“Lo que me atrajo de inmediato fue el equilibrio entre la serenidad arquitectónica y su relación con la ciudad: posee una excepcional sensación de refugio sin renunciar a su carácter urbano. También era una oportunidad única para crear una forma de habitar contemporánea en un edificio del siglo XVII que, a diferencia de las construcciones haussmannianas, no cuenta con espacios especialmente monumentales”, comienza la arquitecta.
“Existe además un vínculo muy especial con la luz y el paso de las estaciones, gracias a los amplios ventanales de las plantas superiores y a los espacios exteriores. Por último, sus proporciones y ritmo: techos altos, una circulación muy bien resuelta y una sensación de dignidad y silencio que transmitían las estancias incluso antes de la reforma. Algunas casas ya saben en qué quieren convertirse; esta era una de ellas. Lo único que necesitaba era una propuesta más sencilla y menos habitaciones pequeñas para ganar fluidez”, recuerda.

Una nueva distribución para una nueva etapa vital
La vivienda cuenta con aproximadamente 350 m2 distribuidos en tres niveles: el primero reservado a la pareja, con una amplia suite principal; el segundo dedicado a los invitados; y el último concebido para la vida social y el entretenimiento, abierto a dos terrazas con vistas sobre los tejados de París. Una escalera escultórica actúa como eje vertebrador del proyecto, conectando volúmenes que anteriormente aparecían fragmentados.
Los propietarios, una pareja de coleccionistas de arte, llevaban más de treinta años viviendo en la casa, donde habían criado a su familia. Cuando acudieron a Dries, su estilo de vida había cambiado y sus hijos ya se habían independizado, por lo que necesitaban menos dormitorios y más espacios de recepción adaptados a su nueva etapa. El reto consistía en revelar la inteligencia espacial original de la arquitectura y ofrecer un mejor escenario para su colección de arte.


La chimenea fue el punto de partida
Para ello se abrieron volúmenes, se rediseñó la iluminación, se restauraron elementos arquitectónicos originales y se incorporaron carpinterías a medida en toda la vivienda. Prácticamente no se conservó nada más allá de la estructura existente y de la chimenea metálica situada en la planta superior, obra del artista griego Philolaos Tloupas, amigo de la pareja, creada in situ en los años 80. “Construimos todo el proyecto en torno a ella. Fue el único elemento que decidimos mantener tras décadas de reformas sucesivas”.
Los dueños buscaban una casa sofisticada pero habitable, donde convivir con una colección de más de 300 obras de arte moderno y contemporáneo, incluyendo instalaciones, piezas de gran formato, esculturas y dibujos. “Buscaban calidez sin recurrir a códigos habituales del lujo, y elegancia sin rigidez”, prosigue. Aquí el diseño interior actúa como escenario para el arte.


La serenidad que se vuelve expresiva a través del arte y el diseño
El objetivo fue crear un ambiente atemporal, táctil y emocionalmente sereno. “Todas las pinturas, revestimientos, maderas y chapas se eligieron en las tonalidades más luminosas de blanco para enfatizar la presencia de las obras. El equilibrio se logra mediante la contención: superposición de texturas, materiales naturales, mobiliario escultórico, tonos suaves y una iluminación cuidada”, explica.
El resultado es una casa contemporánea pero no fría. La modernidad reside en la claridad espacial, mientras que la personalidad proviene del contraste entre el arte contemporáneo y el mobiliario de colección. La cocina se diseñó como un espacio arquitectónico minimalista y cálido, gracias a la materialidad, con electrodomésticos ocultos para preservar la pureza visual. Los baños exploran la relación entre piedra, reflejos y sombras mediante líneas limpias.



En cuanto a la paleta de colores y materiales, predominan los tonos minerales y neutros. El color lo aportan principalmente las obras de arte. Se eligieron chapas de madera clara, travertino, hierro cepillado, cobre, lino, lana y yeso, materiales elegidos por su capacidad de envejecer con dignidad, uno de los requisitos de la parisina.
El mobiliario combina diseño contemporáneo coleccionable, piezas vintage italianas de los años 60, mobiliario francés de los 80 y creaciones diseñadas específicamente para el proyecto. Los textiles —lino, fibras vegetales, terciopelos, cortinas pesadas y alfombras tejidas a mano— suavizan la arquitectura y aportan intimidad, absorbiendo luz y sonido en espacios amplios.


La colección de arte es central: más de 300 obras de artistas como Picasso, Kounellis, Takeshi Kawakatsu, Chiharu Shiota, Vincent Gicquel, Thomas Houseago, Bernar Venet, Laure Prouvost y la pintora Claire Tabouret, entre otros.
“Es una expresión de mi interés por el movimiento dentro del espacio. Me interesan los interiores como entornos casi cinematográficos, cargados de atmósfera y memoria. Hoy el verdadero lujo tiene más que ver con la calma, la autenticidad y la permanencia que con la ostentación”, concluye.


