Buenos Aires es un laberinto del que nunca se quiere salir, donde el alma de Borges se cruza con un mural de Spinetta, y donde un café puede ser tan importante como una catedral. Ciudad de contradicciones perfectas: barroca y minimalista, señorial y punk, con fachadas que podrían haber salido de París y moles brutalistas al doblar la esquina. Entre sus calles creció Deon Rubi (Lucila García de Onrubia), artista y diseñadora que nos descubre su Reina del Plata. Dice que la mejor época para visitarla es la primavera, “época de jacarandas”. Tiene la suerte de trabajar con vistas al Obelisco –quién pudiera–, es una de las mentes tras la exposición anual de diseño coleccionable Mueble Escultura y se define a sí misma como una creadora que siempre busca “hacer las cosas mal, pero bien”. Su tour es justamente así: por momentos aventurero, en otros lleno de paz; una invitación a vivir lo sofisticado y el lado más roquero de la ciudad; de un palacio modernista a un club underground, y de la medialuna al choripán.
VIERNES
13:30 – El primer bocado
Qué mejor manera de empezar a fundirse entre el espíritu argentino que con un buen asado. Para Deon Rubi uno de los mejores lo sirven en Parrilla Peña, un restaurante de barrio donde, en sus propias palabras, “siempre la paso bien”. No hay mejor consejo. Los cortes estrella de la gastronomía argentina, el fuego ardiendo y mucho sabor. Esa tira de asado, esa morcilla suave y especiada, mollejas doradas y mantecosas que prácticamente se deshacen en la boca, el chimichurri como mejor aliado, y por qué no, un buen Malbec. Hay por delante un intenso fin de semana, así que más vale calentar motores.
15:30 – El paseo de la fama
Con el estómago lleno, comenzamos el recorrido por la calle más famosa de la capital: la Avenida 9 de julio. En esta vía gigante de tres kilómetros de largo y 140 de ancho que la hacen, ojo, la más amplia del mundo, encontramos varias joyas arquitectónicas. Cerca del límite norte se encuentra una de las fachadas favoritas de Lucila, la de la Embajada de Brasil. Obra del arquitecto Redig de Campos en los 60, su piel de hormigón y balcones brutalistas dejan sin aliento, contundentes, redondeados y llenos de vegetación. Caminando hacia el sur, nos encontramos con la joya de la corona. O más bien, la aguja del tango: el Obelisco. Se levantó en el lugar donde la bandera nacional fue izada por primera vez en 1812. ¿La foto ideal? Desde el mirador que se ha instalado a pocos metros del monumento. Justo ahí, sobre nuestras cabezas, tiene su estudio Lucila, donde posa para el retrato y disfruta de atardeceres con vistas al emblema porteño y a la ondulante fachada que diseñó el artista Luis Wells (Av. Corrientes, 1199).
16:30 – Más dosis brutalista
La expedición arquitectónica sigue a pocas cuadras. El antiguo Banco de Londres, hoy Banco Hipotecario es una de las obras maestras de Clorindo Testa. El padre del brutalismo argentino despliega aquí una imponente fachada de hormigón que parece derretirse desde el techo hasta nuestros pies, abriéndose en huecos y rendijas que diluyen la frontera entre adentro y afuera. Y si el exterior impacta, el interior es un espacio público bajo techo que es puro carácter industrial. Y ojo, porque si hablamos de edificios en los que vale la pena arriesgar y colarse, Lucila tiene claro que es aquí.
17:00 – Entre antiguo y moderno
Más de cuatro siglos resuenan en las viejas casas, zaguanes y patios embaldosados de San Telmo. Aquí nació la ciudad, con el lodazal y el río a un lado y el puerto al otro. La Calle Defensa lleva marcada con orgullo la fecha del 5 de julio de 1807, cuando Buenos Aires resistió las invasiones inglesas. Hoy, entre faroles de época y bares con historia, cada domingo celebra la Feria de Antigüedades. Si quieres quitarte el gusanillo vintage, Calvaresi Antiquariato es “un referente en artes decorativas en tres pisos, uno más increíble que el otro”, cuenta Deon Rubi. A pocos metros, en Calvaresi Contemporáneo, la artista acaba de mostrar su obra en la exposición Acero Inolvidable, una oda al acero y al amor.
