En julio de 1927, medio millón de personas terminarían pasando por una colina de Stuttgart para ver algo que hoy quizá les habría parecido bastante normal: casas de fachadas lisas, grandes ventanas y tejados planos.
La exposición Die Wohnung había reunido a diecisiete arquitectos, entre ellos Walter Gropius o Le Corbusier, bajo la dirección artística de Ludwig Mies van der Rohe y permitía entrar en 33 edificios completamente nuevos, concebidos para ensayar otra manera de vivir. El objetivo era mostrar cómo podía ser una vivienda moderna, saludable y asequible, con la única condición común de que la cubierta fuera plana. ¡Menudo escándalo!


La arquitectura tradicional alemana tenía pocos motivos para celebrar esas cajas blancas que prescindían del tejado inclinado y parecían ignorar deliberadamente muchas convenciones anteriores. El Bund für Heimatschutz de Stuttgart llegó a llamar al conjunto Araberdorf, “poblado árabe”, y reclamó su demolición. Años después circuló una famosa fotocomposición que añadía camellos y habitantes vestidos con ropas orientales a una imagen de la urbanización, y ese protomeme sería reutilizado a partir de 1933, con el auge del nazismo, en las campañas que desacreditaron la arquitectura moderna como algo ajeno a la cultura alemana.
El problema era que esas casas parecían extrañas porque detrás de su aspecto había una ruptura profunda y una generación de arquitectos que intentaba construir de acuerdo con las posibilidades de su época y con las necesidades de la vida moderna. El hormigón armado permitía liberar los muros de parte de su antigua función estructural, mientras que el acero ofrecía nuevas posibilidades constructivas. La forma de una vivienda podía empezar a desprenderse de convenciones heredadas.

Una revolución que llevaba décadas preparándose
Si bien es cierto que el racionalismo como tal carece de una fecha fundacional indiscutible, también lo es que sus antecedentes se remontan al siglo XIX, cuando las nuevas estructuras de hierro y vidrio comenzaron a demostrar que los edificios podían construirse de otra manera.
La Escuela de Chicago avanzó por otro camino al levantar sus primeros edificios en altura y Louis Sullivan formuló su célebre principio de que la forma sigue a la función. Frank Lloyd Wright investigaba mientras tanto una vivienda distinta de la casa compartimentada tradicional, pero el cambio terminó acelerándose después de la Primera Guerra Mundial.

En 1919 Walter Gropius fundó la Bauhaus en Weimar, y su programa reunió arte y diseño alrededor de la pregunta de cómo crear para una sociedad transformada por la industria. Curiosamente, la Bauhaus ni siquiera tuvo un departamento propio de arquitectura hasta 1927.
Cuando se trasladó a Dessau, Gropius proyectó a través de su estudio privado el edificio que abriría sus puertas en diciembre de 1926 y que acabaría convertido en una de las imágenes más famosas de la modernidad. La gran fachada acristalada de los talleres podía colgar delante de la estructura porque ya había dejado de ser un muro portante.


Los cinco puntos de Le Corbusier
Le Corbusier estaba llevando la misma revolución hacia la vivienda cuando en 1927 formuló sus cinco puntos para una nueva arquitectura, aunque varias de aquellas ideas ya habían aparecido antes en su obra. Esto es: los pilotis elevaban el edificio sobre soportes y liberaban el terreno; la estructura permitía organizar el interior con una libertad imposible antes, cuando cada pared tenía que cargar con el peso de la construcción. Esa misma independencia daba lugar a la fachada libre, desligada de la estructura, y permitía abrir largas ventanas horizontales. La cubierta plana recuperaba arriba parte del espacio ocupado por la casa en forma de terraza-jardín.

