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Interiorismo

En Son Vell uno puede alojarse de muchas maneras y hoy elegimos habitar el jardín

Pasamos una mañana en el hotel Son Vell, en Menorca, al ritmo de la naturaleza. Descubrimos el paisajismo firmado por Brianda Campoamor, Inés Martínez de la Puente de Vestige Estudio con la colaboración de Álvaro de la Rosa y observamos cómo el paisaje se traslada al interiorismo.

La casa señorial de Son Vell. La loggia con triple arquería superpuesta delata la huella palladiana.

De niña pensaba que las flores tenían nombre de mujer, de tía abuela, de prima lejana que venía a comer los domingos. Margarita, Rosa, Violeta y Hortensia. Algunas se llamaban Azucena y eran muy serias. Otras llevaban nombre de planta cualquiera y nadie las invitaba a nada. Por eso me hace gracia, al recorrer el camino de tierra, encontrarme con un cartelito gris que reza “Siempreviva de Masca”, en tipografía clásica con letras blancas como las de los jardines botánicos de ciudades remotas, y debajo, en cursiva más pequeña, el nombre largo en latín. La planta que tengo delante es una espesa masa violeta que vino en algún momento del archipiélago canario y aquí, en esta finca menorquina restaurada hace tres años, parece estar viviendo su mejor momento.

La casa principal del hotel Son Vell se levanta al final de un camino de tierra entre olivares, a veinte minutos en coche de la Ciutadella, y se distingue desde lejos por sus tonos miel. Pertenece a la tipología balear de los llocs, las antiguas casas de senyor rurales, y tiene una fachada porticada al sur con galerías que se protegen de la tramontana, ese viento que en Menorca empuja a la gente contra las paredes.

La influencia palladiana llegó desde Venecia por barco, filtrada por la breve dominación británica y por los canteros de la isla. Vestige Estudio, el equipo interno de la firma hotelera, restauró la finca, y el hotel abrió en 2023 con treinta y tres suites repartidas entre la casa solariega, las dependencias agrícolas y unas construcciones nuevas levantadas sobre el antiguo terreno. La finca tiene 180 hectáreas, baja hasta una cala rocosa privada y conecta con el Camí de Cavalls, la ruta histórica que rodea la isla.

Las gramíneas iluminadas al atardecer prolongan dentro de las habitaciones la misma textura suave y silvestre que organiza el paisaje.
Las gramíneas en el exterior. © Laura Cano.

A primera hora la neblina se posa sobre la piscina. Llega cuando todavía no ha venido nadie, ni siquiera el personal del hotel a colocar las sombrillas y se queda flotando en el agua mientras dura la diferencia de temperatura entre el aire y el cloro. Es una de esas imágenes que te arreglan la mañana entera.

Sobre las olivillas, esos arbustos pequeños de hojas plateadas como las de un olivo en miniatura y flores lilas, viven una treintena de caracoles, pequeños como un garbanzo, agarrados unos contra otros como si tuvieran frío, posados sobre las hojas con calma de bicho viejo. Cuando era pequeña recogíamos caracoles después de las tormentas, los metíamos en una caja de zapatos con hojas de lechuga, los mirábamos un rato y después los devolvía al jardín porque mi madre decía que había que tratarlos con respeto. Por la tarde, aparecen también las mariposas que se quedan revoloteando sobre los penachos violetas de las siemprevivas. Pienso que hay pocos sitios mejores en el mundo para ser mariposa.

Caracoles diminutos sobre las olivillas plateadas. Según Brianda Campoamor, la presencia de fauna es uno de los mejores indicadores de que un jardín ha salido bien. © Laura Cano.

SOBRE LO QUE YA ESTABA 

El paisajismo lo firman Brianda Campoamor e Inés Martínez de la Puente, que dirgen el departamento de paisaje de Vestige Estudio, junto a Álvaro de la Rosa, fundador de La Rosa Maura. La cartelería del propio jardín incorpora una mentalidad pedagógica porque el huésped que mire con calma termina distinguiendo un acebuche de un olivo y un mirto de un lentisco.

Decidieron levantar el proyecto sobre la estructura existente. La presencia de fauna es uno de los grandes indicadores de que un jardín ha salido bien, dice Brianda. En una de las secciones del jardín que respetó la segmentación natural de la finca van creciendo lentamente varias especies de cítricos, y por el resto aparecen frutales heredados de su fase agrícola, membrillos y almendros sobre todo, antes de un jardín nocturno con especies que esparcen su olor cuando cae el sol. Algunos frutos llegan al suelo y se quedan ahí. Otros aparecen agrietados, con la piel picada por la salinidad, una imperfección que nadie se ha tomado la molestia de corregir. Ni falta que hace. 

Las sombras de los árboles sobre los muros recuerdan la relación constante entre arquitectura, vegetación y luz mediterránea. © Vestige Estudio.
@ Laura Cano.

ALBERCAS Y GEOMETRÍA

Repartidas por la finca, están las albercas. Son depósitos rectangulares de mampostería, llenos hasta el borde, que servían tradicionalmente para almacenar el agua del pozo y distribuirla luego por canales hasta los bancales. Brianda explica que, en una isla donde el agua es un bien tan preciado, el riego se hace con agua regenerada y agua de lluvia recogida en los aljibes históricos de la finca.