18:30 – Gastronomía obligada
Si el paseo vespertino pide un descanso, el lugar es El Cuartito. Dando de comer desde 1934, conserva la decoración intacta, los mozos uniformados y las paredes llenas de carteles de tango. A este clásico porteño nos traen sus pizzas fugazzeta. Hay que probarlas, aunque sea de pie en la barra, porque las filas en la puerta son una constante cualquier día de la semana.
19:30 – Una tarde en la Ópera
Hora de pisar otro de los imprescindibles, el Teatro Colón (Cerrito, 628; teatrocolon.org.ar), y mejor disfrutando de su apasionante programa. Sea la Filarmónica de Buenos Aires, el montaje de alguna ópera clásica o una sesión de ballet, sus dorados salones y el auditorio con la mejor acústica del mundo –dicen– quitan el aliento por su pomposidad. Os animamos a descubrir la identidad de los bustos que decoran el vestíbulo.
22:00 – Brindis racionalista
Y como broche de oro, “el bar más lindo de la capital”, dice Deon Rubi: Acuario, que ha diseñado junto a Mateo y Jules García de Onrubia, resguardado en un edificio-joya del racionalismo: la Casa de Estudios para Artistas. Construida en 1938, es uno de los mayores exponentes del Grupo Astral, un colectivo formado por Antoni Bonet, Jorge Ferrari Hardoy o Itala Fulvia Villa. Le unió las ideas de Le Corbusier, y basta con alejarse unos metros de Acuario Bar, sin siquiera soltar la copa de la mano, para admirar la fachada: un susurro de modernidad con una sencillez irresistible, la belleza del hormigón girando la esquina, ventanas correderas y cristales de pavés, y un perfilado de acero azul como guiño a la ciudad.
SÁBADO
10:00 – Aroma a café
Amanece, y a Buenos Aires le sientan genial las mañanas. “Un buen café sentado a la vereda de los árboles de Punto Café”, sugiere Lucila. La felicidad llega en bandeja: medialunas caseras doradas, café en todas sus formas y un tostón de palta con huevo poché, curry y tomate que es pura poesía matutina. Pero lo genial aquí es su equipo: un dream team que destaca en habilidades tan valiosas como “saber los nombres de los clientes, ser un soldadito de la barra o reírse fuerte y que se escuche en todo el salón”, aseguran.
11:00 – Contacto natural
Por sus plazas y jardines se conoce una ciudad, y la Reserva Ecológica Costanera Sur es un enorme pulmón de 350 hectáreas para caminar, andar en bici, hacer senderismo o pasar el día en familia. Sus senderos esconden un icono que Lucila nunca deja de visitar: la maravillosa Fuente Monumental Las Nereidas de Lola Mora, esculpida en mármol de Carrara en 1903. “Es alucinante: de un lado, el Buenos Aires de ayer; del otro, la ciudad en la que se convirtió”, cuenta Lucila.
13:30 – Viaje a los 60
Como ciudad de contrastes, pasamos de la naturaleza al bullicio urbano. Nos adentramos en la Calle Florida, la vía comercial por excelencia, y un espectáculo de oficinistas con prisa y turistas con bolsas en la mano, elegantes fachadas de 1900 y escaparates que incitan a entrar. En una esquina resiste el Florida Garden, “un bar notable de los 60 que no pierde su magia”, destaca Lucila. Perfecto para el aperitivo o el almuerzo entre las mismas paredes donde hace décadas se dejaban ver los artistas e intelectuales que salían de la Galería del Este o del Instituto Di Tella. Por algo se le llegó a llamar el Happening Porteño y el Flower Power. El diseño de interior de época y su escalera flotante no tienen pérdida.
15:00 – Capricho arquitectónico
Caminando a nuestro próximo destino, nos topamos con una de las siluetas más icónicas del skyline porteño: la Torre Prourban, inconfundible por su perfil cilíndrico desde 1980 y que le ha valido el apodo de El Rulero. Su belleza ovalada no es exclusiva del exterior. Lucila nos invita a hacer una incursión en el hall que nos transporta al set de una película de ejecutivos. Un espacio circular de 10 metros de altura con suelos de piedra, paredes de mármol blanco, detalles en travertino, y en el centro, como sacados de una estación espacial, ocho ascensores que se pierden en el techo.