La vivienda para una nueva sociedad
La falta de alojamientos adecuados en las ciudades europeas llevó a aquellos arquitectos a aplicar estas ideas al gran problema de la vivienda de las clases trabajadoras. En 1928 se fundaron en Suiza los Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna, conocidos como CIAM, y su segunda reunión, celebrada al año siguiente en Frankfurt, estuvo dedicada a Die Wohnung für das Existenzminimum, la vivienda para el mínimo vital.
Se estudiaba cómo ofrecer casas dignas a personas con pocos recursos aprovechando racionalmente una superficie reducida. La distribución debía responder a la vida que ocurría dentro y las condiciones de salubridad entraban a formar parte del proyecto.
En España también querían empezar de nuevo
Rincón de Goya, Zaragoza, Fernando García Mercadal (1927)
Todas estas ideas ya habían cruzado los Pirineos, y en 1927, mientras Stuttgart discutía sobre sus tejados planos, el arquitecto Fernando García Mercadal proyectaba en Zaragoza el Rincón de Goya, considerado una de las primeras manifestaciones del racionalismo español. El encargo debía conmemorar el centenario de la muerte de Goya y Mercadal prescindió de la monumentalidad histórica que cabía esperar de un homenaje de este tipo. Planteó un centro cultural abierto hacia un jardín.

Real Club Náutico de San Sebastián, José Manuel Aizpurúa y Joaquín Labayen (1928 – 1929)
Poco después, José Manuel Aizpurúa y Joaquín Labayen construyeron el Real Club Náutico de San Sebastián entre 1928 y 1929 junto a la bahía de La Concha, empleando hormigón armado, largas líneas horizontales y, por supuesto, sus cubiertas eran planas. Aizpurúa resumiría en marzo de 1930 el programa de aquella generación en La Gaceta Literaria diciendo que a la arquitectura le exigía “higiene, solidez, confort, racionalidad, economía; todo, menos decoración”.

Ese mismo año se fundó en Zaragoza el GATEPAC, Grupo de Arquitectos y Técnicos Españoles para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea. Su revista A.C., dirigida por Josep Lluís Sert y Josep Torres Clavé y publicada entre 1931 y 1937, alcanzó 25 números y conectó la arquitectura española con los debates europeos. Por sus páginas pasaron proyectos de Le Corbusier y de Mies van der Rohe, pero también se habló de los problemas que preocupaban directamente a sus editores, entre ellos la vivienda y la transformación de la ciudad.
Casa Bloc, Barcelona, Sert, Torres Clavé y Joan Baptista (1932-1936)
La Casa Bloc de Barcelona permitió llevar esas ideas a un proyecto de vivienda obrera. Encargada en 1932 por la Generalitat republicana a Sert, Torres Clavé y Joan Baptista Subirana, se construyó en Sant Andreu entre 1932 y 1936. Sus viviendas estaban pensadas como alojamientos funcionales para trabajadores y el conjunto rompía con la manzana cerrada habitual. Los pisos se organizaban en dúplex y las estancias principales buscaban una orientación favorable.


Cómo recuperar hoy sus claves
Si trasladamos todo esto a nuestra época, en realidad nos damos cuenta de que la planta libre sigue teniendo aplicación directa en una vivienda contemporánea. Al independizar la estructura de las paredes interiores, los racionalistas pudieron distribuir los espacios con una libertad que antes no tenían, por eso hoy ese principio permite revisar tabiques y circulaciones según el uso real de una casa.


No estaría de más olvidarnos de esa especie de leyenda que persigue al racionalismo de que una casa tenía que ser necesariamente blanca. Las Casas de los Maestros que Walter Gropius construyó en Dessau tenían superficies coloreadas y el edificio de la Bauhaus contó con un proyecto cromático de Hinnerk Scheper. En Zaragoza, el Rincón de Goya de García Mercadal tenía el pórtico burdeos y superficies ocres. Mercadal recordaría años después que había pintado aquel porche con tintas planas inspiradas en el pintor francés Amédée Ozenfant. La arquitectura que tantas fotografías nos enseñaron en blanco y negro también se proyectó en color.
A punto de cumplir un siglo, muchas de aquellas decisiones han dejado de parecernos revolucionarias. Abrimos una cocina al salón, eliminamos un tabique que ya no necesitamos o buscamos que la luz recorra la casa y difícilmente pensamos en los arquitectos que comenzaron a cuestionar la distribución heredada.
Quizá ahí esté la medida de hasta dónde llegó el racionalismo: algunas de las ideas que provocaron un escándalo en Stuttgart en 1927 forman hoy parte de nuestra manera habitual de entender una vivienda.



