Si Stephen Lewis hubiera tenido que escribir uno de sus guiones hollywoodienses, probablemente habría empezado por aquí: un romántico road trip con imágenes de ruinas romanas, palacios griegos y paisajes mediterráneos esculpidos por colinas de frondosos olivos, viñedos y estilizados cipreses. Si Stephen Lewis, en un futuro, tiene que escribir esta historia, no le hará falta imaginar demasiado. Le bastará con tirar de los recuerdos de su primer viaje a Italia con su marido, Christian Scali, y vencer el síndrome de la hoja en blanco.
En 2018, la pareja, residente en Los Ángeles, visitó varias ciudades italianas, pero fue Florencia la que les enamoró locamente. Durante los años siguientes volvieron una y otra vez, hasta que comenzaron a plantearse seriamente dejar de alojarse en hoteles y comprar una casa. La idea inicial era adquirir un pequeño pied-à-terre, pero se dieron cuenta de que ambos tenían familias grandes, a las que tal vez les apetecería venir a visitarles, por lo que estaría mejor contar con dos habitaciones. La cosa fue complicándose cuando dejaron volar su imaginación: una vez allí, aprovecharían para pasar largas temporadas teletrabajando, lo que también haría necesario un despacho. “Además, tenía que ser algo superbonito –explica Stephen–. Sabíamos que lo que estábamos buscando valía mucho dinero, así que pensé: ‘necesitamos algo que se pague por sí mismo o, al menos, parcialmente’; y así es como decidimos emprender un negocio turístico y nos dimos cuenta de que debía ser fuera de la ciudad”.
Este proceso fue mucho más rápido en sus mentes que en el terreno. “Miramos granjas, castillos, todo… pero llegó el COVID”, recuerda Lewis. Peinaron la región, vieron más de veinte propiedades y, cuando ya tenían una casi cerrada, apareció esta, a 12 km de Castellina in Chianti, formada por una casa, un antiguo granero y un terreno de viñedos y olivos que les hizo dar un giro de timón. Era el germen de Villa Ardore (bautizada en honor al pueblo del sur de Italia de donde proviene la familia de Christian), que se ha convertido en una de las villas toscanas de alquiler íntegro más deseadas, con una tarifa de 85.000 euros a la semana y sin apenas huecos disponibles.
La vida se desarrolla sobre todo en las zonas comunes.
Cada habitación cuenta su historia a través de antigüedades, cuadros y esculturas comprados en talleres y mercados de pulgas.
Repensar la Toscana
El arquitecto florentino Massimo Pierattelli, experto en ‘repensar’ edificios de la zona, fue el elegido para llevar a cabo la rehabilitación, con la premisa de mantener “el encanto del viejo mundo incorporando privacidad, confort y elegancia”. Si a una sensacional villa típicamente toscana del siglo XVI, de piedra rústica y madera, se le añaden comodidades como calefacción por suelo radiante, aire acondicionado integrado, sistemas de iluminación ambiental y hasta televisores inteligentes ocultos tras elegantes espejos, solo puede salir una cosa: el escondite perfecto.
Stephen y Christian no querían caer en la trampa de hacer recreaciones de una antigua villa toscana de libro, y mucho menos en hacerlas pasar por reales; por eso, deliberadamente, se tomaron ciertas licencias, como la de poner en el suelo del granero madera (en concreto, una que viene de un antiguo colegio indio) en lugar de la tradicional terracota.
Instinto básico
En su afán de conseguir esa “segunda casa”, todas las estancias reflejan la visión de Stephen y Christian, que en la decoración han preferido guiarse por su propio instinto y priorizar el trabajo con artesanos locales y una selección de obras de arte originales de artistas toscanos e internacionales, curadas en colaboración con la Galería La Bottega, de Siena, que salpican todos los espacios.
La villa principal tiene ahora ocho habitaciones, más las dos del granero. Cada una cuenta su propia historia a través de antigüedades, cuadros y esculturas comprados en talleres y mercados de pulgas. Las camas Dorelan son artesanales y todos los textiles, colchas, cabeceros y manteles están hechos a medida, como los lavabos de pietra serena.
La vida se desarrolla sobre todo en las zonas comunes: el salón con la chimenea de piedra; el bar, todo de madera; el acogedor comedor donde se sirve el desayuno y la personalísima cocina de color azul, decorada con antiguas láminas de publicidad enmarcadas, que es el sueño de todo bucólico estudiante de cocina que fantasee con hacer su propia pasta. Toda la vajilla —platos, cuencos y tazas— que los huéspedes usan a diario está elaborada por la artesana Nicoletta Penco.
Esto solo en el interior. Fuera, Villa Ardore aún tiene más: un huerto orgánico, un spa romano y una piscina infinita climatizada con vistas a los viñedos y los mejores atardeceres. En los planes más inmediatos está terminar el gimnasio, con parte al aire libre. Este parece ser el plan perfecto en Villa Ardore: energizarse y relajarse. Relajarse y energizarse. Y todo está pensado para que así suceda.