Dicen que de Madrid al cielo. Lo que nadie ha conseguido explicar es por dónde se sube. Y eso que, en una ciudad donde ya no queda una esquina por descubrir ni una calle sin recorrer, alguien debería haber encontrado el camino. Quizá exista. Quizá empiece tras el portal de un edificio de 1900 en Malasaña, junto a los jardines del Palacio de Parcent. Allí arriba, el Estudio GAS ha creado un refugio suspendido sobre los tejados. La luz lo inunda todo. Las referencias a los 90 terminan de darle alma. Se escuchan pájaros, el viento entre los árboles y algún ladrido perdido. Abajo sigue el centro; arriba, Madrid parece haber olvidado el ruido. Aunque no siempre ha sido así.

La luz pedía paso
La primera vez que Gonzalo Aquerreta cruzó la puerta, la luz entraba a raudales, pero apenas conseguía avanzar un par de metros antes de chocar contra un tabique. El arquitecto se encontró con el repertorio habitual de un piso de su época: 65 metros cuadrados con muchas habitaciones pero pequeñas, un solo baño y una cocina en el extremo opuesto de donde debería estar. Todo compartimentado, todo lleno de tabiques que convertían su mayor virtud en un problema. “Era una contradicción”, explica. “Una vivienda inundada de luz, pero incapaz de construir una verdadera relación con el exterior”.


Ahí empieza la intervención. Lo primero fue derribar. Abrir. Dejar que la luz encontrara, por fin, el camino. Ahora, desde cualquier punto de la vivienda, la mirada alcanza al mismo tiempo los tejados, las cúpulas, las copas de los árboles del Palacio de Parcent y el cielo de Madrid. La cocina, el salón y el comedor pasan a formar una única secuencia doméstica, continua y sin interrupciones. Un solo gesto resuelve dos problemas: la casa gana amplitud y, por fin, establece una conversación con el exterior.
Domesticar el cielo
Conquistada la luz, tocaba aprender a domesticarla. Para hacerlo, el estudio incorporó un sistema de lamas horizontales de aluminio que filtra su entrada y proyecta sombras cambiantes sobre las superficies interiores. El gesto sorprende. Frente a la estructura de madera del edificio de 1900 y el paisaje de tejados y cúpulas que asoma al otro lado de las ventanas, aparece un lenguaje de precisión casi industrial. Un contraste deliberado que, lejos de competir con el exterior, lo enmarca y multiplica la sensación de refugio.


Ese acabado metalizado no se queda en las ventanas. En el centro de la casa, una gran isla de acero inoxidable satinado organiza toda la planta. Es casi una escultura. Gonzalo la define como «un brillante faro», y cuesta encontrar una imagen mejor. Refleja la luz, ordena el espacio y lleva al extremo ese juego de contrastes que atraviesa todo el proyecto: un elemento casi high-tech suspendido sobre un edificio de 1900. Afuera, Madrid; dentro, una atmósfera que parece pertenecer a otro lugar. Al cielo quizás.
Volver a Madrid
Si el acero introduce un lenguaje inesperado, el pino y el mármol devuelven la casa a su lugar. Toda la intervención se apoya en una paleta de apenas tres materiales, elegidos no por una cuestión de contención, sino de memoria. La madera de pino y el mármol Ruivina formaban parte de la arquitectura doméstica del Madrid burgués que dio forma a este barrio entre finales del XIX y principios del XX. Materiales discretos, sólidos y ajenos a las modas, que entendían el diseño desde la permanencia. En esta vivienda recuperan ese mismo papel, el de conectar un ático que parece suspendido en el aire con la ciudad sobre la que flota.


Al final, la belleza de esta casa está en la luz, en las vistas, en la intervención. Pero sobre todo, en la distancia. La capacidad de sentirse suspendido sobre Madrid sin dejar de formar parte de ella. Un refugio silencioso desde el que la ciudad parece detenerse durante un instante. El resto tendremos que seguir buscando el camino como podamos, sobre todo en estos días de verano. Porque, como escribió Luis Quiñones de Benavente hace cuatro siglos: “Pues el invierno y el verano, en Madrid solo son buenos, desde la cuna a Madrid, y desde Madrid al Cielo”.


