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Arquitectura

Humble Palaces: España retratada a través de la arquitectura sin firma ni fecha

Humble Palaces es un libro. Un fotolibro, si se quiere. Pero es, sobre todo, el archivo paciente de una España construida a mano, lejos del monumento y de la postal; un país levantado por capas, adaptado a la necesidad y al paso del tiempo.

La CR-701 discurre por las estribaciones norte del Parque Nacional de Cabañeros, ajena a cualquier imperativo de velocidad. Dos kilómetros de recta cortan la dehesa entre encinas y prados abiertos hasta que el asfalto dibuja un par de curvas suaves. De pronto, aparece Retuerta del Bullaque.

Al borde mismo de la calzada, un muro de piedra rematado por pequeños torreones de aire falsamente medieval protege una vivienda privada. Es una fortaleza doméstica, casi caricaturesca. Un fragmento de Exin Castillos trasplantado al paisaje manchego sin mayores explicaciones.

La escena funciona como un señuelo visual. La imagen inmediata. El clic fácil. Pero Adrian Tyler decide ignorarla.

Continúa unos metros más con su Toyota RAV4, un vehículo con casi veinticinco años a sus espaldas, elegido por una razón tan prosaica como determinante: la fiabilidad. Se adentra en el callejero secundario, gira sin prisa hasta alcanzar un cruce anodino, sin nombre ni rasgos distintivos. Allí se detiene. Apaga el motor. Baja.

Observa. Planta el trípode. Duda unos segundos y dispara.

Probablemente nadie se había detenido antes a interrogar esa fachada.

La imagen, hoy parte de Humble Palaces, muestra un muro de ladrillo tosco, una suerte de kasbah improvisada levantada sobre una estructura previa de piedra. Un gran portalón gastado ocupa el centro. En la superficie se leen las huellas del uso: arañazos, golpes, capas superpuestas de reparaciones precarias. Es una arquitectura sin firma ni fecha, desprovista de toda voluntad estética declarada. Y, sin embargo, contiene la esencia de lo que Tyler busca.

Humble Palaces no documenta monumentos ni ruinas ilustres. Se detiene en edificaciones menores, híbridas, a menudo invisibles: casas ampliadas por fases, muros rehechos, soluciones prácticas que han terminado dictando la forma. Arquitecturas nacidas de la necesidad más que del diseño. De la vida más que del plan.

En un mundo dominado por superficies pulidas y espacios neutros, la textura de estos muros ejerce una atracción casi física. Cal, polvo, barro cocido. Materiales que envejecen sin pedir permiso. Una España construida a mano, acumulativa y contradictoria.


Retuerta del Bullaque.

Portada de Humble Palaces, editado por Ediciones Asimétricas.


La España remendada

El coche de Tyler es sólido y está preparado para cualquier desvío. Con él se interna en geografías que la modernidad ha decidido ignorar, trazando rutas que conectan Retuerta del Bullaque con San Miguel de la Ribera o las soledades de Chera. Un entramado secundario, a menudo invisible, que define tanto el proyecto como su método: analógico, firme, sin atajos.

La arquitectura de Humble Palaces se apoya en dos referencias claras. Por un lado, la mirada de Luis Feduchi y sus Itinerarios de arquitectura popular española. Por otro, los cinco volúmenes que Carlos Flores dedicó al mismo tema. “Me fascinó su enfoque geográfico”, explica Tyler, “la manera en que el clima y el terreno dictan la gramática de los pueblos”. De Flores hereda también el rigor del orden, una lógica que traslada a la España contemporánea organizando su archivo por comunidades autónomas.

Aunque reconoce recurrir puntualmente a Google Street View para validar desvíos y cita A New American Picture, de Doug Rickard, como referencia, el proceso de Humble Palaces es esencialmente manual. Un mapa de papel extendido sobre la mesa. Un bolígrafo para marcar rutas. Y una consigna clara: evitar las carreteras escénicas, las marcadas en verde. Lo que busca no está en el mirador ni en la postal, insiste, sino en los márgenes. En pueblos por los que se pasa sin detenerse. O directamente no se pasa.


