados; se rescataron los suelos de pino melis ocultos durante décadas; se reconstruyeron las molduras de escayola de inspiración fitomórfica y se liberaron los pilares metálicos, que habían permanecido ocultos durante más de un siglo.
¿Pero por qué tratarlas como reliquias? Forman parte de la vida cotidiana con absoluta naturalidad. Esa es probablemente una de las mayores virtudes de la intervención: el edificio no cae en la estética de decorado historicista. “La regla más importante para mí es escuchar primero lo que el espacio ya contiene. Intento no imponer una arquitectura ajena al lugar, sino entender la memoria, la luz, las proporciones y la atmósfera que la vivienda todavía conserva”, resume el arquitecto.


París, Venecia y la libertad de mezclar épocas
Resulta difícil encerrar este proyecto dentro de una etiqueta estilística. Pero es que tampoco tendría demasiado sentido hacerlo. “Nunca me ha interesado seguir tendencias o trabajar desde códigos cerrados”, afirma Sánchez Quesada. Su forma de proyectar se construye desde la convivencia entre referencias muy distintas, siempre filtradas por una cultura visual amplia.
Aquí aparecen fragmentos de pequeños hôtels particuliers parisinos, ecos de villas italianas, referencias a Venecia, guiños a los invernaderos franceses del siglo XIX e incluso una evocación paisajística a Capability Brown, el gran diseñador de jardines inglés, a través de un papel panorámico en blanco y negro que recibe al visitante desde el vestíbulo.


La distribución también participa de ese imaginario. Vestíbulo, cocina y salón se organizan siguiendo un esquema en T heredero de la tradición palaciega francesa. Los accesos a dormitorios y baño se subrayan mediante marcos de acero de diez milímetros que reinterpretan la bóveda plana clásica con un lenguaje contemporáneo.
Ese equilibrio entre pesos visuales se repite a cada paso: el acero convive con moquetas monocromáticas, las molduras dialogan con líneas industriales y los materiales históricos comparten espacio con piezas de diseño del siglo XX. En el salón, un sofá Maralunga original de Cassina se relaciona con un canapé francés del XIX. Una lámpara Stilnovo aparece junto a apliques neoclásicos de inspiración Luis XVI. Un cabecero procedente de un château francés encuentra continuidad en unas cortinas exteriores de lino listado blanco y azul que prolongan visualmente la fachada hacia la terraza.


La terraza como una habitación más
Tenemos que hablar de la terraza. Por supuesto que tenemos que hablar de esta terraza. En lugar de tratarla como un apéndice exterior, Emilio Sánchez Quesada decidió convertirla en la última estancia de la vivienda. Conservó la balaustrada existente e incorporó una estructura ligera para toldos y cortinas inspirada en los invernaderos decimonónicos. Una boiserie pintada en el mismo verde grisáceo del interior acompaña una pila de mármol blanco rescatada de un antiguo palacete barcelonés, mientras un farol idéntico a los instalados en el histórico Círculo Mercantil de Barcelona completa la escena.
Desde el dormitorio principal, una gran vidriera permite abrir completamente la estancia hacia ese espacio exterior. “Sin duda, la terraza es el espacio que más disfrutamos de la vivienda. Prácticamente hacemos allí vida durante gran parte del día. Tiene algo especialmente acogedor y, de alguna manera, consigue trasladarte a una cierta atmósfera parisina sin salir de Madrid”, concluye. Lo entendemos perfectamente.
