De todos los espacios de una casa, la cocina es el que más refleja los cambios sociales. En los barrios residenciales estadounidenses de los 50, aquellas cocinas ultra equipadas con nuevos electrodomésticos eran símbolo de estatus, escondían una promesa de prosperidad. La cocina también fue testigo, cuando ocupaba lugares escondidos –el sótano, la habitación más alejada de las estancias nobles– de unos códigos que ensalzaban la desigualdad en el entorno doméstico. Hace unos años nos habló de un tiempo en el que tendíamos a cocinar cada vez menos, a buscar la comida fuera; se convirtió en apenas un escaparate mínimo dentro de las casa. Ahora nos cuentan una nueva historia: la de cuando quisimos recuperar la dimensión social y comunitaria de la comida, volver a hacer nuestro este espacio adaptándolo a los nuevos códigos del interiorismo, cada quien a su manera.
Paseando entre los stands de EuroCucina, la bienal de diseño de cocinas que se celebra durante el Salone del Mobile de Milán, pudimos observar esta adaptación en dos direcciones: la cocina que adquiere protagonismo, que quiere ser vista, y la que quiere ocupar un lugar central en la vivienda, pero escondida, camuflada. La cocina que quiere ser cocina y la que quiere desaparecer entre el salón y el comedor. En ambos casos, es el corazón de la casa, donde late la vida doméstica, y eso nos gusta. A continuación, algunos apuntes y ejemplos de estos dos rumbos.
Lo funcional se vuelve escultórico y arquitectónico
Con Smeg descubrimos cómo los electrodomésticos pueden convertirse en un elemento más de la composición arquitectónica, entrar en el juego de volúmenes, redefinir el espacio. La firma, que lleva más de siete décadas demostrando que diseño y tecnología no están reñidos, presentaba la colección Musa diseñada junto al estudio BorromeodeSilva. Hornos, placas de inducción, campanas y cafeteras integrables que se definen por el diálogo entre geometría y curva y por el contraste entre mate y brillo.
Lo funcional no se oculta, se integra, como sucede también con la colección Isola, creada con Stefano Boeri Interiors, con la que las placas de cocción se convierten en un gesto matérico. Un giro en su lenguaje estético habitual. Un gesto de atrevimiento que celebramos.

En Quooker comprobamos que diseño y conveniencia no están reñidos al ver en funcionamiento sus grifos, que dispensan agua hirviendo, caliente, fría y con gas directamente de una sola llave, siempre filtrada. Mientras veíamos los diferentes modelos y acabados, nuestra compañera Evelien Reich, directora de MANERA Benelux, nos contaba que, en Holanda, a los grifos se les llama, directamente Quooker. Como pasa con los clínex o con los tupper, sí. Y eso ya nos lo dice todo.


En el stand de Elica, uno de los más futuristas de la feria, vimos su lámpara Luna, técnica y con ese punto escultórico también, ideada con las necesidades de una cocina en mente, con una luz más precisa y un sistema que permite regularla sin tocarla.

En la icónica Scavolini observamos también esta tendencia con la colección Stilo, una novedad diseñada por Spalvieri & Del Ciotto con una geometría de líneas puras, un cilindro que se repite horizontal y verticalmente para conseguir una continuidad visual. Los volúmenes armoniosos proponen un diálogo fructífero entre arquitectura y funcionalidad.

Cocina, salón, dormitorio y comedor: un todo son
Salimos un momento de Fiera Milano para visitar el showroom de Arrital en Corso Europa. Ahí descubrimos cómo, aprovechando que son ellos sus propios fabricantes y el amplio abanico de acabados del que disponen, su oferta ya no acaba en la cocina. Los mismos acabados se trasladan al salón, al baño, al dormitorio, incluso. «La cocina es el origen de un lenguaje que se expande hacia el resto de la casa, componiendo un ecosistema coherente de materiales, funciones y proporciones. Superficies que dialogan, transiciones que conectan, ritmos de luz que definen identidad», nos explican.

En Scavolini, de nuevo en la feria, esta tendencia continúa. El stand nos lleva por dos apartamentos en los que la cocina es el núcleo alrededor del que se distribuyen la sala de estar y el dormitorio. Su incursión más allá de los fogones se ve sobre todo en el nuevo Feeling Day System, un proyecto basado en la modularidad que permite una total libertad compositiva. “Las paredes equipadas, los muebles bajos y altos modulares, así como las soluciones de pared y de suelo, se integran a la perfección, entablando un diálogo con la cocina a través de sistemas comunes y materiales versátiles”, nos cuentan.


La cocina que sigue queriendo ser cocina
Entre cocinas que se ocultan y se integran en el resto de la casa, encontramos la excepción: La Cornue, esa histórica firma francesa que sigue apostando por la singularidad de este espacio, con una estética que no dista mucho de la que ofrecían en 1964, cuando salió al mercado su modelo icónico, el Château.
El perfumista Albert Dupuy la fundó en 1908 al descubrir que, si al horno le das una forma redondeada, abombada, en él se concentran mejor los sabores. Y hasta el día de hoy, esa forma se mantiene a pesar de que la estructura que lo recubre haya ido evolucionando. “Quien compra La Cornue sabe que no está comprando una cocina, sino una pieza de arte con el trabajo de 30 artesanos detrás”, nos explica Alexandra Baujard, directora de Marketing y Comunicación de la firma. No se compra para esconderla, sino para ensalzar esta estancia. “¿Por qué esconder la cocina? Si al final de la fiesta todo el mundo acaba ahí”, concluye.

Y la conclusión es…
Que no hay, realmente, una única conclusión. Lo que tenemos claro es que, como ya adelantaba Aleks Gallardo en este artículo, «tradicionalmente tenía una única función, ahora actúa como centro vital y neurálgico. Aquí se cocina, se estudia, se trabaja y se produce la mayor parte de la vida social doméstica». Y eso sigue siendo así. Lo que queda por ver ahora es si gana la cocina-cocina o la cocina-salón, o si ambas conviven, cada una adaptándose a cada casa.
