Lo suyo es una reinterpretación serena del clasicismo desde una mirada contemporánea. En los interiores de Viruta Lab conviven el rigor geométrico, una masculinidad contenida y una calma que nunca resulta fría. Maderas densas, mármoles, cerámicas de pequeño formato, tejidos con textura y metales mates forman un vocabulario material reconocible, pero no una fórmula que se repite de proyecto en proyecto.
Precisamente ahí está una de las claves de su trabajo: el punto de partida no es una estética predeterminada, sino el lugar. En uno de sus proyectos más recientes, un dúplex de unos 120 m² frente al Mediterráneo en el Mascarat de Altea, María y David descartaron deliberadamente los códigos habituales de la casa de playa —azules, referencias náuticas o maderas blanqueadas— y buscaron la inspiración en los acantilados, los estratos minerales y la manera en que la luz transforma esa geografía. “Nuestro trabajo consistía en trasladar esa condición geológica al interior de la vivienda”, explicaron entonces.

“No buscamos la ostentación, sino el carácter. Un espacio Viruta Lab debe emocionar desde la calma: luz modulada, sombras suaves, colores profundos pero silenciosos”, comentan al hablar del sello del estudio. Sea cual sea la tipología del encargo —residencial, retail, contract o efímero— practican una arquitectura íntima y de autor en la que el detalle constructivo importa tanto como la imagen final.
María Daroz y David Puerta: dos miradas detrás de Viruta Lab
Esa sensibilidad puede rastrearse también en las biografías de sus fundadores. David Puerta encontró en la arquitectura una continuación natural del dibujo y de su voluntad de crear formas capaces de provocar emociones; para él, la luz mediterránea modifica la manera de percibir volúmenes, colores y conceptos. María Daroz llegó a la arquitectura después de formarse en danza clásica, una disciplina de la que conserva el rigor, la proporción y la atención al detalle. Sus estudios en Dinamarca añadieron además una capa de sensibilidad escandinava a ese sustrato mediterráneo.
De esa combinación entre orden y emoción surge buena parte del lenguaje de Viruta Lab. Les interesan los materiales que envejecen bien, que pueden tocarse y que ganan carácter con el tiempo. También los encuentros constructivos precisos, la luz utilizada como herramienta arquitectónica y un mobiliario que en ocasiones deja de funcionar como objeto independiente para formar parte del propio espacio.
Casa Gesso: arte feminista, arquitectura y memoria en 145 m²
“Casa Gesso, publicada anteriormente por MANERA, resume bien esa filosofía: una residencia concebida como un lienzo en blanco que rinde homenaje a las obras de la artista Ángela García Codoñer, figura fundamental del arte feminista valenciano de los años setenta.


Aquí la arquitectura no se limita a servir de fondo para una colección. Las series Morfologías, Misses y Labores de García Codoñer —en las que la artista cuestionó los estereotipos femeninos y el lugar tradicionalmente asignado a las labores domésticas— se convierten en parte del argumento espacial de la casa. “Casa Gesso se concibe como un lienzo en blanco habitable”, han explicado los arquitectos sobre un proyecto que pretende hacer dialogar la vivienda contemporánea con ese legado artístico.
Los espacios se organizan alrededor de un patio, donde el juego cambiante de luces y sombras transforma durante el día una paleta deliberadamente contenida. Dos materiales dominan buena parte de la casa: porcelánico en fachadas, cocina y baños y madera de roble teñida en tono castaño en panelados y mobiliario. La propia fachada revestida de plaqueta porcelánica color hueso remite, según el estudio, a los antiguos lavaderos que durante décadas albergaron talleres de artistas.

Diseñar con lo que ya estaba allí
Pero la relación de Viruta Lab con la memoria no se limita a esta casa. En el Cabanyal, el estudio rehabilitó una vivienda de pescadores de 85 m² construida en 1946, conservando elementos capaces de contar la historia familiar del propietario: desde una antigua red de pesca hasta el abrevadero de piedra del patio. En lugar de utilizar la nostalgia como decoración, el proyecto convirtió esos rastros en material arquitectónico.
La misma lógica reaparece en trabajos comerciales y efímeros. En la pastelería Nougat, un espacio de apenas 55 m² en Valencia, recuerdos asociados al pan recién hecho, los veranos y la casa de los abuelos se transformaron en una narrativa material. Y en Casa Decor 2026, El Obrador, diseñado para Venux en el antiguo Palacio del Marqués de los Vélez y Conde de Niebla de Madrid, partió de la etapa del edificio como convento para reinterpretar dos espacios históricamente ligados a la vida monástica: el refectorio y el obrador.

En el restaurante Al Taulell, situado en una zona histórica de Valencia, el estudio evoca los mercados y comercios de barrio mediante una lectura depurada del Art Nouveau y una paleta contenida.
No se trata, por tanto, únicamente de escoger materiales bonitos. En Viruta Lab, la materia suele tener que explicar algo.
Ese principio reaparece cuando les preguntamos por su combinación cromática favorita: “La que conversa con la materia, la que no necesita levantar la voz. Nos quedaríamos con azules y verdes; tienen una serenidad que acompaña y equilibra lo que hay a su alrededor”.
También explica su relación con figuras como Mies van der Rohe o Eileen Gray: no tanto como un catálogo formal del que extraer referencias, sino como ejemplos de una modernidad en la que estructura, materia, uso y detalle forman un mismo pensamiento.
María Daroz y David Puerta lideran así Viruta Lab desde una posición que parece especialmente pertinente en un momento dominado por imágenes que envejecen a la velocidad de las redes sociales. Su arquitectura puede utilizar colores, materiales o formas contemporáneas, pero intenta no depender de ellos para resultar actual.
Quizá por eso su reflexión sobre las tendencias sirve también como una definición bastante precisa del estudio: las modas tienen fecha de caducidad; una casa bien pensada debería aspirar a no tenerla.
