Durante más de un siglo, al Design Museum Gent se entraba por la gran puerta de un palacio del XVIII, lleno de paredes enteladas, frescos y carpinterías art nouveau de arrodillarse frente a ellas. Pero había algo que no terminaba de funcionar. Sus ventanas quedaban demasiado altas para mirar al interior y la fachada tenía ese aire institucional que hace dudar antes de cruzar una puerta. “¿Es este un edificio al que puedo acceder? ¿Es para mí?”, se preguntaban los arquitectos de Carmody Groarke cuando empezaron a estudiar su ampliación. El pasado 3 de octubre, después de cuatro años de obras, el museo reabrió con su entrada principal en el ala nueva, diseñada junto con ATAMA y RE-ST. El palacio sigue ahí. Pero ahora es otro edificio el que da la bienvenida.


Todo lo que puede cambiar cuando un museo mueve su puerta
La ampliación ocupa el único hueco libre que quedaba en la parcela. Un espacio de ángulos irregulares que ni siquiera la reforma de los noventa había conseguido rellenar. Aunque vacío, vacío, tampoco estaba. Allí había un gigantesco rollo de papel higiénico que llevaba más de veinte años formando parte del paisaje de la ciudad. Y que, por increíble que parezca, escondía los tres únicos aseos del museo. Ahora lo sustituye el nuevo edificio, al que se entra por una puerta de aluminio diseñada por Unfold que reproduce el movimiento de una cortina agitada por el viento. Sus autores hablan de una frontera que se abre. Después de conocer la historia de los baños, cuesta no encontrarle cierto parecido con un trozo de papel higiénico ondeando.

Los aseos eran solo el principio. Tampoco había un auditorio en condiciones, espacios educativos adecuados, cafetería ni ascensores que conectaran todas las plantas. Y estaba la ampliación de 1992, que en principio ni siquiera se iba a tocar. Cuando los arquitectos la estudiaron, encontraron un sistema de plataformas móviles, concebido para desplazar obras entre pisos, que había convertido las salas en una sucesión de huecos y barandillas. Ya ni funcionaba. Lo desmontaron, recuperaron un 50 % más de superficie expositiva y pudieron incluso quitarle una planta al edificio que estaban proyectando.
Un museo al que entrar sin tener nada que hacer dentro
Pero volvamos a la puerta. La cortina de aluminio da paso a un edificio al que no hace falta comprar una entrada para acceder. Se puede recorrer el patio, visitar la tienda, subir a las plantas superiores y asomarse a la ciudad sin pagar un euro. Las exposiciones son otra cosa, pero aun así, este es uno de los cambios más importantes de toda la reforma. El museo ya no exige que uno haya decidido visitarlo para poder entrar.

“¿Qué hace que este museo sea también para mí?”. Aquella pregunta aparecía en las bases del concurso que recibieron los arquitectos. Astrid De Bruycker, responsable de Cultura de la ciudad, volvió sobre ella durante la inauguración. “Un museo solo se convierte verdaderamente en un espacio público cuando la gente siente que le pertenece”. Incluso cuarenta ciudadanos participaron en una reflexión colectiva sobre cómo conseguir que alguien sin conocimientos de diseño quisiera entrar. Y la arquitectura tenía mucho que decir al respecto.


Para empezar, bastaba con observar la ciudad. Gante está construida, fundamentalmente, con dos materiales. El ladrillo rojizo de los edificios residenciales y la piedra caliza blanca de sus grandes monumentos. Los arquitectos decidieron unir ambos mundos. El nuevo museo es de ladrillo, pero blanco. Y no uno cualquiera. Diseñaron una pieza exclusivamente para este proyecto, con las dimensiones de las que se utilizaban en el siglo XVIII, fabricada con residuos procedentes de la propia ciudad. Restos de hormigón, cristales de coches, porcelana. De cerca, se distinguen pequeños fragmentos de todos ellos. Algunos brillan cuando les da el sol.
Una arquitectura que no se parece a nada más
Dentro tampoco querían un cubo blanco. En las plantas superiores, las vigas de madera se tuercen para seguir los límites de la parcela. La estructura queda a la vista y las habitaciones van cambiando de geometría a medida que se asciende. En la tienda, una columna realizada por Gly Studio incorpora escombros recuperados de la propia obra. Mientras tanto, en el palacio histórico, los restauradores han retirado capas de pintura y barniz hasta encontrar los colores originales de las carpinterías y los papeles pintados. Tras una puerta modernista puede aparecer un salón con frescos. O la ampliación de los noventa. O incluso el edificio nuevo, que no imita al palacio, pero cuya forma difícilmente podría repetirse en otro lugar.

A medida que subimos, también cambia la relación con la ciudad. Las ventanas dejan abajo los edificios vecinos, aparecen las cubiertas de ladrillo y, desde la última planta, la vista alcanza las tres torres que dibujan el perfil de Gante. En Le Plat Pays, Jacques Brel cantaba que las catedrales eran las únicas montañas de Flandes. Desde la última planta del museo se ven algunas. Abajo, donde antes había tres retretes, ahora cualquiera puede entrar sin pagar.


Cuestión de enfoque
También ha cambiado la forma de mirar lo que hay dentro. El museo conserva unas 24.000 piezas, pero la nueva presentación de su colección ha abandonado el recorrido por estilos y épocas. Ahora Panton, los Eames, Aalto, Hoffmann o Thonet aparecen relacionados por las cosas que hicieron con sus diseños. Muebles que se pliegan, por un lado. Objetos inspirados en otras culturas, por otro. Y distintas maneras de sentarse, más allá. Junto a estas salas, una exposición sobre diseño y democracia.

Y sí, por fin hay baños. Diez, todos diferentes y realizados con materiales circulares o de origen biológico. Katrien Laporte, directora del museo, nos recomendó visitarlos varias veces. El antiguo rollo de papel higiénico ha desaparecido, pero al menos sus sucesores se han tomado el diseño muy en serio.
Al salir, la ciudad continúa por donde la habíamos dejado. En la catedral, el Cordero Místico se abre y se cierra cada día. Los fieles y visitantes se sientan en sillas de Maarten Van Severen, cuyo trabajo también está expuesto en el museo. Los miércoles, frente al ayuntamiento, se suceden las parejas recién casadas. Ese día las bodas son gratuitas. Los estudiantes ocupan las plazas y, en Sint-Veerleplein, unas farolas se encienden cada vez que nace un bebé en alguno de los hospitales de la ciudad. Aquí los edificios históricos siguen recibiendo a sus vecinos para casarse, rezar, sentarse o simplemente pasar la tarde. El museo ha cambiado su entrada para hacerles sitio también.

