En los años 30 del siglo pasado, un arquitecto llamado Hassan Fathy imaginó un nuevo Egipto. Uno cimentado sobre las condiciones de vida dignas para todos. En la sencillez de las herramientas al servicio de este objetivo residía la clave. Véase: el sentido común, el uso de la arquitectura vernacular, el adobe, y los sistemas de ventilación cruzada para adaptar las casas al clima. Si, empezando por este arquitecto, trazamos una línea que nos lleve al presente, nos toparemos, al final de ese hilo ideológico, con Casa Cranc, el nuevo proyecto de Bastidas Arquitectura en Mallorca. «Las de Fathy son distribuciones acogedoras, con puntos de agua, la luz que entra, patios, zonas íntimas… son lugares para vivir», cuentan a MANERA Sergi Bastidas, su fundador, Gerard Bastidas, su hijo y arquitecto, y la también arquitecta Bruna Pisciotta, al mando de este proyecto. Sus casas han servido de inspiración para un estudio cuyo sello ha estado ligado desde su fundación a la arquitectura tradicional y que ahora, aunque fiel a esta impronta, va un paso más allá y la actualiza, la trae al presente.
La casa se erige en una zona residencial cerca del mar, rodeada de otras viviendas de estilos muy eclécticos y contrastados, muy tradicionales o muy modernas, y propone una convivencia inteligente y elegante de ambos estilos. «Es una casa de estilo racionalista, pero con sistemas y elementos de la arquitectura vernácula mediterránea y, en concreto, la mallorquina», explican. Sigue los preceptos racionalistas, pero el enfoque que le da la tradición la convierte a su vez en una obra poética, en un tipo de casa que desde el estudio llaman ‘casa feliz’. «Este es un ejemplo de esas casas en las que te sientes cómodo y protegido, pero a la vez feliz porque estás libre. Diseñadas a escala humana, con entradas de luz por todos lados, pero una luz tamizada y con sombras, que no incide directamente», detallan.
La entrada principal y la chimenea de ventilación, cubierta de una celosía –creada con Ceràmica Ferrés– que deja correr el aire a través de la casa y, a la vez, tamiza la luz.
La frontera entre interior y exterior se desdibuja a través del comedor, que conecta ambos, y de la pérgola, que los provee de sombra. La piscina y el paisajismo contribuyen a ese objetivo de que la casa respire.
La parte trasera de la casa, con otra celosía que remata el circuito de ventilación cruzada.
Una casa que respira
Su distribución define la manera en que se vive. Tiene un núcleo central –compuesto por una chimenea de ventilación, la escalera y el ascensor– del que penden todas las estancias. Abajo, las zonas comunes; arriba, las privadas y, al seguir subiendo, llegas a una azotea con un solarium y una pequeña piscina desde el que se ve el mar y la isla Cabrera. La planta baja, además, acoge el jardín con el porche y la piscina exterior, se abre a ellos a través de un comedor con un gran ventanal. Completa la casa un sótano con un baño turco al que se llega por una rampa exterior rodeada de un muro encofrado con cañas.
También define la manera en que la casa –y, en consecuencia, quienes la habitan– respira. El bloque de hormigón celular que conforma ese núcleo central es estructural y, a la vez, aislante acústico y térmico. Las paredes y el suelo están revestidos de mortero de cal, que deja respirar a las paredes, que la humedad entre y salga. «La sensación que tienes dentro de la casa es muy buena, es muy sana», afirman. El paisajismo, además de embellecer la casa, forma parte de la misma estrategia de crear zonas de sombra, protegidas del calor. Igual que la pérgola, que constituye el paso del interior al exterior a través del comedor y, a la vez, protege ambos.
La escalera, con el ascensor en el centro, constituye el núcleo central de la casa, y de él salen todas las estancias.
El comedor conecta exterior e interior. En las zonas comunes, el suelo es de microcemento.
En la cocina, de Bulthaup, el suelo es de baldosa cerámica de Huguet.
El salón, con un sofá de obra con cojines de lino local. Las pequeñas ventanas refuerzan la ventilación.
El patio, con la piscina y la obra de paisajismo.
En la azotea, un pequeño solarium con piscina para refrescarse y vistas al mar y a la isla de Cabrera.
El oficio que une tradición y vanguardia
Los oficios son fundamentales para entender esta casa y afianzar su hilo conductor, ese estilo racionalista con guiños a la tradición. Lo son, también, para conseguir ese efecto de casa que respira. En las zonas comunes, el suelo es de microcemento. En los dormitorios, de madera. La celosía cuadrada –que hicieron con Ceràmica Ferrés– es el origen de una relación estética que se traslada a la baldosa cerámica de los baños –diseñada junto a Huguet– y a los porticones que tamizan la luz. «La celosía le da una intimidad absoluta a los baños. Además, pusimos un filtro de un cristal azul para que esa tonalidad inundase el baño, y el ambiente que crea es muy especial», explican. La mayoría de los muebles son de obra, siguiendo la tradición, y los textiles son naturales –sobre todo hay linos– y todos de Baleares. También hay pequeños detalles industriales como los mecanismos de Font, que aportan ese balance entre lo artesanal y lo industrial.
Casa Cranc cumple con los preceptos que la inspiraron: está diseñada para vivir y para vivir bien. De manera limpia, fresca, agradable y acogedora. Es una de esas casas felices. «Es arquitectura moderna, pero coge las estrategias de la arquitectura tradicional. Es fiel a los detalles constructivos tradicionales y a la escala humana», concluyen. Fiel, también, a los principios que comparten todos los proyectos de Bastidas: «Una cierta austeridad y honestidad».
La rampa de acceso al sótano por el exterior está delimitada por un muro encofrado con cañas, otra herencia de la arquitectura tradicional.
En el baño turco, suelo y banco de cerámica de Huguet y bóveda de microcemento.