Aunque no lo parezca, Mies van der Rohe hizo mucho por las cortinas. La arquitectura moderna quería liberar la ventana de todo lo que históricamente había ocurrido a su alrededor: molduras, cenefas, galerías, capas de visillos y cortinajes loquísimos. Pero cuando el muro empezó a convertirse en vidrio, el tejido encontró otra oportunidad para crecer con él. Podemos echar un ojo a la Villa Tugendhat, terminada en 1930, para comprobarlo: enormes cortinas recorren los ventanales de suelo a techo y adquieren una escala rotunda. En el Pabellón de Barcelona, fue incluso más lejos al utilizar una cortina de terciopelo rojo como acento de color dentro del propio espacio.

Las grandes casas modernas de mediados de siglo siguieron utilizando cortinas para filtrar la luz y aportar privacidad a unas fachadas cada vez más transparentes. El textil podía ocupar varios metros. Después llegó otra cosa. Los interiores de los 70 y los 80 recuperaron una versión mucho más decorativa de la cortina; los 90 la aligeraron y, ya entrado el siglo XXI, el minimalismo doméstico volvió a reducirla. Estores, screen, mecanismos ocultos y grandes cristaleras desnudas parecían encajar mejor con una nueva sociedad.

Ahora la cortina vuelve a crecer y recupera aquella ambición arquitectónica de la modernidad desde un interiorismo que ha perdido el miedo a la textura. En lugar de ajustarse obedientemente a la medida de una ventana, sube hasta el techo, llega de esquina a esquina, agrupa varios huecos bajo una misma superficie e incluso continúa por zonas donde detrás solo existe una pared. Ya no queremos solo controlar la entrada de luz.
El arquitecto e interiorista Emiliano Domingo, fundador de Bardo, conoce bien las posibilidades de este recurso. “La cortina se libera de su carácter funcional ligado a la ventana y pasa a formar parte de la arquitectura de la habitación. Al cubrir toda la pared, hace que el espacio sea más fluido, suaviza los límites y la estancia adquiere textura y sensación de confort”, explica.

La ventana ya no manda
Una cortina instalada exactamente sobre el hueco revela inmediatamente sus dimensiones. Sabemos dónde empieza la ventana, dónde termina y cuánto muro queda a su alrededor. Cuando el tejido ocupa toda la pared, esa información desaparece.
“Funciona especialmente bien en salones y dormitorios, donde interesa crear una atmósfera más envolvente. También es un recurso muy útil cuando hay varias ventanas en una misma pared o cuando el ritmo y proporción de los huecos no es especialmente atractivo. La cortina ayuda a unificarlo todo”, apunta Domingo. Dos ventanas pequeñas y separadas pueden empezar a leerse como una única superficie. O mejor, un hueco colocado en una posición incómoda deja de dictar la composición de la pared.


Incluso se puede continuar donde no existe ninguna ventana. “Al extenderla sobre una pared ciega, se crea una superficie continua que aporta textura y hace que el espacio resulte más envolvente. También puede servir para ocultar una puerta o pequeñas irregularidades que preferimos dejar en segundo plano. Pero no necesita esconder nada para tener sentido”, explica. Nos queda claro: una pared textil puede existir por el interés de su volumen, igual que un panelado de madera, una pintura o una superficie de piedra.
Existe además una ventaja menos visible y especialmente útil en interiores contemporáneos dominados por superficies duras: “Según el tejido y la confección, puede ayudarnos a mejorar el confort acústico”.

El techo es parte del truco
La altura a la que se instala resulta decisiva. “Siempre que sea posible, me gusta llevarla hasta el techo o colocar el riel prácticamente pegado a él. Así se acentúa la altura de la estancia y se evita la franja entre el techo y la cortina, que puede romper la continuidad del conjunto. Cuanto menos se perciba el mecanismo, mejor”, nos explica Emiliano.
Parece una decisión menor, pero no lo es si buscas que la cortina tenga presencia. El riel se oculta y la tela parece arrancar directamente de la arquitectura. En el extremo inferior hay más libertad. Domingo prefiere separarla ligeramente del suelo cuando busca un resultado escultórico y una onda muy limpia; para ambientes más relajados, especialmente dormitorios y tejidos naturales como el lino, permite que arrastre un par de centímetros.

También importa —mucho— la cantidad de tela. “Quedarse corto de tela” es, según el interiorista, uno de los errores que más fácilmente arruinan el efecto. “Una cortina de pared a pared necesita bastante tejido para tener cuerpo y formar pliegues incluso estando cerrada. Si se calcula únicamente el ancho de la pared, queda plana y pierde parte de su encanto”. Los pequeños márgenes laterales tampoco ayudan: si la intención es cubrir la pared, conviene asumirla hasta el final.
Una pared que se mueve
A esta escala, elegir el tejido se acerca más a decidir un revestimiento que a comprar una cortina. Domingo trabaja habitualmente con telas con cuerpo y confección en onda perfecta: “Me interesa el ritmo que genera y cómo permite dar al conjunto una presencia casi escultórica”, afirma. El pliegue crea una secuencia de luces y sombras que cambia a lo largo del día y evita que varios metros se vean como una superficie plana.
El color termina de decidir cuánto protagonismo tendrá. Un tono cercano al de las paredes aportará continuidad; el contraste convertirá la cortina en “casi un gran lienzo”, en palabras de Domingo. Después de años comprando cortinas con el metro en una mano y las dimensiones exactas de la ventana en la otra, toca cambiar de método. La próxima vez, mejor mide la pared.

