De primeras, París, Marsella o Toulouse podrían sonar como opciones más previsibles para albergar la nueva Galerie Nationale du Design, así que lo de Saint-Étienne fue la primera sorpresa de esta noticia. Aunque una rápida búsqueda en Google bastó para darme cuenta de que, en realidad, no podía haber sido de otra forma: ciudad creativa de la Unesco, sede de la Biennale Internationale Design Saint-Étienne y hogar de una considerable cantidad de edificios de Le Corbusier que evidencian que ni el genio pudo resistirse a los encantos de estas tierras.

Resulta que aquí la industria siempre se entendió de la mano de la innovación en el diseño, con un arraigo histórico comparable al de ciudades como Milán, aunque incluso anterior. Todo comenzó con la fabricación de armas en el siglo XVII, y a comienzos del XIX ya existía una escuela de diseño. Después llegaron los museos de Arte e Industria y el de Arte Moderno, en el mismo siglo. También es cuna de una marca tan mítica para el diseño de producto francés como Manufrance (podría compararse con Braun o Alessi en sus respectivos países), cuyas bicicletas y máquinas de coser llegaron a hogares de toda Francia. El diseño, por fin, tiene su galería nacional en Francia, y la de Saint-Étienne era la elección natural.
Donde se hacían armas
De todo, lo que define la historia de esta localidad es la fabricación de armas. Su fábrica más emblemática, la Manufactura de Armas de Saint-Étienne, cerró a principios de los 2000 tras más de dos siglos de actividad. Hoy alberga la EPCC Cité du design. Es aquí donde se ha construido la Galerie Nationale du Design y donde tienen lugar también la bienal, La Platine —un espacio de arte contemporáneo— y la escuela superior de diseño Ésad Saint-Étienne. Impresiona su tamaño; debió de ser una de las fábricas más grandes de Francia en su momento. “La más grande”, me confirma Aurélie Voltz, directora de la recién inaugurada galería. Pasear por sus calles hace que olvides que estás en un complejo museístico y que, de repente, vuelvas a sentir que estás en la ciudad.

“Museo no es”, añade Voltz. “Eso sería si tuviéramos una colección permanente. Lo que tenemos nos lo ceden otras instituciones”. Por eso se llama galería, y no museo. La idea surgió para responder a una necesidad nacional: reconocer, definir y hacer accesible un patrimonio disperso, reuniéndolo y presentándolo en un espacio dedicado a ello. Dar cabida a un exquisito inventario de diseño seriado, generalmente a partir de los años ochenta, que permanecía en las reservas de diez museos, como el Musée d’Art Moderne et Contemporain de Saint-Étienne Métropole (MAMC+), el Centre National des Arts Plastiques (CNAP), el Centre Pompidou, el Musée des Arts Décoratifs et du Design de Bordeaux (MADD) o el Mobilier National, y que no encontraba su lugar.
Entrar tocando
Nada más entrar al lobby, las miradas y las manos se van directas a las piezas que adornan esta primera estancia. Piezas de esas que, si fueran personas de pueblo y les preguntaran “¿de quién eres?”, podrían contestar con la seguridad de saberse hijas de Knoll, Artek, Marcel Breuer, Enzo Mari o Noguchi. Aunque la sorpresa la dan dos sillas Monobloc escapadas de la portada del último disco de Bad Bunny. Estas piezas no forman parte de la colección, sino que son simplemente el mobiliario del vestíbulo. Pero si juzgamos al libro por su portada, este primer aperitivo ya refleja la importancia que esta institución pública concede al diseño en toda su rica diversidad, desde sus orígenes industriales hasta sus formas más contemporáneas.

Las manos como identidad
En Saint-Étienne todo el mundo está muy orgulloso de lo que han logrado con sus manos. Ellos mismos dicen que su ciudad es un lugar donde se hacen las cosas. Incluso a los trabajadores que moldeaban armas entre estas mismas paredes se les llamaba manufactures, una palabra que remite directamente a la mano. Y ahí reside la identidad de la ciudad: en una comunidad entregada a su industria. Que ha atravesado crisis, sí, pero que siempre ha sabido reinventarse con sus propias manos. “Saint-Étienne es realmente una ciudad donde hacer siempre ha sido más importante que hablar”, me dice Yannis Bekhti, teniente de alcalde responsable de la imagen de la ciudad.


Hay tres objetos estrella a lo largo de su historia: las armas, las cintas decorativas y las bicicletas de Manufrance. Qué aleatorio, pensé. Pero resulta que para fabricar bicicletas se utilizaban los mismos tubos que componían las escopetas. Y estas escopetas, si uno se fija bien, presentan delicados patrones decorativos, con ornamentaciones de inspiración damasquinada que, fíjate, conectan directamente con las cintas.
Esto último lo aprendí de Laurence Mauderli, la comisaria de la exposición inaugural, que, fascinada por la importancia de la mano en estas tierras, decidió dedicarle la muestra. Ojo, que no hay solo objetos creados aquí. También aparecen aquellos de diferentes generaciones y nacionalidades que han definido la vida cotidiana de nuestros hogares: diseños convertidos en iconos del siglo XX e incluso una muestra de robots concebidos para facilitar tareas cotidianas y en los que la mano desaparece. Es aquí donde realmente brilla el archivo de los museos franceses.


La herencia del hacer
Que la primera galería nacional de diseño ocupe el lugar de una antigua fábrica de armas en Saint-Étienne no es casualidad. Tampoco un simple gesto simbólico. Hay mucho en común entre aquellos manufactures y los diseñadores que han dado forma a los objetos que hoy se exponen. Ambos destacan por su capacidad para concebir, inventar y crear. Y existe una continuidad en esa creatividad. Aquí siempre se ha valorado la mano como una forma de inteligencia, y son esas manos las que, a través de la historia industrial y ahora del diseño, explican cómo Saint-Étienne ha sabido reinventarse una y otra vez.
Qué bien que Francia tenga su Galerie Nationale du Design. Qué bien que Saint-Étienne sea la ciudad que la alberga. Y qué bien también que estos muros sean los custodios de esa pieza que, para todos, fue alguna vez un primer amor.