San Miguel de la Ribera.

Las Ventas con Peña Aguilera.


En ese desplazamiento lento, Tyler ha acumulado miles de kilómetros y algo más difícil de catalogar. Anglo-español, instalado en España desde hace más de tres décadas, el proyecto se ha convertido también en una forma de entender mejor el país que habita. No desde los grandes relatos ni desde la excepcionalidad, sino desde los detalles mínimos. Hay pueblos, dice, donde basta sentarse a comer un bocadillo en la cuneta, durante la pausa del mediodía, para recordar qué importa. Tiene que ver con estar.

Habla con entusiasmo de los hostales de carretera de cuarenta euros la noche. Habitaciones limpias, silenciosas. Restaurantes de menú sin explicación, donde el guiso ha tenido tiempo. “Estofados memorables”, dice, sonriendo. Se percibe que el trayecto importa tanto como la imagen final. Que el proyecto se construye también en esas pausas, igual que las casas que fotografía: por acumulación, por desgaste, por uso.


Chera.

Una cuestión de capas

De ese viaje lento, de ese trabajo de campo obsesivo, ha ido emergiendo algo que se parece menos a una colección que a un archivo. Más de cinco mil fotografías tomadas a lo largo de los años, organizadas por tipologías, vuelven una y otra vez sobre un mismo motivo con variaciones mínimas. No hay voluntad de inventariar ni de cerrar un sistema. Hay, más bien, una observación persistente.

Tyler define estas imágenes como vanitas. No en el sentido ornamental del término, ni como cita erudita, sino como una forma de mirar. Estas casas funcionan como recordatorios materiales del paso del tiempo y de la futilidad de cualquier gesto grandilocuente. No celebran el pasado ni lo congelan. Lo muestran tal como ha llegado hasta hoy: usado, rehecho, erosionado.

En cada fotografía, los materiales operan como capas. El muro original levantado hace siglos. La ampliación añadida doscientos años después. La intervención reciente, resuelta con los medios disponibles. El adobe y la chapa, el ladrillo y la cal. Esas capas pueden convivir en equilibrio o entrar en fricción. De esa tensión nace la imagen.


Estenas.

Benitagla.


Lo que aparece en esos muros no es solo una cronología constructiva, sino una sucesión de manos. Manos separadas por décadas, a veces por generaciones, que han intervenido sobre el mismo espacio sin conocerse. Esa superposición es el verdadero tema de Humble Palaces. No la arquitectura como objeto cerrado, sino como proceso continuo, siempre inacabado.

Como ya señalaba Carlos Flores al hablar de arquitectura popular, se trata de una forma de construir no especulativa. Crece a partir de las necesidades concretas de quienes la habitan y se adapta a las posibilidades económicas de cada momento. No responde a un plan previo ni a una imagen ideal. Responde a la vida.

Ahí aparece algo más difícil de nombrar. Tyler habla de longing. No como nostalgia, sino como una necesidad básica. “Todos queremos estar en un lugar seguro”, dice. “Ser queridos. Sentir que pertenecemos a algún sitio”. Para él, estas casas, cargadas de capas, de tiempo y de uso, ofrecen precisamente eso. No prometen éxito ni permanencia. Ofrecen abrigo. Él mismo tiene su pequeña chabola palacio en Toledo.


Gema.

Fotografía política

Hace unos meses, durante una charla con el arquitecto Iñaki Ábalos, Tyler dejó caer una frase casi de pasada: “Toda fotografía es propaganda”. No la subrayó. Siguió hablando. Pero la idea quedó flotando en la sala.

Si toda imagen organiza la mirada y propone una forma de ver el mundo, ¿qué hay entonces de político en Humble Palaces? Tyler no duda. Para él, lo político no reside en el mensaje explícito, sino en el acto de elegir. “Desde el álbum familiar hasta la foto de una pizza en la caja del supermercado, toda imagen está afirmando algo”, explica. Cada encuadre decide qué merece atención y qué queda fuera. La neutralidad no existe.

