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Diseño

El estampado que enamoró a Christian Dior, decoró la Casa Blanca y hoy vuelve a contar historias en nuestras casas

El toile de Jouy empapeló paredes, camas, cortinas y sofás de las casas con escenas pastorales y mitológicas e incluso con las noticias del día. Hoy regresa actualizado, pero con la misma esencia que tanto gustó en Versalles en el XVIII. Descubre la historia del estampado con el que vivir dentro de un paisaje puede ser una realidad. 

La 'Glasgow Toile' del estudio 'Timorous Beasties', inspirado en la toile de Jouy, cambia la Arcadia por bloques de vivienda de la ciudad.

Entro en una alcoba entelada de arriba abajo con toile de Jouy y mi cerebro tarda unos segundos en procesar dónde acaba la pared y dónde empieza la cama. La misma escena de pastores se repite en las cortinas, trepa por el dosel, salta al respaldo de la butaca y sigue hasta el último rincón, siempre igual, siempre en el mismo rojo, con la lógica vertiginosa de las Cárceles imaginarias de Piranesi. 

Para algunos es el horror vacui llevado al dormitorio, sin duda a Adolf Loos, el arquitecto que consideró el ornamento poco menos que un crimen, le habría provocado una migraña interminable. Confieso un vicio: mi cuarto, si me dejaran, lo forraría entero, techo y cajones incluidos.

Un baño con el papel pintado en toile de Jouy de la firma Cole & Son. © Rachel Whiting.
Lorenzo Castillo lo lleva al sillón de un dúplex en Madrid. © Simon Upton.

Se levantó el veto y apareció la primera fábrica

La toile de Jouy designa hoy un tejido estampado de dibujos figurativos, normalmente monocromos, sobre fondo claro, que conforman escenas enteras, desde pastorales y mitológicas hasta las noticias del día. Toile quiere decir tela, y de Jouy, del pueblo donde se imprimía. Un nombre modesto para lo que acabó forrando las paredes de medio Versalles.

Y arranca, como tantas cosas que luego se vuelven imprescindibles, siendo un producto prohibido. Desde 1686 hasta 1759, Francia impidió importar, fabricar e incluso llevar aquellas cotonnades imprimées que llegaban de la India, para proteger sus industrias de seda y lana. El deseo, naturalmente, sobrevivió al decreto. Cuando se levantó el veto, el terreno ya estaba abonado y un año después Christophe-Philippe Oberkampf, nacido en Wiesenbach y formado en el oficio de las indianas, abrió en Jouy-en-Josas su propia manufactura, a un paso de Versalles.

Una alcoba vestida con una toile clásica de Pierre Frey en verde grisáceo: el dibujo baja por las cortinas y el lambrequín festoneado, y el fondo de la cama lleva un estampado menudo del mismo tono. © Philippe Garcia.
Silla forrada con la tela Complutum con dibujo de caballos de Lorenzo Castillo para Gastón y Daniela.

Escogió el sitio por el agua del río, que servía para lavar y fijar el color, y por los prados de la ribera, donde las telas se blanqueaban al sol. El gran salto técnico llegó más adelante con la plancha de cobre grabada, un procedimiento desarrollado en Irlanda. Los tacos de madera siguieron sirviendo para imprimir colores y motivos; el cobre permitía trasladar al tejido la delicadeza de una estampa, con sombras, profundidad y escenas mucho más complejas. De ahí ese aire tan suyo, mitad grabado antiguo, mitad ilustración de libro. 

Había en todo aquello un pequeño gesto democrático. El principal dibujante de Jouy, el pintor Jean-Baptiste Huet, llevó a la tela los mismos pastores y cortejos que colgaban al óleo en los salones de la aristocracia, solo que ahora en algodón lavable y al alcance de mucha más gente.

Las campañas de Napoleón o la llegada de un globo de hidrógeno: las noticias transformadas en decoración

Lo que Oberkampf levantó en Jouy fue un mecanismo descomunal: más de mil trescientos empleados en treinta y seis edificios, produciendo varios kilómetros de tela al año. Aquellas telas eran el telediario de su época. Tras la campaña de Napoleón en Egipto, Jouy sacó una serie de pirámides y esfinges, Les Monuments d’Égypte. Existe otra toile, Le Ballon de Gonesse, que Huet dibujó a partir de un suceso real. En el verano de 1783, un globo de hidrógeno sin tripulantes, lanzado en París por tres físicos, cruzó el cielo y acabó en el pueblo de Gonesse, donde los campesinos, aterrados ante aquel artilugio que descendía de las nubes, lo atacaron con horcas y cuchillos, convencidos de que era cosa del diablo, en un arranque de superstición rural. Un año después, aquella escena, campesinos incluidos, decoraba las paredes de las mejores casas de la ciudad.

Estampado Toile de Jouy.
Les Travaux de la Manufacture, 1783: diseño de Jean-Baptiste Huet para la manufactura de Oberkampf en Jouy-en-Josas. En el prado, los operarios extienden las telas para blanquearlas al sol; al fondo, cuelgan a secar de la fachada del taller. © The Metropolitan Museum of Art, Nueva York. Dominio público.

