El verdadero lujo del verano en 2026 no es una piscina infinita, de eso nada. Ahora lo que queremos es abrir una ventana y que entre aire fresco. Mientras en las ciudades buscan cómo adaptarse a las olas de calor, el norte peninsular vive un momento “dulce”: sus pueblos se han convertido en refugios climáticos y muchas de sus viejas casas vuelven a tener una segunda vida. La cuestión ya no es cómo conservarlas, sino cómo conseguir que sigan funcionando dentro de otros modos de vivir.
En Lastres, uno de los pueblos marineros más conocidos de la costa asturiana, el estudio madrileño Extrarradio responde a esa pregunta con una reforma que demuestra que tradición y contemporaneidad no son conceptos enfrentados. La vivienda, de apenas 70 metros cuadrados, había perdido buena parte de su lógica original entre falsos techos, pequeñas habitaciones y reformas acumuladas durante décadas. Antonio Antequera, fundador del estudio, decidió recorrer el camino contrario al habitual: antes de proyectar había que descubrir qué seguía escondido.
Los propietarios —una pareja madrileña, él creativo del mundo de la publicidad y ella profesora, con un hijo y tres perros— llevaban años utilizando esta casa como residencia de vacaciones. El edificio necesitaba una renovación completa de instalaciones y acondicionamiento, pero también una nueva forma de organizar el espacio. El objetivo consistía en lograr que toda la familia pudiera convivir con comodidad sin sacrificar la amplitud.


Recuperar la casa que siempre había estado allí (pero de otra manera)
“El proyecto se asienta sobre la casona típica del casco histórico de Lastres, un entorno donde la arquitectura popular combina muros gruesos, huecos pequeños y estructuras de madera. El proyecto parte de una operación fundamental: eliminar todo aquello que es innecesario para potenciar y conservar la lógica estructural original”, explica Antonio Antequera.
La intervención eliminó todas las compartimentaciones interiores y los falsos techos que habían ido reduciendo la altura libre de la vivienda con el paso del tiempo. Los antiguos forjados de madera se consolidaron y permanecen ahora completamente vistos, recuperando una presencia que durante décadas había permanecido oculta. El espacio ganó altura, mejoró la ventilación cruzada y estableció nuevas relaciones visuales entre las distintas plantas y el paisaje que se abre hacia el Cantábrico.


Antequera ha cambiado así por completo la manera de recorrer la casa. La estructura deja de actuar como un elemento oculto para convertirse en el verdadero hilo conductor de la reforma. Las vigas, oscurecidas por el paso del tiempo, dialogan con una intervención muy contemporánea, muy Extrarradio.
“La eliminación de parte del sobrado original posibilitó la apertura en sección de toda la vivienda, ganando así en amplitud y generando vistas cruzadas gracias a la ventana que se instaló en la nueva pared de madera del altillo”, explica el arquitecto. El resto de ese espacio, antes prácticamente residual, pasó a convertirse en un dormitorio, mejorando el aislamiento y regularizando el pavimento.

Los tabiques desaparecen y los muebles empiezan a construir
La verdadera dificultad aparecería después. ¿Cómo introducir todos los elementos de una casa para una familia de cinco personas sin volver a llenar la vivienda de particiones? El estudio respondió con una solución que se sitúa a medio camino entre la arquitectura y el diseño de mobiliario: “La organización interior se resolvió mediante muebles infraestructura que sustituyen a los tabiques tradicionales. Estas piezas integran almacenamiento, cocina, baño y escalera, y funcionan como filtros que ordenan el programa sin fragmentar el volumen. La casa se percibe como un único espacio continuo con diferentes grados de privacidad.”
Uno de esos volúmenes integra la cocina y, al mismo tiempo, la escalera que conduce al altillo. Otro alberga el baño sin llegar hasta el techo, garantizando la privacidad pero permitiendo que el espacio continúe leyéndose como un único volumen continuo.

La estrategia remite inevitablemente a algunas de las pequeñas casas de vacaciones desarrolladas por la arquitectura nórdica de mediados del siglo XX, donde cada metro cuadrado debía desempeñar varias funciones sin perder sensación de amplitud. “Desde el primer momento tuve presente que ésta era una casa de vacaciones, un lugar para el disfrute y para compartir en familia. Siempre me han fascinado las casas o cabañas de vacaciones de los arquitectos nórdicos de los años 50, como Muuratsalo de Aalto o la casa de vacaciones de Erskine. Construcciones pequeñas y muy sencillas y sinceras en su construcción pero que guardan en su interior unos espacios comunes generosos, amplios, dónde todos los elementos funcionan como muebles con dos o tres funciones en una”, apunta.
Los acabados acompañan esa misma actitud. Los nuevos volúmenes se resuelven mediante geometrías elementales y una paleta de blancos y azules suaves que amplifica la luz natural y refuerza la presencia de las vigas de madera oscurecidas.

Las marcas que la obra decidió conservar
Según cuenta el estudio, todavía hoy algunos vecinos conocen la vivienda como La Casa del Ballenero, mientras otros prefieren llamarla La Casa del Pirata. Algo que no sería reseñable si Antonio no nos hubiese contado esta historia: “Durante la reforma se decidió dejar vistos todas las partes de sillería de los muros. En este proceso, en las jambas de varias ventanas aparecieron unas marcas de conteo con tinta roja. ¿Registros de capturas de ballenas? ¿Barcos atrapados? Nadie lo sabe con certeza, pero las señales quedaron ahí, como un rastro de la memoria del lugar.”
Nadie ha conseguido descifrar el significado exacto de aquellas marcas, pero tampoco hace falta hacerlo. Permanecen visibles porque forman parte de la biografía del edificio con la misma naturalidad que sus muros de piedra o sus vigas centenarias.