En su trabajo, esa dimensión política no adopta la forma de un manifiesto. Es un gesto. Está en la escala humana, en la renuncia al impacto visual, en la decisión consciente de mirar aquello que, por cotidiano, se ha vuelto invisible.

Su obra dialoga por contraste con lo que define como “realismo neoliberal”: una fotografía monumental, de gran formato, que bajo una apariencia crítica acaba celebrando la acumulación y el espectáculo. De Andreas Gursky a Annie Leibovitz, imágenes legitimadas por el mercado y por las grandes subastas. “Una fotografía que cuesta tres millones de dólares en una subasta no puede ser una denuncia del neoliberalismo”, dice. “Forma parte de él. Y cuando el espectador sabe lo que vale, deja de mirar la imagen y mira un lingote”.

En Humble Palaces ocurre lo contrario. No hay pretensión de trascendencia ni voluntad de imponerse. Las imágenes avanzan por acumulación y cercanía, organizadas en una retícula que se lee como un conjunto. Invitan a observar lo ordinario. Y es ahí donde se activa la conexión.

Al recorrer el libro, la reacción se repite: podría ser el pueblo de mis abuelos. Fachadas reconocibles para cualquiera que haya vivido el éxodo del campo a la ciudad, para quienes arrastran una genealogía de mudanzas, retornos de fin de semana y raíces que siguen ahí, aunque ya no se habiten. Hay algo profundamente político en ese gesto sencillo. Volver a mirar el pueblo.


Prat de Comte.

Santa Cruz de Paniagua.


El libro como lugar

En el prólogo, Iñaki Ábalos vuelve a sus recuerdos de infancia, primero en el pueblo y después en Donosti, para iniciar un recorrido que Humble Palaces tiende a activar en casi cualquier lector: el del retorno. Desde ahí propone una lectura de la casa rural, esa arquitectura espontánea situada entre el granero y el refugio, entendida como algo más que un objeto de estudio. Para Ábalos, estas construcciones funcionan como lecciones vivas de arquitectura y como el escenario de una forma muy concreta de bienestar.

En la contracubierta, el periodista Andrés Rubio apunta otra clave. El libro habla de escasez y de autoconstrucción al borde del abismo social, pero también de la esencialidad de los materiales en crudo, de una relación áspera con la tierra y el clima, y de esos umbrales industriales que dan acceso a espacios difíciles de descifrar. Dos miradas distintas que no compiten, sino que se complementan.

Estas piezas generan un conjunto coherente, y no es casual. Para Tyler, la fotografía nunca ha sido una imagen aislada. Formado como tipógrafo y diseñador gráfico, y especializado durante décadas en edición para artistas y museos, su mirada es ante todo editorial. Ya estaba presente en Smoke y vuelve a estarlo aquí. Lo decisivo no es una imagen, sino el ritmo, la secuencia, la materialidad del papel.

Por eso Humble Palaces no funciona como un contenedor neutral. Es una herramienta para ordenar, comparar e insistir. Tyler esquiva incluso la etiqueta de fotolibro y prefiere pensar en cómo una imagen prepara el terreno para la siguiente sin necesidad de explicaciones.

Publicar un volumen así en España sigue siendo una anomalía. Tyler subraya el papel de María y Juan, de Ediciones Asimétricas, a quienes define como una rareza necesaria. Tras Toldos verdes, la editorial apostó por este proyecto sin exigir concesiones narrativas. El acuerdo fue respetar la densidad del archivo y, sobre todo, su ambigüedad.

La edición final es un ejercicio de contención. Cada imagen se sostiene por sí sola, sin apoyarse en la página contigua ni forzar un relato evidente. Y, sin embargo, el efecto del conjunto es claro. Al pasar las páginas emerge una tipografía de la resistencia: casas frente a casas, climas frente a climas, territorios frente a territorios. Un país leído a través de sus variaciones mínimas y de sus soluciones repetidas.

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