Blanquear al sol era lento y dependía del tiempo, así que Oberkampf mandó a su sobrino a estudiar con el químico que acababa de descubrir el poder del cloro. El negocio subió al ritmo del prestigio: Luis XVI nombró la casa manufactura real y años más tarde Napoleón recorrió los talleres para imponerle en persona la Legión de Honor. Cuando cerró la fábrica, el nombre toile de Jouy ya designaba un género entero, lo imprimiese quien lo imprimiese.

Le Ballon de Gonesse, de Jean-Baptiste Huet para la manufactura de Oberkampf, 1784. En la parte baja, los vecinos rodean el globo caído y lo golpean con palos; más arriba, otro globo sigue en el aire. © Cooper Hewitt, Smithsonian Design Museum, Nueva York.

El dibujo que viste la habitación completa

La toile servía para cortinas y tapicerías, pero sobre todo para vestir la habitación completa, paredes incluidas, hasta el punto de que la alcoba terminaba nombrándose por la tela que la cubría. Se vendía con tela adicional para los remates, y entonces ocurría algo curioso: la repetición dejaba de leerse como dibujo y empezaba a funcionar como arquitectura, con el paisaje sosteniendo las paredes. 

La moda de vestir la habitación entera cruzó el Atlántico y arraigó en el Nueva York del siglo XX, en las casas que decoraba Sister Parish. A la Casa Blanca de los Kennedy llegó por el tercer piso: en 1962 la residencia tenía un Blue Toile Bedroom, la habitación 301, un cuarto de invitados vestido en toile azul y blanca, con el estampado repitiéndose del dosel a la tapicería de las sillas. La habitación acabó siendo conocida por el nombre de su tela, igual que las alcobas francesas de dos siglos antes.

La Blue Toile Bedroom de la Casa Blanca, fotografiado el 7 de mayo de 1962 dentro del reportaje de estancias de la reforma Kennedy. © White House Photographs. John F. Kennedy Presidential Library and Museum, Boston.

Del dormitorio de Versalles al sofá de ahora

La toile carga con el peligro de su propia elocuencia: como cada metro cuenta una historia, es facilísimo que la historia se coma el cuarto y lo transforme en decorado. 

Quizá por eso la toile es hoy uno de los estampados antiguos más vivos: aguanta que le cambien el guion. Sheila Bridges creó en 2006 Harlem Toile de Jouy, que conserva la estructura narrativa del género y sustituye a los pastores por escenas de la vida afroamericana, desde niñas saltando a la comba hasta una pareja bailando con un radiocasete; el diseño forma parte de la colección del Cooper Hewitt. Dos años antes, el estudio escocés Timorous Beasties había hecho algo parecido con Glasgow Toile, que cambia la Arcadia por los bloques de viviendas de la ciudad. Para quien la quiere literal siguen las firmas que reeditan los documentos antiguos, con Pierre Frey a la cabeza.

Sheila Bridges creó en 2006 Harlem Toile de Jouy, que sustituye a los pastores por escenas de la vida afroamericana.
La Glasgow Toile del estudio Timorous Beasties cambia la Arcadia por bloques de vivienda de la ciudad.

El estampado que fascinó a Christian Dior

En 1947, el año del New Look, Christian Dior encargó la decoración de su primera boutique, Colifichets, en el número 30 de la avenue Montaigne, a su amigo el pintor Christian Bérard, con Victor Grandpierre de arquitecto. Bérard la vistió de toile de Jouy, un dibujo de columpio llamado L’Escarpolette, y no dejó nada fuera: paredes, muebles, cajas y sombrereras. La propia casa lo considera desde entonces uno de sus códigos, y el dibujo ha ido volviendo en manos de todos los que pasaron después, de Galliano a Maria Grazia Chiuri, hasta la versión poblada de animales salvajes que Dior sigue utilizando hoy.

La primera boutique de Dior, forrada en toile de Jouy.
Edición limitada de 2024 de La Collection Privée Christian Dior: Eden-Roc, Dioriviera y Jasmin des Anges, con los estuches vestidos de toile de Jouy poblada de fieras en amarillo, verde y rojo, sobre una tela con el mismo dibujo.

En España el idioma lo mantiene vivo Lorenzo Castillo, en sus colecciones para Gastón y Daniela y entela con ellas lo mismo una casa señorial que un piso de ciudad. Dormir dentro de un paisaje tiene su reverso, y lo escribió Charlotte Perkins Gilman en El papel pintado amarillo, publicado en 1892. A la narradora la encierran a reposar en el cuarto de arriba de una casa alquilada y la dejan sola con un papel que está tan lleno de dibujo como cualquier toile. Acaba enloqueciendo. 

La tela Complutum de Lorenzo Castillo para Gastón y Daniela forrando un sofá.

Dos siglos y medio después de aquella primera tela impresa junto al río, el pastor sigue cruzando el mismo puente, detenido para siempre a mitad de paso, igual en un château de la Provenza que en un piso del Eixample, mientras a su alrededor cambian los muebles y la gente que duerme debajo. 

En el Hotel Son Net, la tela Tana de Lorenzo Castillo para Gastón y Daniela, un toile con escenas de campo.
Le monde parall’aile, de Jean-Charles de Castelbajac para Pierre Frey, en unas cortinas de lino crudo con ángeles y pájaros bordados en azul entre las nubes. © Philippe Garcia.
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