15:30 – Decoración porteña
En Buenos Aires abundan los museos, pero si el diseño es lo tuyo, Lucila lo tiene claro. “Iría al Museo Nacional de Arte Decorativo a ver su colección de piezas europeas, orientales, tapices y pinturas de los siglos XVI al XIX”. Recorrerás un palacio señorial entre esculturas de Rodin, un reloj de bronce regalo de bodas de los reyes Luis XVI y María Antonieta, y algún óleo de El Greco. El arte y el diseño no solo están en las vitrinas: el edificio en sí es una joya. Construido como residencia del matrimonio Errázuriz Alvear, es un ejemplo de la vida burguesa del XX. Y lo mejor: la entrada es gratuita.
18:00 – Un barrio de postal
Si hay un barrio con un color especial, ese es La Boca. Para llegar es necesario agarrar (que no coger) un taxi, pero vale cada minuto por pasear por su alma portuaria, con el color cubriendo cada fachada. Aquí late con fuerza la afición de Boca Juniors: La Bombonera, su mítico estadio. Lucila nos invita a tomar un café en la terraza de la Fundación Proa, “una de las pocas de la ciudad donde estás cerca del agua”.
20:30 – Bailarse un tango
Para quienes llevan el fútbol en la sangre, asistir a un partido en La Bombonera es una experiencia que se queda grabada para siempre. Para el resto, quizás sea el momento de sumergirse en un espectáculo de tango de vuelta en el centro de la ciudad. La Catedral Club, un rincón auténtico entre luces tenues y paredes con historia, para dejarse llevar por la bohemia y la magia de la milonga.
1:30 – El cóctel de lechuga
Tras vivir la experiencia tanguera más kitsch, Casa Cavia es perfecta para sentarse a cenar. Este restaurante está ubicado en un elegante edificio de Palermo Chico. El interior respira una atmósfera sofisticada y clásica a la altura de su comida, pero el tesoro está en su terraza: un estanque central que relaja durante la comida, con el sonido del agua como mejor acompañante. Eso sí, Lucila nos invita a que pasemos al bar a probar uno de sus cócteles, “algún trago raro, una vez probé uno de lechuga”. Si ella lo dice, habrá que lanzarse.
23:00 – Bailando toda la noche
No nos vamos a ir de Buenos Aires sin conocer de cerca a los porteños. Y si el cóctel de lechuga nos ha dejado con ganas de más, quizás nos animemos a mover el esqueleto en Mamita Bar, un club con música en vivo donde Lucila suele salir a bailar. Como buen bar underground, sus baños son todo un atractivo turístico, y la diversión está asegurada. Y oye, si nos sentimos aventureros, siempre se puede poner el broche de oro a la noche porteña con una rave en los bosques de Palermo.
10:00 – Mañana de compras
Las últimas horas de un viaje van acompañadas de regalos y algún capricho para uno mismo, claro. Empezamos en el El Once, un barrio con alma de mercadillo “que tiene de todo, desde globos y disfraces a joyas de fantasía”. Primero desayuno en Ada Café, cuyo souvenir es el alfajor, el dulce argentino. Para Lucila, los nuevos de dulce de leche Havanna Mar del Plata son los mejores. Si buscas artesanía, la orfebrería de Valentín Demarco no tiene competencia. Y para el toque dominguero, un trago con vistas desde el Salón 1923 en la azotea del Palacio Barolo, ni la Basílica de María Auxiliadora y San Carlos con una decoración exuberante que contrasta con el exterior austero.
14:30 – Un último festín
Queremos despedirnos de Buenos Aires con un buen sabor de boca, literalmente. Lucila nos descubre la Cantina Rondinella, donde la cocina tradicional supera a cualquier bar con de diseño. En sus palabras, “un bodegón donde puedes pedir platos clásicos como unos ravioles o un bife con puré, y de postre, un flan mixto”.
16:00 – Saciando la sed de leer
Para aquellos que les gusta llevarse una lectura para su viaje de vuelta, están de suerte. “Hay una librería por cuadra en Buenos Aires, diría que se dejen llevar por la intuición. Pero si quieren ir a una hermosa, Falena en Chacarita no tiene pérdida”. Y si quieres una novela que te recuerde a esta ciudad que roza nuestro adiós, “cualquier libro de Borges”.
