Entre 1307 y 1377, siete papas cambiaron Roma por la Provenza, inaugurando un paréntesis conocido como el papado de Aviñón. Un exilio con sotana. Pudiendo haber elegido cualquier gran ciudad, se instalaron en un enclave mínimo, tranquilo, de apenas 5.000 habitantes, en el sur de Francia. Y uno piensa que, del mismo modo que algo tenía el agua cuando la bendijeron, esta tierra entre colinas y viñedos debía de traer la gracia incorporada. Sin duda, desde entonces, todo lo que nace aquí arrastra un aura divina. Si alguien necesita una prueba del milagro, la tiene delante: la residencia del pueblo de Visan a la que estas palabras acompañan con miramiento. Rara vez las imágenes de una casa alcanzan una fisicidad tan palpable, una teatralidad tan seductora y un peso del tiempo tan conmovedor como la del proyecto que el interiorista peruano Diego Delgado-Elias firma aquí.


Que cruja
Desde el primer instante, todo es una catarsis estética. Se alza frente a la fuente central del pueblo, mirando a la iglesia (campanas mañaneras incluidas); los cipreses y los tilos asoman por el patio central; y el nombre Hotel Particulier Callemant d’Autane fue bautizado por la nobleza de la espada, la aristocracia más antigua de Francia. Ojo, que lo de hotel no lleve a engaño. Es una casa. O mejor dicho, una mansión señorial concebida, desde siempre, para recibir. Por eso, Diego quiso preservar su vocación hospitalaria a toda costa. De ahí la colección de trescientos platos que decora la alacena del comedor.


Volvamos al primer momento en que Diego cruzó la puerta. “Lo extraordinario es su grado de conservación”, recuerda. “Sentí que el proyecto no podía ser una demostración de estilo, sino un ejercicio de escucha”. Y así, más que interiorista, Diego se convirtió en intérprete del crujido de la madera, en custodio de grietas, desniveles y cicatrices.


Siglos bien mezclados
Dentro conviven lo original, lo nuevo y lo encontrado. De lo original, varios frescos, unos quince; majestuosos candelabros de 120 kilos cada uno; o un antiguo lavadero de piedra que sigue ocupando su lugar en la cocina. De lo nuevo, la íntima biblioteca de nicho tras cortinas de terciopelo, o el tapiz que Diego diseñó para el salón amarillo –un amarillo tan bonito que tiene nombre y apellido: el Sudbury Yellow de Farrow & Ball–. Y de lo encontrado, el lavabo de mármol rosa de la cocina tan pesado que hubo que instalarlo con ayuda de una grúa, tapicerías del siglo XVII rescatadas en mercadillos parisinos, o un baño art decó recolocado como un puzle, con cama de masaje e inodoro de madera.


Pero quizá la pieza más especial sean las camas del XVI, pintadas a mano con escenas de la Provenza. “Fue un proceso largo, de años, sin prisas –explica quien ha decorado esta joya obedeciendo al ritmo con el que se hacen las cosas de palacio–. Queríamos que la casa se construyera también a través del tiempo, de los hallazgos, de las piezas encontradas”. Una auténtica caza de tesoros que pasó por mercadillos locales, anticuarios en Carpentras, Aviñón o L’Isle-sur-la-Sorgue, y hasta búsquedas online. “No fue una obra que se cerrara de golpe, sino una evolución constante”, añade.


Que parezca de siempre
Todo tiene una historia, pero nada peca de protagonismo. Es una casa donde los objetos con vidas anteriores conviven de forma natural, y todo tiene cierta imperfección asumida, lírica, desde los suelos de terracota y los techos originales hasta el ajo, el romero, el trigo y el pimiento seco de Ezpeleta que cuelgan en la cocina. Me pregunto cómo una reforma puede conservar esa pátina del tiempo, tan frágil y tan imposible de imitar o fabricar. “Respetando su esencia y evitando el pastiche”, contesta Diego. “La contemporaneidad no está en imponer formas nuevas, sino en la manera de habitar: en la libertad con la que se mezclan épocas y, sobre todo, las piezas; en el equilibrio, la conversación entre ellas, la emoción que despiertan y la personalidad que transmite el espacio”.


Y remata: “Quiero que la gente sienta que la casa siempre estuvo ahí, esperándolos. Que se dejen llevar, que sientan deseo, curiosidad, confort”. Me quedo rendido a sus pies, imaginando si algo parecido debía de sentirse al escuchar un sermón en tiempos del papado de Aviñón. “Este proyecto me recordó por qué hago este trabajo”, concluye. Por los siglos de los siglos, amén.