La piscina principal está encajada como un rectángulo limpio en un fondo de vegetación. Las palmeras canarias a los lados, y al fondo una barraca menorquina que sirvió tradicionalmente de refugio para el ganado en la isla. Que la piscina acabe actuando como geometría arqueológica dentro de un paisaje rural es una operación parecida a la que Fernando Caruncho lleva años haciendo en Cataluña: sus jardines integran viñas y olivares como si fueran setos, ordenando el campo desde dentro. La piscina de Son Vell es parecida en su geometría a esas piscinas italianas de los años sesenta que aparecen en algún plano lateral de El sorpasso.

Piscina con antigua barraca para el ganado al fondo. © Laura Cano.

Cerca del muro de la casa hay un granado joven. La flor, cuando todavía no se ha abierto del todo, tiene la forma de una pequeña copa metálica, casi una pieza de orfebrería, que invita a abrirla con cuidado para ver qué lleva dentro. Aparece en las tumbas etruscas y en los frescos de Pompeya. La pintaron los miniaturistas medievales y, siglos después, los bodegonistas flamencos. Las novias persas la llevaban en las bodas porque sus granos rojos representaban la fertilidad.

La flor de granado. © Laura Cano.
La luz cálida de las habitaciones recoge sus tonos rojizos. © Vestige Estudio.

RUNGSTEDLUND EN MENORCA

La rosaleda es uno de los ejes más bellos del proyecto. Es un bancal de rosas blancas. «Todo blanco pero diferentes tipos de rosa blanca», apunta Brianda. A los gorriones les gusta vivir dentro de los cipreses del lugar. Bajan en bandadas pequeñas a hacer cosas suyas entre los tallos, picotear pulgones, bañarse en la pequeña fuente, pelearse en mitad del aire por algo invisible y organizar la jornada como si la rosaleda fuera un patio de colegio en la hora del recreo. Esos mismos cipreses marcan los caminos principales del jardín y siguen visibles cuando cae el sol porque la iluminación nocturna del proyecto es mínima, lo justo para no interferir en el visionado de estrellas sobre la finca.

Un jardín de rosas blancas cuidado con esta minucia lleva, casi sin querer, hasta Rungstedlund, la casa de la escritora Karen Blixen. Ella volvió a esa casa familiar al norte de Copenhague en 1931, después de perder la granja de café en Kenia, y pasó allí los siguientes treinta años entregada a las flores con una obstinación de coleccionista. Plantó lirios blancos una y otra vez, en distintas tierras, hasta dar con la mezcla que le gustaba y un jardín de rosas protegido por el muro sur. Hacía arreglos, intercalando tulipanes con hojas de col, lirios con dientes de león pasados y lo que encontrara en el camino, y los amigos los fotografiaban antes de que llegaran los invitados.

Blixen escribió a una amiga que consideraba las flores uno de los milagros de la existencia. Lo decía en un momento en el que su salud estaba muy mal, había escrito casi todos sus libros importantes, había sobrevivido a una sífilis y a varios años de morfina, y necesitaba decirse a sí misma que las flores seguían justificando los días. Yo siempre he pensado, leyéndola, que las mujeres a las que les interesa intervenir el mundo vegetal lo hacen porque saben algo que las demás no sabemos.

El jardín de cactáceas ocupa una franja diferente, más expuesta. La mayor parte ya estaba en la finca antigua, con algunas incorporaciones posteriores. Crecen ahí grandes chumberas, agaves o alguna yuca. Las plantas, dispuestas con cierta libertad, conviven sin jerarquía aparente.

Acceso al jardín al caer la tarde. © Laura Cano.
Bancal con gauras y lavandas junto a la capilla. © Laura Cano.

LA CASA CONTESTA AL JARDÍN

Esa continuidad vegetal no termina en el jardín. Parte de la fruta que cae llega a la cocina de Joan Bagur, que la convierte en las mermeladas del desayuno y en los cócteles de la tarde, hechos con lo que se recoge esos mismos días en la finca. De ese mismo huerto salen la albahaca, el romero, la camomila y la pimienta con los que la casa elabora sus cordiales. El más isleño se hace con romero y camomila. El spa sigue la misma lógica, con tratamientos preparados a partir de las aromáticas cortadas en el propio jardín.

Por dentro, las habitaciones de la casa solariega siguen la lógica del exterior, muchos de los techos en bóveda de cañón de piedra vista, baldosa cocida en damero, paleta de tonos miel y blanco roto. La sillería original sigue ahí, sin enlucir, y el conjunto comparte con el jardín la voluntad de no maquillar la condición rural del edificio. Las habitaciones, repartidas entre la casa señorial y las antiguas dependencias agrícolas, conviven con muebles antiguos restaurados y piezas de diseño contemporáneo, en la misma mezcla deliberada que organiza los salones.

Los interiores responden al exterior con tonos cítricos y materiales terrosos. El limón aparece como un pequeño sol mediterráneo suspendido sobre la finca. © Vestige Estudio.

Los jardines hablan de quien los hizo, casi siempre dicen más de lo que pretendían. Son Vell habla de Menorca antes del turismo, de cuando la elegancia rural pertenecía a las familias que pasaban aquí julio y agosto sin llamarlo lujo. Y da por hecho algo más difícil. Que la mejor versión de un sitio puede incluir caracoles dormidos sobre las hojas y fruta picada que nadie va a recoger.

Antes de irme paso otra vez junto al cartelito de la siempreviva. La planta sigue ahí, violeta, dispuesta a aguantar lo que haga falta. Que es lo que hace una siempreviva, supongo, en cualquier idioma.



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