Si hablamos de arquitectura en entornos rurales, el imaginario colectivo suele inclinarse hacia dos tipologías bastante previsibles: la nostálgica y escenográfica —piedra vista, madera envejecida, cierta idea romántica del pasado— y la irrupción de objetos contemporáneos que parecen aterrizados desde otro planeta. La Casa al Pradet, proyectada por Clara Crous Arquitectura en Vilamacolum, esquiva con naturalidad ambos lugares comunes. Y lo hace desde una posición mucho más compleja, menos vistosa pero infinitamente más interesante: construir desde el conocimiento íntimo del territorio, desde la lógica material del lugar y desde una biografía que, en este caso, forma parte inseparable del proyecto.
Porque esta no es únicamente una vivienda diseñada por Clara Crous. Es la casa que la arquitecta proyectó para ella y su familia. Y esa condición, lejos de traducirse en un gesto experimental, se convierte en algo más sutil y más difícil de conseguir: una arquitectura profundamente coherente. Desde el inicio, el proyecto se formula como respuesta directa a un contexto muy específico, empezando por la propia parcela, la última disponible en una de las calles del pequeño núcleo de Vilamacolum. Un solar triangular, en contacto directo con el paisaje agrícola del Alt Empordà, cuya geometría obliga a abandonar cualquier solución tipológica convencional y, al mismo tiempo, abre la puerta a una lectura más libre, más próxima a las lógicas históricas de crecimiento de la arquitectura rural.
Construir desde la biografía
La historia de esta casa tampoco puede entenderse sin la figura de Carles, pareja de Clara Crous. Vinculado al campo desde siempre y miembro de una familia de agricultores de la zona, su relación con el territorio no es teórica, sino cotidiana y productiva. A ello se suma su dedicación profesional a la fabricación digital aplicada a la madera y al plástico, un cruce entre técnica contemporánea y cultura material que acaba impregnando el proyecto desde su concepción. Este contexto, más que inspirar la vivienda, la estructura. La casa se piensa desde el inicio bajo una lógica de autoconstrucción que integra diseño arquitectónico, medios técnicos disponibles y tiempos de ejecución.
Incluso el calendario de obra responde a esa misma lógica territorial. El inicio de la construcción se planifica en función del ciclo agrícola y coincide con el final de la cosecha del maíz, momento en el que la mano de obra local queda disponible. Lo que en otro proyecto podría leerse como una circunstancia anecdótica aquí se convierte en una pieza central del planteamiento: la arquitectura adaptándose a los ritmos del lugar, no al revés.
Desde el punto de vista constructivo, la estructura se resuelve mediante un sistema de entramado ligero de madera, mecanizado previamente en taller. La decisión no responde únicamente a criterios de eficiencia o sostenibilidad (aunque también), sino a una comprensión muy afinada de los recursos técnicos y humanos disponibles. Prefabricación, precisión digital, optimización de esfuerzos y reducción de tiempos.
Una casa que crece como las masías
A partir de esta lógica, la vivienda se articula como un conjunto de módulos de distintas formas y alturas. La imagen resultante evoca inevitablemente las construcciones anexas a las casas pairales, esas arquitecturas que crecían progresivamente a medida que lo hacía la familia y sus necesidades. No hay aquí una volumetría compacta ni una composición rígida, sino una agregación de piezas que dialoga tanto con la geometría triangular del solar como con la memoria arquitectónica del Alt Empordà.
La implantación sobre el terreno responde, además, a condicionantes muy concretos. La Casa al Pradet se eleva 1,2 metros debido a su ubicación en la cota más baja del pueblo, por donde discurre el agua de lluvia en dirección a un río situado por debajo de la parcela. Del mismo modo, la configuración de los volúmenes atiende a otro elemento decisivo del territorio: la tramontana. Los retranqueos y variaciones de altura generan espacios protegidos del viento y construyen una silueta orgánica, perfectamente integrada en el paisaje rural.
La elección de materiales refuerza esa misma idea de continuidad con el entorno. Corcho, mortero de cal, tova, baldosa hidráulica y cerámica manual aparecen en suelos, zócalos, exteriores y distintos elementos constructivos. Materiales naturales, de proximidad, profundamente arraigados en la cultura constructiva local. En el interior, la madera estructura el espacio y define también el mobiliario, generando una continuidad material que recorre toda la vivienda y construye una atmósfera cálida, táctil y serena.
Algunos elementos tradicionales se reinterpretan desde soluciones actuales. Las persianas alicantinas, habituales en la arquitectura mediterránea, se han motorizado e integrado en un sistema domótico que regula su funcionamiento en función del sol y del viento. En el exterior, una franja perimetral de grava cerámica facilita el drenaje del terreno. Una casa de campo del futuro.
La Casa al Pradet funciona casi como un manual de instrucciones sobre cómo construir hoy en un entorno rural sin caer en clichés. Una arquitectura que entiende el territorio como un sistema vivo de relaciones, materiales, tiempos y modos de habitar. No siempre hay que inventar algo nuevo, hay que saber leer lo que está ahí.